De viejos y nuevos dioses

Seguramente no le falta razón al teólogo Ratzinger cuando critica a aquellos que se creen dioses; pero se trata de un fenómeno que viene de antiguo y de difícil solución. Sin ir más lejos, el propio Benedicto XVI no podrá negar habérselo pasado en Madrid como dios, festejando con fasto y boato su propia visita, aclamado por miles de adolescentes, cual deidad moderna del celuloide hollywoodiense, divino él con ése báculo de dos kilos y medio de oro.

Algo de razón no le faltará al Papa Ratzinger, pero de autocrítica sí que no anda sobrado. Porque la Iglesia, a lo largo de sus dos mil años de Historia, de tanto rezar al altísimo se ha vuelto tan altiva que no sólo se ha creído dios, sino que se lo ha creado, a su imagen y semejanza, proscribiendo, excomulgando o directamente asesinando a quienes defendían otro dios, aunque fuera el mismo. Y todo en nombre del todopoderoso, ése cuyo nombre no puede pronunciarse en vano pero que la Iglesia no ha dudado nunca en utilizar a su antojo, pintándolo del color que le ha convenido a cada instante: implacable o bondadoso, padre o hijo, fuego o paloma, y hasta hercúleo creador como el que se descuelga de la Capilla Sixtina.

En efecto, los hay que se creen dioses, como ése entrenador del Madrid que intentó imitar a Miguel Ángel , pintándose a sí mismo en la bóveda televisiva del planeta con el brazo extendido y el índice desplegado. Y no le falta razón para creerse todopoderoso. Millones de madridistas le adoran de tal forma que aseguran ver lo que el resto de mortales no atisba y, al contrario, están ciegos ante la realidad que todos ven. No es un fenómeno nuevo. Que le pregunten al Papa, que sabe un rato de esto.

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