Delirio islamófobo

El propósito del pastor Terry Jones, ministro de una pequeña iglesia de Gainesville (Florida), de quemar ejemplares del Corán el próximo sábado, noveno aniversario de los atentados del 11-S, no pasaría de ser la iniciativa islamófoba de un fundamentalista cristiano si no fuera porque amenaza con dañar las siempre complejas relaciones entre el orbe musulmán y Occidente. La reacción en países como Afganistán e Indonesia, la previsible prédica encendida de mañana en las mezquitas rigoristas y la cercanía del final del Ramadán reúnen todos los ingredientes para que, cuatro años después de la crisis de las caricaturas de Mahoma, reaparezcan los fantasmas de una querella entre credos manipulada por agitadores teocráticos.

Es comprensible que las mentes más serenas teman lo peor y es deleznable que algunos estrategas republicanos se hayan acercado a Jones para engordar su campaña electoral, como hace poco se sumaron a los adversarios de autorizar una mezquita en la vecindad de la zona cero de Nueva York para desgastar al presidente Barack Obama. Para los primeros, el riesgo de agravar los conflictos más calientes, desde el Mediterráneo oriental a Cachemira, es algo más que una hipótesis. Para los segundos, el choque de civilizaciones es un marco de referencia rentable que puede ayudarles en las legislativas de noviembre. Porque, a pesar de que los delirios de Jones no son más que la expresión de una minoría exaltada, lo cierto es que la sociedad norteamericana alberga una corriente de fondo que considera al islam el nuevo gran Satán.

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