Déjame ver tu cara

Conocer el rostro del otro es un componente básico, inexcusable, de la vida social en sentido propio

Por extraño que a los más jóvenes les pueda parecer, hacia mediados de los años 90 del siglo pasado el concepto de tolerancia pasó por su momento de gloria. La referencia a favor o en contra funcionaba a modo de línea de demarcación que dibujaba con nitidez las posiciones ideológico-políticas de cada cual, proliferaban los libros acerca de la temática, se debatía a propósito de sus límites (seguro que les suena la pregunta «¿hay que ser tolerantes con los intolerantes?») e incluso llegó a celebrarse, concretamente el 16 noviembre de 1995, un Día Internacional de la Tolerancia auspiciado, cómo no, por la ONU.

Pero llegaron los críticos y con gritos de guerra como «¡Tolerancia es paternalismo!», «¡Yo no quiero que me toleren!» y similares terminaron por consolidar una imagen blanda, meliflua, babosa y humanistoide del concepto, que en el mejor de los casos pasó a quedar considerado como mero flatus vocis (o wishful thinking) y, en el peor, engañabobos al servicio de quienes en realidad no persiguen otra cosa que suavizar las aristas de lo real, maquillar sus aspectos más desagradables, pero sin alterar en absoluto su estructura jerárquicamente injusta.

La cuestión es si, efectivamente, esas interpretaciones crítico-desdeñosas de la tolerancia describían adecuadamente el concepto y, sobre todo, en qué medida con unas descalificaciones tan tendenciosas e interesadas del mismo perdimos más de lo que ganamos. Porque ser tolerante implica, entre otras cosas, aceptar algo tan simple como que lo que yo puedo rechazar por firmísimas razones morales no por ello merece automáticamente ser prohibido. Hoy nos parece una cuestión de mínimos desde el punto de vista democrático que un católico, por más convencido que se encuentre de que la homosexualidad es intrínsecamente desordenada, no puede defender semejante convencimiento en el espacio público, porque no supera, por excluyente, el filtro de la razón pública.

Acaso esa cautela–vamos a llamarle tolerante, si les parece– de no utilizar las particulares valoraciones como si fueran las únicas que deben intervenir en un debate que afecta a toda la sociedad resultara de utilidad a la hora de plantear problemas como el de si el burka debe o no ser admitido en el espacio público. Parece claro que, a efectos de procedimiento, lo mejor es siempre requerir a los posibles interlocutores que las razones que planteen resulten, efectivamente, susceptibles de ser debatidas en dicho espacio. El matiz es importante porque no en todos los casos se hace referencia a razones de dicha naturaleza. Es lo que ocurre cuando se apela a lo que en su fuero interno se supone que piensa o cree alguien que afirma actuar libremente en una situación que, para un observador externo, podría parecer de radical ausencia de libertad. Entre el Discurso sobre la servidumbre voluntaria de La Boétie y el castizo «¡Vivan las caenas!» disponemos de un sinfín de ejemplos que debieran hacernos ser más cautos a la hora de utilizar como razón concluyente el grado de presunta consciencia de los protagonistas de una conducta en discusión.

También pertenecen al terreno de lo máximamente resbaladizo planteamientos que lo cifran todo en la interpretación (sea de conductas o de indumentarias). Es obvio que a la objeción «tal prenda simboliza la opresión de la mujer» siempre cabe replicar «pues yo no me siento oprimida por llevarla», con lo que la cosa parece quedar atrapada en el pantanoso terreno de un subjetivismo sin aparente salida. Para escapar de ahí no nos queda otra que recordar algo tan elemental como que en buena medida la vida en común se basa en la premisa de que la sociedad puede acordar limitaciones a los comportamientos individuales sin que ello la haga merecedora automáticamente de la acusación de liberticidio u otras similares.

El problema se plantea, claro está, cuando las conductas individuales sometidas a limitación no parecen comportar perjuicios a terceros, situación de la que alguien podría pensar que el uso del burka constituye un claro ejemplo. Pero a este respecto al menos una cosa puede ser contra-argumentada. Como buena parte de la sociología norteamericana se ha encargado de mostrar, nuestras relaciones en público se basan sobre la identificación mutua, sobre el reconocimiento, sobre la visibilidad de nuestros rostros –aquello que más informa de nosotros mismos, y de lo cual la exigencia de seguridad constituiría el caso límite (¿cómo relacionarse con alguien del que en un sentido bastante propio se puede decir que no sabemos quién es?)–. Ver el rostro del otro constituye un componente básico, inexcusable, de la vida social en sentido propio.

Tal vez, llegados aquí, estemos en condiciones de dar el paso que quedó sin dar al principio, y añadir a aquella afirmación inicial según la cual tolerancia es aceptar que no siempre lo que yo rechazo debe ser prohibido esta otra: tolerancia también es aceptar que a veces aquello que no me termina de parecer del todo mal puede no resultar aceptable para el conjunto de la sociedad.

Catedrático de Filosofía Contemporánea (UB).*

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