De Ritos y Rituales. De comuniones y confirmaciones?

Para entender mejor el contenido de este artículo es conveniente conocer las diferencias existentes entre dos conceptos que etimológicamente pudieran parecer sinónimos pero que en el uso su significado es totalmente distinto, me refiero al rito y a la ritualidad. Distinguirlos nos ayudará a entender mejor nuestra cultura y nuestras costumbres, al menos en el ámbito de las celebraciones.

El rito es aquella ceremonia simbólica compuesta por un conjunto de reglas y normas, establecidas en el tiempo y en la tradición, y que se repiten de manera estricta e invariable para expresar el contenido de algún mito, entendiendo por este; un relato de hechos maravillosos cuyos protagonistas acostumbran a ser personajes sobrenaturales o extraordinarios. Se constata que los mitos forman parte del sistema religioso de una cultura, que los considera historias verdaderas. Tienen la función de otorgar un respaldo narrativo a las creencias centrales de una comunidad.

El ritual es la observación de las formalidades y normas establecidas para realizar el rito, es decir, la expresión formal del rito. Y esta se lleva a cabo a través de símbolos que representan las creencias que subyacen en el mito. Y esta no es una cuestión baladí, este acto pedagógico procura la asimilación directa de los conceptos a través de las imágenes simbólicas. Es, ni más ni menos, que la puesta en escena de nuestro más atávico pensamiento mágico. Ahora bien, el ritual no sólo pretende expresar los ritos, esta no es más que una de sus facetas. Otra no menos importante es la de facilitar la necesidad natural de expresar las creencias (no necesariamente religiosas) y los cambios de estado o estatus (ritos de paso o de iniciación)

Las circunstancias han facilitado la asociación de estos dos conceptos a lo estrictamente religioso, y nada más lejos de la verdad. En nuestra vida diaria tenemos la oportunidad de presenciar y de compartir infinidad de rituales seculares que poseen sus propias normas, su propia tradición y la misma carga simbólica y mágica que los religiosos. A tal fin podríamos señalar infinidad de rituales sociales (fiestas nacionales), culturales (premios, reconocimientos), políticos (nombramientos), deportivos (ceremonias de clausura y apertura de las olimpiadas), etc. En nuestro día a día celebramos y participamos en rituales muy arraigados, dotados de su propio ritmo, símbolos, textos, música pero que pasan desapercibidos. Los cumpleaños por ejemplo; con su reunión social, su ágape, su tarta, sus velas, sus deseos, sus canciones, sus regalos, sus felicitaciones, cumplen todos los requisitos formales para que se le otorgue la consideración de ritual. Y hay más; las celebraciones de fin de año y año nuevo (brindis, uvas), despedidas de soltería, los pasos de ecuador estudiantiles, las jubilaciones… son los que más pronto me vienen a la cabeza. Y gracias en gran medida a las nuevas tecnologías y la facilidad en la comunicación, que surgen rituales nuevos; quiero hacer alusión a uno de ellos que destaca por su simpleza y por su hermoso contenido. Hablo de escribir tu nombre y el de tu amante en un candado para dejarlo eternamente colocado en la barandilla de algún puente o estructura de especial significado. Que expresión más sencilla de amor, esperanza e ilusión… En la toscana “Vía de L’amore” se amontonan por cientos en cualquier sitio susceptible de ser colocado (la foto que acompaña a este texto está tomada en la puerta de entrada de la Vía). Me dejó muchos más en el tintero.

