De pajas y otros vicios

El ser humano es un nido de vicios. La Iglesia católica, apostólica y romana sabe mucho de ellos, ya sea por combatirlos los ajenos, ya sea por practicar los propios. Y esa misma postura, la de condenar al prójimo sin juzgarse a sí misma, se ha convertido en vicio en una institución que ha hecho de la culpa una doctrina y del perdón un monopolio.

Ha sermoneado el obispo Munilla sobre ETA, exhortándola a que tenga «la valentía para disolverse y reconocer el mal cometido de una forma clara y superando toda tentación de autojustificación». Seguramente no le falta razón cuando asegura que «recomponer tanto dolor y sanar tanto rencor exige un ejercicio muy serio de transparencia», y que desde un punto de vista ético «no cabe dejar la menor duda de aprobación de la violencia: ni en el pasado, ni en el presente, ni en el futuro». Pero todas esas palabras suenan vacías cuando las pronuncia uno de los representantes de una institución que no sólo ha apoyado sin reparos la violencia de más de una dictadura y que no ha reconocido su parte de responsabilidad en el dolor de miles de víctimas de esos regímenes cristianísimos, sino que ha intentado ocultar en un ejercicio cínico y cobarde de cómplice opacidad los sufrimientos de menores que han sido objeto de violaciones sexuales de la mano de pastores de su propia Iglesia.

Para construir su próximo sermón, Munilla podría usar la viga del ojo del pasaje de Lucas, dejarse de pajas y abandonar el vicio de ver siempre el mal ajeno sin reconocer el propio. Primero, que practique la Iglesia ese ejercicio de transparencia y de reprobación de su propia violencia. Y luego, si quiere, que sermonee.

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