Del claustro a la tribuna: Neocreacionistas en Mendoza

Hay que procurar […] restaurar el prestigio de la razón como la tarea intelectual más urgente de nuestro tiempo.
Gonzalo Puente Ojea

Creer o reventar: hay un brote de neocreacionismo en la Universidad Nacional de Cuyo. Sí, hoy día, en pleno siglo XXI, 157 años después de que Darwin revolucionara la biología y la paleontología con su libro El origen de las especies, y 181 años más tarde de que visitara nuestra provincia en el marco de su fecundo viaje de exploración científica alrededor del mundo.

Juan Manuel Torres y Raúl Milone, profesores de la precitada casa de estudios, están convencidísimos de que la teoría de la evolución es obsoleta, anacrónica, una antigualla de desván. Ven en ella, con desdén, un paradigma científico refutado y superado, uno de los tantos lastres que nos habría dejado el positivismo decimonónico; un positivismo desquiciado por su racionalismo teofóbico y su monismo materialista.

Y tan convencidos están de sus ideas que, sin pudor alguno, las enseñan en los claustros universitarios y las publicitan desde la tribuna de los medios de comunicación. Con una mezcla indigesta de pedantería sorbonesca y entusiasmo misional, nos aseguran que el origen del universo, la vida y el ser humano son cuestiones que demandan una urgente revisión, y que la teoría del «diseño inteligente» tendría todas las de ganar en la arena de ese debate presuntamente reabierto.

El pasado 19 de mayo, Unidiversidad –el órgano de prensa digital de la UNCuyo– publicó un artículo intitulado ¿El fin de la ciencia o un nuevo comienzo?, escrito por la periodista Milagros Martín Varela. En él se cita y glosa sin ningún rigor crítico, con una condescendencia rayana en la tendenciosidad (la pregunta retórica del título ya lo dice todo), un texto académico –o quizás divulgativo– de Torres y Milone. La fuente no aparece consignada, y cabe conjeturar que habría sido facilitada a la redacción deUnidiversidad por los propios autores, deseosos de propagar sus ideas en el seno de la comunidad universitaria.

No conforme con esta difusión, Martín Varela volvió a publicar el escrito de Torres y Milone al mes siguiente, el 18 de junio, esta vez en el diario Los Andes y bajo el rimbombante título Metafísica: ¿el fin o un nuevo comienzo? O sea, dicho llanamente, el mismo perro con otro collar.

Este insistente proceder de la periodista resulta por demás sintomático. Es evidente que siente simpatía ideológica por Torres y Milone, o que tiene algún vínculo personal con ellos, y que ha querido darles una mano en su cruzada antidarwiniana.

Las notas de Martín Varela generaron un gran revuelo. Muchos fueron los que se indignaron y alarmaron: estudiantes, docentes, graduados, investigadores del Conicet… Las redes sociales se hicieron eco del malestar, y lo multiplicaron. ¿Cómo es posible que una universidad pública y laica, promotora de la ciencia y el pensamiento crítico, albergue en su seno pregoneros retrógradas del neocreacionismo? ¿Cómo es posible, además, que el mismísimo órgano de prensa de la UNCuyo difunda a los cuatro vientos con total naturalidad, como un saber científico más entre otros, la teoría del «diseño inteligente»? Un escándalo.

Y el escándalo traspasó el Desaguadero. Desde Buenos Aires, la bióloga molecular Guadalupe Nogués recogió el guante. Su artículo No, la teoría de la evolución de Darwin no está en jaque, publicado en el sitio digital de divulgación científica Cómo Sabemos el 27 de junio, desmenuza y rebate con paciencia, claridad y soltura –y una pizca de humor e ironía–, cada una de las afirmaciones gratuitas del tándem Torres-Milone. Bien por ella.

Torres, en solitario, ya había tenido incursiones mediáticas. Allá por febrero de 2009, con motivo del bicentenario del natalicio de Darwin, publicó en Los Andes un capcioso y malicioso artículo intitulado La evolución y sus cuatro teorías, donde, asumiendo el antipático rol de un aguafiestas confeso, trató por todos los medios de minimizar y demeritar el legado científico del gran naturalista británico. Las reiteradas evocaciones encomiásticas que hubo por esos días en nuestra provincia (Mendoza se sentía orgullosa de que un personaje de tamaña estatura otrora la hubiese visitado), deben haber disgustado sobremanera a Torres, y éste no pudo contener su malhumor…

Dos años después, el 23 de febrero de 2011, consiguió que Clarín le publicara una columna de opinión llamada Batallas por la verdad científica, retahíla de clichés neocreacionistas que motivó una demoledora crítica por parte del prestigioso biólogo Diego Golombek (UNQ-Conicet), bajo el título El «diseño inteligente» no tiene nada de científico. El texto de Golombek salió el 1º de marzo, y nunca fue replicado… ¿Así es como Torres espera reinstalar en la agenda pública de Argentina un debate que, según su particularísima opinión, jamás debió darse por agotado, y en el que los neocreacionistas tendrían tanto para decir?

