«Dejad que los niños se acerquen a mi» …pero tampoco hay que empujarles ¡eh…!

En efecto, el hecho de confiar la enseñanza religiosa a las escuelas denota claramente ese miedo que la sociedad tiene a la Libertad de las generaciones venideras, al tiempo que muestra a las claras el conservadurismo de los gobiernos de cualquier signo que podamos tener en este país, visto lo visto.

De todas las maldades que los gregarios humanos perpetramos en nuestros infantes hay una que tal vez sea la peor que las personas pueden infligir a seres tan débiles y moldeables como son los niños, y precisamente se consuma por esta característica de la edad infantil: su maleabilidad.

Bien sabido es que nuestra capacidad para razonar y todo lo que de ello se deriva (el habla, la escritura, la abstracción, los conceptos, la cultura, el sentido histórico….) es lo que nos diferencia de los animales; en esto coinciden todas las opiniones.

Sin embargo, los abanderados de las religiones –de la mano de los políticos en muchas ocasiones– parecen empeñados en negar el raciocinio a los más débiles. Me refiero a que se les niega su capacidad de decisión razonada, en definitiva aquello que les va a diferenciar de otros seres del mundo animal, o dicho de otra manera, su libertad como producto de la reflexión propia tras el conocimiento racional del mundo en que vive y sus diferentes manifestaciones.

Bien es cierto que nuestros niños pueden elegir amigos hasta un cierto punto (…), les dejamos elegir juguetes (…) y más tarde tal vez hasta la carrera que quieren estudiar… sin embargo son muy pocos aún los progenitores que optan por la libertad religiosa para sus hijos e hijas; pareciera que en este asunto lo decididamente mejor para nuestros vástagos es lo que los padres conocemos y practicamos; o, dicho en otras palabras, lo que la mayoría practica como rito social. Ahí no hay opción posible para ellos: deben continuar nuestra costumbre y religión, faltaría más.

Vengo a plantear esto a propósito de la enésima vez que se replantea el discutible tema de la enseñanza de la religión en las escuelas, en esta ocasión con motivo de la posible financiación del profesorado de religión islámica prevista para un próximo futuro por el nuevo gobierno socialista de R. Zapatero.

Líbrenme los dioses, todos ellos, como quiera que se llamen, de negar las ventajas del hecho religioso (o llamémosle espiritual) para las personas que lo viven con fe y lo necesitan. Con buen tino decía Espinosa desde su particular acrópolis griega que “…La irreverencia, la impiedad o el ateísmo son impropios de un hombre sensato, mientras el mundo sea misterio”… (y el mundo sigue siendo misterio, si bien cada vez más desvelado).

Sin embargo, en el otro fiel de la balanza, las religiones en su devenir histórico han restado mucha espontaneidad al ser humano y también le han robado su capacidad de expectación, de asombro ante la Naturaleza y la Vida en general, como también se encargó de denunciar el citado autor. Por ejemplo, a través del hecho religioso, se adoctrina a los humanos dilatando ab aeternum la justicia (bellísimo concepto creado y desarrollado a lo largo de siglos por el ser humano y no por ningún dios), justicia que llegará en el Paraíso/Infierno un llamado día del Juicio Final. Y de paso se les concede también esa otra bella esperanza de vivir otra Vida (esta vez eterna), consolándoles así de la intrascendencia vital que asfixia a los que –gran mayoría entre la especie humana- no consiguen vivir una vida plena en todos los sentidos ni por consiguiente, conformarse con ella, como hacen todos los demás seres y no seres que forman parte de lo que llamamos la Naturaleza.

Desde este punto de vista, me atrevería a decir (tomando de prestado uno de sus propios conceptos) que el “pecado” de las religiones es un pecado de orgullo: Más que cualquier otro ser, los humanos hemos pretendido diferenciarnos de los demás, aspirando a no morir nunca. Ahí queda eso. Pero no es todo.

