«Dejad que los niños vengan a mí»

Dar por sentado que un jerarca de la Iglesia católica guía sus hechos y palabras por lo que muchos católicos entienden por «caridad cristiana» es pura ingenuidad. Dar por sentado que todos quienes acuden habitualmente a una iglesia siguen las enseñanzas que la Biblia pone en boca de Jesús de Nazaret es mucho creer. A estas alturas nadie negará que en la Iglesia católica, como en cualquier grupo social, hay personas de buena voluntad y otras que actúan bajo el manto de la hipocresía.

Hace tiempo que el obispo Munilla dejó claro que le trae al pairo lo que opine la mayoría de los católicos de Gipuzkoa porque considera que su fe -la suya personal- está por encima de mayorías o minorías si estas no comulgan con lo que él predica. Lo que resulta chocante es que intente dar clases de moral aprovechando un hecho en el que unos feligreses de una parroquia bajo su autoridad fueron acusados públicamente de haber negado auxilio a quien socorría a un recién nacido porque era indigente y estaba bajo los efectos del alcohol.

En este caso, en lugar de apelar al truculento pasaje del rey Salomón amenazando con partir por la mitad a un bebé, como ha hecho el prelado, sería mejor que él y sus feligreses reflexionaran sobre uno mucho más amable que se adjudica a Jesús: «Dejad que los niños vengan a mí» (Mc, 10-14).

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