Una digresión: el antidarwinismo militante no es nuevo en el campo intelectual mendocino. Tiene andadura histórica, antecedentes de filiación, tradiciones donde nutrirse y referenciarse. A fines del siglo XIX, por caso, se manifestó con virulencia en la prédica y los escritos de Monseñor Arredondo –al que Arturo Roig le dedicó una sesuda monografía en 1966, “La Filosofía tradicionalista de Faustino Arredondo (1839-1908)”, publicada originalmente en el tomo II de Cuyo. Anuario de Historia del Pensamiento Argentino, y luego reeditada para la segunda parte de Mendoza en sus letras y sus ideas (2009). Y más contemporáneamente, en diversos trabajos del Dr. Enrique Díaz Araujo. Nihil novum sub sole, nada nuevo bajo el sol.

Desde luego que también el darwinismo tiene su trayectoria histórica en Mendoza, que por cierto no es corta ni pobre. Dejando de lado el dato un tanto anecdótico de que el joven Darwin visitó nuestra provincia promediando el decenio de 1830, durante la tercera gobernación de Pedro Molina, hay que recordar que el evolucionismo hizo su aparición pública allá por 1881, con el Prof. Eugenio Rab, docente de la Escuela Nacional de Agricultura, quien publicó dos escritos en el periódico El Constitucional a tono con las nuevas ideas darwinianas. Con el tiempo, y bajo el poderoso influjo del positivismo, tomarían partido por la teoría de la evolución muchas luminarias más, entre otras, Agustín Álvarez y Julio Leónidas Aguirre. Pero esa historia excede los límites y el propósito de este artículo, de modo que nada más acotaré sobre ella.

Retomemos el hilo de la exposición. Las evidencias a favor de la teoría de la evolución son, a esta altura, abrumadoras. Allá por el siglo XIX, en tiempos de Darwin, dicha teoría tenía –hay que admitirlo– cierto componente conjetural o especulativo. En aquel entonces no había más pruebas (¡pruebas nada desdeñables por cierto!) que las resultantes de un registro fósil bastante limitado e incompleto, la aplicación del método estratigráfico de la geología, los hallazgos de anatomía comparada realizados por los paleontólogos y algunas constataciones prácticas en el campo de la eugenesia zoológica y botánica. Pero en el siglo XX, merced al aumento fenomenal del registro fósil y los avances extraordinarios de la biología molecular y la genética (desde las leyes de la herencia formuladas por Mendel hace más de cien años hasta los últimos hallazgos sobre el ADN), la teoría de la evolución consiguió para sí un sustento empírico de inmensa amplitud y solidez. Hoy, entrado el siglo XXI, goza ya de un consenso generalizado en los medios científicos y académicos, salvo –huelga aclararlo– en aquellos países donde señorea el integrismo religioso (Arabia Saudita e Irán, por ej.).

El «diseño inteligente» preconizado por los neocreacionistas, aunque más sofisticado que el creacionismo bíblico clásico –que no va más allá de una exégesis burdamente literal del Génesis–, sigue siendo charlatanería pseudocientífica basada meramente en peticiones de principio metafísicas y fideístas. El neocreacionismo no goza de ninguna respetabilidad intelectual entre los expertos. Es sólo propaganda religiosa fundamentalista disfrazada de ciencia pour la gallerie.

A nivel divulgativo, no conozco mejor refutación científica y epistemológica del neocreacionismo que el artículo Por qué es prácticamente seguro que Dios no existe, del genial Richard Dawkins, originalmente publicado en The Huffington Post, el 23 de octubre de 2006. En dicho escrito, el reconocido zoólogo y etólogo británico –paladín del neodarwinismo y luminaria del ateísmo– hace añicos la doctrina del «diseño inteligente» desarrollando dos argumentos combinados: la selección natural y el principio antrópico. No tiene desperdicio, créanme. Leerlo y difundirlo viene como anillo al dedo.

Los biólogos y paleontólogos que atribuyen la evolución al accionar sobrenatural de la providencia divina, y no a la incidencia inmanente de la selección natural, son pocos, amén de poco serios. Se trata de propagandistas filisteos apadrinados y financiados por las iglesias, fundaciones, lobbies y universidades privadas del cristianismo más rancio y retrógrado: bautistas, pentecostales, mormones, adventistas, testigos de Jehová, católicos preconciliares… La meca mundial de la doctrina del «diseño inteligente» está en los EE.UU. No en todos los EE.UU. desde luego, sino, básicamente, en los estados bautistas del Bible Belt y la Utah mormona. De allí proviene toda esa ponzoña sofística que en nuestra Mendoza han estado propagando ad nauseam Torres y Milone.