Las religiones, las diferentes Iglesias, digamos, han estado presentes en nuestras vidas desde el mismo momento en que nacemos y hasta la muerte física, justificando enfermedades, diferencias inconciliables, sueños, guerras, coronas… hambrunas, terremotos…¿qué decir del arte?,  dándonos siempre la razón a sus partidarios concretos frente a los de otra (o ninguna) religión. No es de extrañar, por consiguiente, que tras tantos siglos de justificaciones religiosas (casi siempre de la mano del Poder terrenal o político) haya muchos millones de seres humanos que siguen encontrando válido el juego de vivir su vida al amparo de lo que consideran su religión, y encuentran los actuales templos lugares seguros para elevar sus plegarias, casi siempre ignorantes de que la Verdad hace unas cuantas generaciones era otra –tan válida como ésta para aquellos especimenes de entonces- y si nos remontamos algunas generaciones más, mucho más diferente, con dioses y diosas que tenían otros nombres y templos y que también servían de amparo y consuelo a nuestros tatarabuelos de entonces tan estupendamente bien como éstos dioses de ahora…Y así…

Se me dirá que el último eslabón de la Vida somos nosotros, lo cual es evidente, pero no hay que engañarse, no siempre lo último es lo mejor. Por mucho que quiera negarse, la nómina de las guerras por causa religiosa (o justificación religiosa) de los últimos tres milenios ha sido atroz (desde que tenemos noticia de la propia Historia humana). Todos hemos sido muertos o hemos matado en nombre de un dios cualquiera. Y en esto la religión católica no es excepción (Cruzadas varias/ Conquista/Reconquista de España/ Conquista de América /guerras religiosas en Europa/ Inquisición/ Guerra Civil….). Está claro que no se han seguido las enseñanzas de aquel líder religioso cuando dijo “Amaos los unos a los otros” y mucho menos lo de “amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Guste o no reconocerlo, hay que saber que las tres religiones monoteístas (judaísmo, cristianismo, islamismo) herederas de un tronco común, se han edificado sobre la violencia, el miedo, la falta de libertad, el desprecio a la diferencia, y la muerte de millones de seres humanos engañados, o al menos azuzados, por el oportunista de turno, llámese como se llame, según y dónde.

El esquema es tan simple que resulta demoledor: Nosotros tenemos la razón en la elección del verdadero Dios (o la suerte de haber sido elegidos por Él); los demás irán al infierno, pues son infieles no sólo equivocados, sino además culpables de haber nacido donde lo han hecho y formar parte de una sociedad como la suya, que se aferra a su equivocación pertinazmente, lo que les hace aún peores. Los demás son el enemigo a batir; Dios sólo nos da la razón a nosotros. Nuestros ídolos son los mejores y únicos dignos de reverencia y devoción. Los demás son falsos ídolos, sólo merecedores de nuestra conmiseración en el mejor de los casos, desprecio y rechazo…o destrucción.

Hasta hace unos dos siglos y medio hubo poca contestación a este esquema simplista. La imbricación del Poder Terrenal con el Poder Espiritual era tan evidente que la religión de un país, nación o región podía depender –y de hecho dependía- de la religión que adoptara el Monarca de turno (¿puede concebirse mayor barbaridad siendo la creencia espiritual una actitud eminentemente personal?). Pero a mediados de siglo XVIII algo cambió en la mente de algunos seres humanos y de algunos pueblos de nuestro ámbito –posiblemente el desarrollo científico, tecnológico y material en parte de Europa desde el Renacimiento, que había desmontado muchos de los mitos en que se apoyaban las creencias religiosas, entre ellas el lugar del hombre en el Universo-. A partir de entonces se empezó a plantear la separación de los poderes religioso y político, o cuando menos la independencia de los mismos, de forma que se reivindicó la libertad de elección de culto por parte de cada cual, y se devolvió a los seres humanos, al menos teóricamente, su capacidad de elegir la religión que quisiera (o ninguna), paralelamente al establecimiento de la democracia basada en el voto casi universal para la cosa pública. Se pusieron de esta manera las bases para el desarrollo de los Derechos Humanos que consagran tanto la tolerancia religiosa como el laicismo y la libertad de conciencia, a fecha de hoy.

Pero la Historia avanza despacio; demasiado despacio cuando además hay tantos intereses creados y fundamentados por el poso de siglos en el discurso religioso. Desde la publicación de La Enciclopedia durante la Ilustración francesa han sucedido muchos acontecimientos (unos terribles, sin duda, como si de un doloroso parto se tratara; otros que alumbraban la esperanza de una organización social nueva y esperanzadora). Estos han sido los siglos de la Revolución Francesa y la Declaración de los derechos del Hombre y del Ciudadano, de la Revolución Americana, pero también de la Revolución Rusa y de la China, del desarrollo del capitalismo salvaje y de las dos llamadas guerras mundiales; del Movimiento Obrero en casi todo el mundo, de los Derechos Civiles, de los Derechos Humanos, de la creación de la Sociedad de Naciones y posteriormente de la ONU, de la Descolonización en casi todo el planeta que dio lugar a nuevas naciones no exentas de conflictos por la herencia de las Metrópolis; de la Emancipación de la Mujer en Occidente, pero también del terrorismo de diverso signo, de la extrema abundancia en unos pocos países y de hambrunas y matanzas injustificables en África y Asia, de sucesivas Revoluciones Tecnológicas y hasta de la llegada del Hombre y sus ingenios a la Luna, y a Marte, fuera de los confines de esta vieja Tierra que parió todo lo anterior…

