Desacuerdos laicos

Sigilosamente, y sin dar la menor explicación, el Gobierno socialista ha dado carpetazo, no sé si definitivo, al proyecto de Ley de Libertad Religiosa. Curiosamente, en vísperas de la visita del Papa. De modo y manera que los que siempre aspiramos a vivir en una España laica, dentro de un marco plural de libertades, incluida la de la libertad de creencias, nos hemos quedado con tres palmos de narices. Y eso que el borrador de la citada ley era tan paniaguado como el de la Ley de la Memoria Histórica, cuyo cumplimiento estamos esperando. El viejo dicho cervantino "con la Iglesia hemos topado" sigue tan vigente que ninguno de los gobiernos socialistas hasta ahora habidos ha sido capaz ni siquiera de tocarle un pelo al poder de esa Iglesia que, en cierto modo, continúa siendo tan onnímodo como en los tiempos de Recaredo, pese a vivir, como vivimos, en un Estado constitucionalmente aconfesional (de boquilla). Cierto es que los monseñores ya no son tan influyentes como antaño y que sus palabras, como las del Papa, por un oído entran y por el otro salen para los católicos progresistas, que una cosa son los respetables principios religiosos de cada persona y otra, muy diferente, sus principios cívicos. Principios cívicos son considerar que laicismo es lo contrario de religiosidad y que laicismo es lo que ordena la Constitución española para todos los ciudadanos de este país, incluídos los ciudadanos católicos que tienen todo mi respeto desde el momento en el que convivo con una católica practicante que tiene clara esa diferencia entre sus principios cívicos y sus principios religiosos, de manera que ninguno de ellos influye en los otros. Tal vez habría de considerar la Iglesia la idea de dar clases obligatorias de civismo en seminarios y centros de formación religiosos. Y puesto que no estamos dirigidos, como consideraba Sthendal en su tiempo, por un gobierno de clérigos ni nada parecido a un "régimen tibetano" (como también consideraba Ortega y Gasset) habría que recordar que el Estado español es, vaporosamente, un Estado laico. Como laica es la Constitución de Europa, pese a los inestimables esfuerzos de algunos de los dirigentes del Partido Popular Europeo, en su día, para evitarlo. Así que debería bastar ya de regañinas papales y de pastorales políticas y que cada cual, Estado y Religión, ocupe el puesto que le corresponda. Que al fin y al cabo, con nuestros laicos impuestos, seguimos costeando sus sermones. Y no sólo eso, sino que seguimos costeando esas regias visitas de Su Santidad de Roma cuando, con invitación o sin ella, se acerca a nuestra piel de toro con cualquier motivo más o menos santificante. Todavía sigue coleando la famosa visita del Papa a Valencia que tantos beneficios económicos reportó a los que montaron el viaje y toda la parafernalia consiguiente. Está en tela de juicio aquella visita pastoral. Sólo en tela, parece ser, porque lo de la trama Gürtel que, entre otras sutilezas eventuales, se forró con el celebrado evento, va para largo ser juzgado en el telar de la siempre lentísima justicia española. De tal manera que sigue proporcionando beneficios en forma de réditos políticos, nada espirituales, en ciertas comunidades autónomas de la periferia levantina donde manda y ordena el PP. Una parte de nuestros laicos impuestos siempre acabó, históricamente, en el erario de la Iglesia, cuando no en los bolsillos de los sinvergüenzas que actúan poniendo una vela a Dios y otra al diablo de las oportunidades. Un chollo como el de la Gürtel, desde luego que será difícil que se repita, aunque, en nuestro laico interior desconfiado, no descartamos nuevos logros oportunistas que pueden estar cociéndose en esa cocina tan versátil donde confluyen política, economía y religión.

Con la Iglesia, querido Cervantes, seguiremos topando mientras no tengamos un Gobierno que decida la absoluta separación de poderes entre Iglesia y Estado, con el debido respeto político entre ambas instituciones.

 

* Poeta

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