Más grave aún es que ese emponzoñamiento intelectual tenga como epicentro a la UNCuyo, que debiera ser –se supone– un faro de la ciencia, el pensamiento crítico, el humanismo secular y la laicidad educativa. Así estamos… No en vano sigue estando la estatua de la Virgen María frente a la rotonda de entrada al Centro Universitario. Su presencia «tutelar» nos recuerda que la UNCuyo, aunque pública, dista mucho de ser laica. Todo un símbolo.

Pero lo más terrible del asunto es que no haya, de parte de la comunidad académica local y el Conicet, una reacción enérgica contra el oscurantismo cavernario de Torres y Milone. Sólo se han escuchado unas pocas voces aisladas, siempre a título personal y en modalidad de posteos informales de Facebook. A nivel oficial, orgánico y colectivo, no hubo ninguna respuesta. Primó la pasividad y el silencio. “Lo único que necesita el mal para triunfar en el mundo –escribió Edmund Burke– es que los buenos no hagan nada”. No estaba equivocado.

La madre del borrego –nunca me cansaré de decirlo– es el posmodernismo. Estamos pagando el precio de haber llevado la crítica del paradigma positivista –legítima y necesaria– demasiado lejos, hasta extremos disparatados y demasiado perniciosos. La anticiencia, el relativismo y la misología han hecho estragos en el campo académico, especialmente en el ámbito de las humanidades. Como la ciencia ahora es «un relato más» entre otros, las divagaciones incomprobadas e incomprobables de Torres y Milone valen lo mismo que los descubrimientos revolucionarios de Darwin y el trabajo minucioso de nuestros investigadores del Conicet. Qué triste espectáculo le estamos dando al país con nuestros panegiristas vernáculos del «diseño inteligente»…

No faltarán los que aleguen que la UNCuyo debe velar por la diversidad de ideas y voces en sus distintas facultades, carreras, cátedras, seminarios e institutos, y que la libertad de enseñanza e investigación es un principio irrenunciable. Así debe ser, cierto. Pero todo tiene un límite… No hay que llevar ese desideratumpluralista hasta el extremo de un vale todo donde la ciencia y la pseudociencia, la razón y la fe, queden igualadas. Las universidades públicas, financiadas por el Estado nacional con los impuestos que todo el pueblo argentino paga, son espacios seculares para cultivar el pensamiento crítico, no púlpitos para hacer proselitismo religioso o dogmático. Para ese proselitismo están los templos, los conventos, los colegios confesionales, las universidades privadas, las fundaciones… Sobran lugares donde practicarlo sin trabas.

Legítimas herederas de la Reforma Universitaria y su lucha contra el oscurantismo religioso y metafísico, las universidades nacionales deben ser laicas. La enseñanza de la doctrina del «diseño inteligente», aunque no transgreda quizás la laicidad en su letra, la conculca furtivamente en su espíritu. Negarlo con sutilezas casuísticas es un acto de estulticia o hipocresía.

Los neocreacionistas con ínfulas epistémicas, al igual que los más toscos creacionistas clásicos –sushermanos de leche–, pretenden persuadirnos de que el origen del cosmos, la vida y la humanidad no sonenigmas que la ciencia pueda –y de hecho esté– disipando día a día, sino misterios que sólo la fe puede revelar. Subrepticiamente los primeros, desembozadamente los segundos, nos piden que reneguemos de la razón crítica, que consumemos el mentado sacrificium intellectus preconizado por Ignacio de Loyola. Nos proponen, en definitiva, un saber teorético disociado de la empiria, construido a espaldas de la ciencia, a contramano de miríadas y miríadas de evidencias congruentes acumuladas durante siglos. Vale decir, un saber especulativo y escolástico, «onfaloscópico», completamente divorciado de la praxis científica que llevan adelante nuestros investigadores del Conicet en sus distintos campos disciplinares: física, química, astronomía, geología, biología, antropología, etc.

La atmósfera cultural de nuestra época opera claramente a su favor. El relativismo cognitivo campea a sus anchas, y bajo sus auspicios, el irracionalismo y la metafísica están de moda otra vez. Son cool. La ciencia, en cambio, vive bajo permanente sospecha y hostilidad, despreciada y escarnecida como «cosa de nerds», abominada como «constructo ideológico» del poder. Es hora ya –parafraseando a Puente Ojea– de recuperar el respeto y el amor por la razón, aunque ese respeto no resulte políticamente correcto en las actuales circunstancias epocales.