Y sin embargo, en gran parte del Mundo aún seguimos instruyendo  a nuestros infantes en la fe de nuestros padres y abuelos, en la religión con la que crecimos nosotros mismos, desconfiando de su capacidad para elegir cuando tenga criterio propio, conocimientos, edad, y por tanto libertad para ello.

En resumen, la Libertad sigue dando miedo a los Poderes establecidos, pues las diferentes Iglesias no quieren perder sus privilegios, amasados durante milenios. Saben que la maleabilidad de los niños los hace proclives al adoctrinamiento para seguir manteniendo esos privilegios basándose en el sentimiento de culpa que se les creará posteriormente si abandonan la grey.

En efecto, el hecho de confiar la enseñanza religiosa a las escuelas denota claramente ese miedo que la sociedad tiene a la Libertad de las generaciones venideras, al tiempo que muestra a las claras el conservadurismo de los gobiernos de cualquier signo que podamos tener en este país, visto lo visto.

Ya el primer gobierno socialistatuvo muchos años (13)  para poner las bases de una auténtica escuela pública laica, al modo francés, donde ni se permitieran símbolos religiosos, ni se impartiera más religión que la estrictamente necesaria para entender el devenir histórico de la Humanidad hasta hoy; esto es, como parte de la propia Historia. Entonces se perdió una ocasión de oro para delimitar los campos de la escuela pública y privada, y por supuesto para separar el campo del conocimiento racional, técnico y material/público (necesario para el desarrollo de una sociedad tecnológica en constante cambio) del otro campo espiritual/privativo y personal, ámbito éste en el que no debería participar ninguna institución pública, permaneciendo al margen hasta que el propio individuo decidiera dar el paso de su afiliación religiosa concreta –si es que lo decide.

Por su parte, lo que el Partido Popularha hecho en sus ocho años de gobierno está en consonancia con su ideología: conservadurismo a ultranza; en ello no podía haber novedad. Se ha primado la escuela privada en detrimento de mejores condiciones para la pública, y, en el caso que nos ocupa, se aumentó el horario para la religión en detrimento de otras áreas y se legisló para que la Religión y Moral Católica no sólo se enseñara en los colegios e institutos, sino que también puntuara como cualquier área del currículo. Como alternativa a la Religión, se ofrece una “Historia del Hecho Religioso”. ¡Toma ya! Pero en fin, todo normal viniendo de quien venía la iniciativa; nada por lo que rasgarse las vestiduras, como se ve.

Más extraño es que ahora, de nuevo por un gobierno socialista, se nos plantee la posibilidad de que otras religiones sean también impartidas en las escuelas públicas y más concretamente la islámica. Podemos imaginar que con esta medida se intenta eliminar una pretendida “discriminación” de miles de inmigrantes del mahgreb excluidos en la escuela de adoctrinamiento religioso islámico mientras la mayoría de familias autóctonas y emigradas de Sudamérica sí recibían su adoctrinamiento religioso católico, como Dios manda, si así lo querían. Y de paso, dirán, se controla el mensaje de los imanes para evitar peligrosos fundamentalismos… 

Pero desgraciadamente con ello se continúa traicionando el espíritu mismo de la Escuela Pública igual para todos (donde otros muchos niños no recibirán la religión de sus mayores, por ser minoritarias, o incluso ninguna religión como querrían cada vez más familias), y también se sigue haciendo un flaco favor a la Libertad de Conciencia de los hombres y mujeres, niños y niñas de hoy, que han de vivir y tal vez decidir los destinos de sus pueblos en el futuro. Mucho me temo que será otra batalla ganada por las fuerzas reaccionarias (de cualquier signo o religión), una vuelta de tuerca más contra la libertad del individuo; y lo que es peor, una muestra más de que no hemos aprendido la dolorosa lección de los siglos.

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