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Desde un punto de vista laico no beligerante

Desde un punto de vista laico, la beatificación de un ex Jefe de Estado, del Estado Vaticano en este caso, es una ceremonia, liturgia incluida, altamente curiosa, sorprendente incluso. Las afirmaciones, aparentemente serias y documentadas, sobre milagros, santidad manifiesta y corroborada, libros publicados que no escritos, encíclicas varias, viajes urbi et orbe, ceremonias de canonización, renacimiento del verdadero mensaje cristiano, gastadas consignas político-ideológicas, etc, etc, no consiguen levantar entusiasmos ni, desde luego, un ligero atisbo de admiración.

La rápida y urgente beatificación en apenas un sexenio de Karol Wojtyla, cuyo papel político antisocialista en las últimas décadas del siglo XX alimentando sendas poco afables de la insaciable Bestia imperial fue como es sabido muy importante, abona consideraciones ya conocidas sobre el comportamiento realmente existente de la Iglesia católica, apostólica y romana, una de las instituciones, digámoslo suavemente, menos modernizadas en algunos de sus nudos que el mundo conoce e incluso puede concebir (basta pensar, por ejemplo, en el papel de la mujer en la institución y en sus sesudas reflexiones sobre ella). En otros vértices, la modernidad e incluso la postmodernidad más frenética es la cara oculta de sus actuaciones. Recordemos el apoyo del amigo de Lech Walesa a Marcinkus, el llamado “banquero de Dios”, uno de los mayores escándalos financieros, no el único, de la Iglesia católica que se recuerda.

Otros consideraciones sobre el Papa-Santo era expuestas valientemente, desde una perspectiva más interna, por Luis Ángel Aguilar Montero: “sus posturas reaccionarias con la nueva ética sexual, el celibato opcional, el papel de la mujer en la Iglesia, la falta de derechos y de democratización interna, sus sempiternos castigos al medio millar de teólogos aperturistas, su censura a todos los teólogos de la liberación, su desautorización de las comunidades cristianas de base, o el escamoteo de la pederastia, (como hizo al proteger al fundador de los legionarios de Cristo, Marcial Maciel)” no consiguen dibujar un panorama entusiasta.

Para muchos ciudadanos y ciudadanas que hemos conocido y reconocido muy de cerca la importancia del trabajo político y social de “Cristianos por el socialismo”, de las comunidades cristianas de base, de numerosos curas obreros del extrarradio de muchas grandes ciudades, para muchos ciudadanos que hemos sabido del inolvidable coraje cívico de seres imprescindible como monseñor Romero y tantos otros, lo que seguimos teniendo en la retina, y no se nos borra, de ese ex Jefe de Estado es a ese político autoritario llamado Juan Pablo II abroncando a un Ernesto Cardenal arrodillado, uno de los grades poetas latinoamericanos y una figura íntegra donde los haya, por haber cometido el crimen, el inmenso pecado de participar en uno de los gobiernos más justos, más humanos, más solidarios, más democráticos, menos represivos, más a favor de los desfavorecidos, que la Humanidad ha tenido a lo largo de su historia: el primer (o los primeros) gobierno sandinista de los años ochenta.

Que una intervención política tan generosa y humanista, la de Cardenal, mereciera una reprobación política de un Ser, no siempre con mucha entidad, que creía o decía ser infalible, no sólo hace enrojecer a alguien con rostro muy pálido sino que sigue levantando olas y olas de indignación que no logran calmarse. Que actuaciones así se beatifiquen, que cuenten en el currículo, no sólo es una paradoja sino una neta indignidad. Pero ya se sabe: la base de datos de la historia universal de la infamia no para de acumular registros día tras noche.

 

Nota:

[1] “La meteórica beatificación del ‘“Santo Súbito” http://www.rebelion.org/noticia.php?id=127497

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