Desde el Tribunal / Iglesia y laicismo

Apoco más de siglo y medio de instituido el laicismo en nuestro país, algunos jerarcas de la Iglesia católica aún no terminan por digerirlo. Tal es el caso del arzobispo de esta ciudad capital, quien hace apenas unos días arremetió públicamente contra el laicismo que, dijo, quedó plasmado en la Constitución de 1857 e impide que se profese abiertamente el catolicismo y ha favorecido el liberalismo y el socialismo. Veamos.

La Constitución de 1824 se expidió «en el nombre de Dios todopoderoso, autor y supremo legislador de la sociedad»; además, como en la época del emperador Teodosio I -siglo IV d.C- en que el cristianismo se hizo la religión oficial del Imperio Romano, en la citada Constitución se prohibió el ejercicio de cualquier otra religión que no fuera la católica. La Constitución de 1857 igualmente atribuyó su origen «en el nombre de Dios y con la autoridad del pueblo mexicano…», empero la católica dejó de ser la religión oficial del pueblo mexicano. Se instituyó lo que se conoce como patronato, al decir en el numeral 123 que «corresponde exclusivamente a los poderes federales ejercer, en materias de culto religioso y disciplina esterna (favor de conservar la ortografía) la intervención que designen las leyes». Es decir, se rescataba la dignidad de la autoridad civil frente a la eclesiástica. No era mucho, pero el Papa Pío IX condenó la reforma incluso antes que la Constitución entrara en vigor. Ello dio lugar a una lucha fratricida entre mexicanos atizada por el clero católico. Y como respuesta, Juárez -cuyo 209 aniversario de su natalicio se celebrará pasado mañana- decretó precisamente en la ciudad y puerto de Veracruz, el 4 de diciembre de 1860, la Ley sobre Libertad de Cultos que estableció en su artículo 1 «la independencia» entre el Estado y «las creencias y prácticas religiosas». O sea, fue en esta ley y no en la Constitución del 57, donde quedó plasmada la laicidad del Estado mexicano.

Pero ¿qué es el laicismo? Amén del contenido de la Ley Juárez, Henri Peña Ruiz ha dicho que el laicismo descansa sobre tres principios fundamentales: primero, la libertad total de conciencia que no se puede confundir con la libertad religiosa, ya que ésta no es más que un caso particular de aquélla; segundo, la igualdad de derechos de los ateos, agnósticos y creyentes, siendo esta igualdad estricta y; por último, la existencia de una ley común a todos que vea sólo el interés general, universalmente compatible.

Al laicismo se le tilda frecuentemente de antirreligioso, sin que su esencia tenga esa característica. Empero, ahí donde las posturas clericales -y no sólo católicas- son más intolerantes, se considera a la laicidad como una amenaza y, por lo tanto, como un enemigo a vencer. Y es que aquí la tolerancia asume el nombre de laicidad. Ahora bien, en este estado de cosas, ¿a qué católico, judío, protestante, islamista, budista o lo que sea, se le ha impedido profesar abiertamente sus creencias? A nadie, porque precisamente el laicismo les garantiza a todos esa libertad. ¿Que el laicismo ha favorecido al liberalismo y al socialismo? Cuando menos a este último no se le ve por ninguna parte. Nuestro régimen económico es eminentemente capitalista, cada vez más sujeto a las regulaciones del libre mercado. Y el liberalismo es el que ha apadrinado nuestra democracia, imperfecta, pero democracia al fin.

Lo que debiera hacerse en este país y en el mundo entero es instituir una cátedra de historia de las religiones desde las escuelas primarias. Así los niños y luego todos los hombres y mujeres sabrían que de la misma manera que hay individuos chaparros y altos, gordos y flacos, blancos, morenos, negros y de otros colores, también existen en el mundo diversas religiones; que todas son respetables al igual que sus seguidores y que la diversidad no debe ser motivo de conflicto. De esta manera se podría ir sentando sobre bases firmes la tolerancia, la coexistencia pacífica entre todos los seres humanos. De otra forma, de proceder como quiere el arzobispo, que no nos sorprenda la intolerancia religiosa extrema como la del llamado Estado Islámico. Así que es mejor dejar al laicismo en paz.

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