De trasplantes y bioética

Hace una semana, el pleno de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal aprobó reformas a la Ley de Salud en las que se establece la donación de órganos y tejidos de manera tácita y la de consentimiento expreso.

El primer caso se aplicará cuando en vida la persona no haya manifestado su negativa a que su cuerpo u órganos sean utilizados para trasplantes, y ya fallecida, los familiares lo consientan. En la segunda opción, el donador deberá haber dejado su autorización por escrito para la donación de órganos, y sólo procederá cuando se usen para fines de trasplante y se confirme la pérdida de la vida del disponente.

Sin duda, fomentar la donación de órganos y tejidos en nuestro País es una política positiva y necesaria, pues en la actualidad existe un déficit de más de 50 por ciento entre las personas que requieren del trasplante de un órgano y el número de donantes. De acuerdo con datos dados a conocer por la Comisión de Salud de la ALDF, en nuestro País, donde cada año fallecen unos 380 mil donadores potenciales, tenemos la necesidad de que existan, cuando menos, 40 donantes por cada millón de personas (actualmente el promedio de donantes es de siete por cada millón). Al mismo tiempo se requiere generar las normas correspondientes para evitar que una práctica tan importante se haga de manera desaseada, pues se podría incluso promover el tráfico de órganos. Todos sabemos o inferimos el extraordinario negocio que esto puede representar.

En Estados Unidos un riñón se cotiza hasta en medio millón de dólares, un par de córneas alcanzan los 100 mil dólares, un corazón cuesta según el cliente. Aparte, existe un mercado negro de órganos, como es bien conocido. Mediante la ley que aprobó la Asamblea Legislativa, imponiendo la donación obligada de órganos se corren varios riesgos que hay que atajar de inicio.

Más allá de los trasplantes, las cuestiones éticas relacionadas con los seres vivos, sus procesos y su entorno requieren ser discutidas desde un punto de vista científico, humanístico y, por supuesto, laico. Al decir científico se supondría que sobra la palabra laico, pues la ciencia se supone un conocimiento al margen de consideraciones religiosas. Lo agregamos porque grupos de bioética religiosa aseguran basarse en conceptos científicos para justificar sus muy parciales conclusiones. Pero tampoco consideramos suficiente el punto de vista de la ciencia, es indispensable que desde la filosofía, el derecho, la historia, la economía, etcétera, se analicen estos temas. Sobre todo hoy, que está tan de moda hablar de valores (en general, no sólo en lo relacionado con los seres vivos) sin tomar en cuenta que no es posible establecer valores universales. Tal vez se podría hablar de los principios deseables, pero naturalmente cada quien los definiría desde su perspectiva ideológica.

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