Desconfiemos de los regalos griegos

No están los griegos para dar regalos. No los de hoy, agobiados como están por su catastrófica crisis financiera. La cita virgiliana hace alusión a sus remotos antepasados, a los que asediaron por diez años a la inexpugnable Troya. Y solo lograron triunfar cuando el astuto Ulises urdió la trama del “envenenado” caballo de madera. Los troyanos, una vez aparentemente retirados los griegos, lo introducen en la ciudad, celebran un gran festín, se emborrachan, se duermen… y es cuando los griegos, saliendo del impresionante armatoste, acaban con toda resistencia, asesinan a los habitantes y destruyen para siempre a la formidable guardiana del Helesponto .

Desde entonces, la expresión se usa para señalar el peligro de aceptar regalos que el otro ofrece de buenas a primera, cuando desde siempre había rechazado toda concesión. Algo así está ocurriendo con la Iglesia Católica (IC), siempre tan renuente a ceder en sus posiciones de privilegio, y ahora interesada en negociar con el Estado costarricense un concordato, convenio o tratado.

Para empezar, deberíamos preguntarnos si un tal tratado es realmente necesario, o si el Estado costarricense, en uso pleno de su soberanía, decide sin imposiciones externas derogar los artículos constitucionales que hacen oficial la religión católica y, en su lugar, declarar la laicidad estatal, única manera decorosa de liberarse de este carga medieval que pesa tanto sobre sus soberanía, como sobre una creciente mayoría de ciudadanos no católicos, o católicos reacios a las imposiciones del dogmatismo religioso convertido en ilegítimo poder político y moral.

Vigilancia.

Pero en el caso de que tales manejos entre Estados cuajaran, los ciudadanos realmente interesados en rescatar la plena libertad en asuntos de creencia deberíamos estar muy vigilantes: las negociaciones no deben culminar en un acuerdo en que los intereses nacionales se vean perjudicados a favor de la contraparte.

En otras palabras, que no caigamos en la política tan grata a la IC y a los altos poderes de “cambiarlo todo para que todo quede igual”. Para esto, son importantes al menos dos puntos: a) que, cuando se forme la comisión nacional, esta esté integrada por ciudadanos de reconocida probidad intelectual, con puntos de vista muy amplios y gran tolerancia, pero realmente identificados con defender exclusivamente los intereses generales y particulares de la parte que representan, y b) que el cambio de paradigma constitucional a que esto llevaría no nos hiciera pasar de un Estado confesional a otro multiconfesional, sino propiamente al Estado laico, el único que garantizaría la plena neutralidad religiosa del Estado y el final de las prerrogativas de todo tipo (financieras, fiscales, políticas, administrativas, etc.) que han hecho de la actual relación Estado-IC una yunta en que el primero y todos los que lo formamos somos rehenes del segundo.

En cuanto al punto a), excluir de tal comisión a quienes, como un conocido exdiputado, hayan públicamente supeditado sus decisiones políticas en la Asamblea Legislativa a la posición oficial de la IC: no se puede servir a dos amos; y en lo relativo a b), el Estado multiconfesional sería una pésima repetición de lo que ocurre actualmente con la IC, pues entonces todas las confesiones religiosas estarían en igualdad de condiciones para pedir financiamiento, recursos, donaciones y exenciones de todo tipo: el Estado debe limitarse a reconocer la existencia de los cultos, pero su mantenimiento debe correr a cargo de sus fieles respectivos, única manera de ser congruentes con lo que estos creen.

Confiamos en que el actual ministro de RREE, el Dr. Castillo, quien con tanto celo y dignidad ha sabido enfrentarse a las insolencias del vecino del norte, haga gala de esas mismas cualidades al tramitar todo lo referente a este cuestionable tratado.

Hugo Mora Poltronieri Profesor ad honórem, Escuela de Filología, L ing. y Lit., UCR

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