Fieles a la tradición monoteísta abrahámica, Torres y Milone postulan un universo creado ex nihilo por Dios, un cosmos cuyo dinamismo tendría en el Gran Arquitecto su primum movens o «primer motor». Por razones de espacio, no es dable aquí discutir en profundidad ese postulado metafísico. Por lo demás, muchos científicos y filósofos de primerísima línea ya lo han hecho, y con sumo éxito. Entre ellos, por ej., el astrónomo y astrofísico Carl Sagan. En Cosmos (1980), su aclamada obra de divulgación, escribió:

Es corriente en muchas culturas responder que Dios creó el universo de la nada. Pero esto no hace más que aplazar la cuestión. Si queremos continuar valientemente con el tema, la pregunta siguiente que debemos formular es, evidentemente, de dónde viene Dios. Y si decidimos que esta respuesta no tiene contestación, ¿por qué no nos ahorramos un paso y decidimos que el origen del universo tampoco tiene respuesta? O si decimos que Dios siempre ha existido, ¿por qué no nos ahorramos un paso y concluimos diciendo que el universo ha existido siempre?

Contrariamente a lo que algunos proclaman, el descubrimiento del Big Bang no ha puesto en crisis al evolucionismo. El físico Victor J. Stenger lo ha explicado meridianamente en su libro Not by Design: The Origin of the Universe (1988). Cito sus palabras, traduciéndolas al castellano:

Nada de nuestra presente comprensión científica del universo, incluido el Big Bang, requiere que empiece por una creación intencionada. El hecho de que el universo tuvo un comienzo, y que no es estático sino que ha evolucionado hasta su estado actual, no supone forzosamente «un gran designio». […] El universo, incluyendo su actual estado ordenado, puede haber emergido espontáneamente de la nada. […] El origen de este universo es una cuestión científica, específicamente un problema de física.

El Big Bang de ningún modo ha «confirmado» la tesis creacionista/neocreacionista, toda vez que dicha explosión no supuso un inicio en sentido absoluto, sino la formación de la materia. «Antes» del Big Bang, lo que había no era la nada radical de la que hablan los teólogos, sino energía (en rigor de verdad, no hubo un «antes» del Big Bang, puesto que el tiempo nació con él, al igual que el espacio; pero permítaseme usar esa figura por razones didácticas). Concebir el umbral de la gigantesca fluctuación que dio origen al cosmos como un vacuum ontológico –conforme a las necesidades apologéticas de la idea metafísica de Creación– es gratuito y absurdo. Se trató en realidad de otro tipo de vacuum, un vacuum cuántico. En palabras de John Barrow y Frank Tipler, autores del libro The Anthropic Cosmological Principle (1988), “un mar de pares de partículas-antipartículas creándose y aniquilándose continuamente”. El Big Bang fue, pues, una transición entre dos estados físicos, no una creación divina ex nihilo como la que narran el primer capítulo del Génesis o la sura 41 del Corán, o la que aventuran los valedores posmodernos del «diseño inteligente».

La realidad cósmica, en toda su diversidad y complejidad, es producto de un proceso inmanente y acumulativo de cambios puesto en marcha con el Big Bang hace 13,7 miles de millones de años. No hubo una causa externa, un gran relojero, una creación inteligente e intencionada. El universo todo, incluyendo nuestra galaxia, el Sistema Solar, la Tierra y el «milagro de la vida» –desde el último antepasado común universal hasta los más recientes retoños del árbol filogenético–, lo mismo que nuestra especie homo sapiens –con sus atributos distintivos de autoconciencia, raciocinio, libertad y capacidad de producir cultura– son el fruto de esa gran explosión liminar, y también –en el caso de la biogénesis y la antropogénesis– del proceso de evolución tan bien probado, descrito y explicado por Darwin y sus sucesores. El Gran Arquitecto es una prosopopeya a escala cosmológica, pero prosopopeya al fin de cuentas; y como tal, una falsa analogía viciada de teleologismo. Sólo la fe ciega –la del carbonero o la del teólogo– puede hacer verosímil la existencia supramundana de Dios y su diligente intervención en el «eterno» acontecer material y/o energético de lo real.

¿Qué haremos entonces con la placa de Paramillos de Uspallata que conmemora a ese ilustre visitante llamado Charles Robert Darwin, colocada por la UNCuyo y el Conicet hace apenas siete años, en ocasión del bicentenario de su nacimiento y del sesquicentenario de su libro On the Origin of Species? ¿Olvidarnos de su presencia, acaso? ¿Desentendernos de su sentido admonitorio? ¿Reducirla a un mero flatus vocis? ¿O hacernos cargo de lo que realmente significa?

Honrar o ningunear la ciencia, ésa es la cuestión.

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