Los rituales son el fruto de nuestro innato pensamiento mágico. Tenemos una necesidad de celebrar los momentos importantes de nuestra vida y de hacerlos públicos, un impulso natural del corazón a compartir y hacer partícipe a la comunidad de nuestro cambio de estado o estatus. Es por ello por lo que, en virtud de esta forma de pensamiento, ritualizamos esos momentos y los representamos con símbolos. El pensamiento mágico sigue presente hoy día, no sólo en las consultas de de toda suerte de adivinos, curanderos y nigromantes, sino también -y sobre todo- en la asunción que hacemos de los resultados que tendrá para nosotros lo no demostrado, lo no comprobado (cremas mágicas, dietas mágicas, productos mágicos…) y que entra por nuestros ojos fundamentalmente a través de la televisión y los medios publicitarios. De la misma manera que estos medios se aprovechan de la existencia del pensamiento mágico para “colocarnos” sus productos milagros, la Iglesia se ha aprovechado a lo largo del tiempo para colocarnos también sus propios mitos y adaptarlos así a los ritos naturales ya existentes. Al igual que hizo al colocar sus iglesias en los lugares de culto pagano con el único objetivo de sustituir las creencias locales y evitar así la competencia, ha institucionalizado ritos religiosos que han ido sustituyendo en la memoria a los ritos de paso preexistentes (nacimientos, bodas, funerales…) Pero quiero hacer especial mención aquí a los ritos iniciáticos de la pubertad y la madurez que han quedado totalmente desvirtuados en sus significados originales al ser sustituidos por los ritos cristianos de la primera comunión y de la confirmación. A ellos dedicaré la segunda parte de esta entrada…

Está resultando sencillo sustituir las ceremonias religiosas de nacimiento y matrimonio por otras civiles o laicas. Esto se debe a que los motivos que nos impulsan a celebrar estos eventos podemos desmarcarlos del sentir religioso y atribuirles un significado más acorde a modernos criterios sociales; de hecho los bautizos están siendo sustituidos por ceremonias de bienvenida, de acogida o de otorgamiento de la carta de ciudadanía, denominaciones que pretenden devolver a estos rituales su verdadero significado. Las instituciones civiles están ayudando en este aspecto al generar actividades rituales con las que celebrar los requisitos legales que hay tras las firmas e inscripciones en sus registros. También es cierto que el impulso costumbrista de estos eventos es difícil de abortar y es que en el fondo siempre existirá nuestra natural necesidad de ritualizar los momentos importantes de nuestra vida.

Esta necesidad es también la que nos debe impulsar a la hora de celebrar otros dos importantes momentos que hasta ahora pudiera parecer que sólo tienen significación religioso, me refiero por supuesto a la primera comunión y a la confirmación. Ha llegado el tiempo de desvincular estos dos importantes momentos del contexto religioso, devolverles su verdadero significado natural, social y humano, y en consecuencia celebrarlos con rituales acordes y adaptados al sentir laico. No podemos dejar de celebrar los ritos de entrada en la pubertad y en la madurez, que de eso se trata, pues desde siempre han tenido tanta importancia o más que el nacimiento y el matrimonio.

Ahora nuestra sociedad, en este giro evolutivo hacia la laicidad, se encuentra con un vacío ritual que debe ser llenado. El rechazo del rito religioso unido a la desconexión del significado original de estos ritos y quizás también a que las instituciones no están ofreciendo alternativas a este respecto, pueden estar abocando estas celebraciones a la desaparición. Pero no debemos caer en el error de realizar un paripé de lo religioso. Una sociedad que madura en el camino hacia la laicidad debe saber alejarse de la influencia religiosa y así poder redescubrir y recuperar el sentir natural del ser humano. La religión tomó lo que ya existía, lo transformó y lo impuso con sus propias normas. Ahora nos toca a nosotros recuperar lo que siempre fue, adaptarlo a las nuevas formas, a los nuevos tiempos, para que sea incluido en el sentir laico y en base a nuestra libertad de conciencia crear una nueva forma de sentir y celebrar la vida ajena a todo credo, fundamentalismo o imposición formal.

La religiosa primera comunión ha sustituido, quizás abocada por su propia moral, a los antiguos ritos de paso de la niñez a la pubertad. No olvidemos que al fin y al cabo lo que se celebraba con estos ritos era la madurez sexual. A su vez la confirmación (la conversión en “soldados” de Cristo) ha sustituido a los importantísimos ritos de madurez, a través de los cuales se adquiere la condición de adulto y se puede acceder a los diferentes status sociales (político, guerrero, sacerdote…)

Ahora nos toca a nosotros reconocer la importancia de estos momentos, redescubrir su significado y volver a ritualizarlos adaptando las formas al sentir laico. Como dice Ana Lía López en su estudio sobre las ritualidades contemporáneas “los ritos contemporáneos parecen exceder en mucho la búsqueda de legitimación de la entrada en la madurez sexual y aparecen como una acuciante demanda de reconocimiento, de ser, de existir, de habilitación como ser cultural, perteneciente a algún lugar social.

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