De las razas históricas al racismo elegante

El racismo sigue más vivo que nunca, en plena crisis, los estereotipos mandan, y no garantizan una explicación simple a problemas complejos, una vez más. La desazón abruma a las personas de buena voluntad.

El racismo biológico quedó desacre-ditado casi desde su propio nacimiento. Su sustituto, con todos los marchamos de honorabilidad académica, fue el “racismo cultural”, que en el fondo sirve para jerarquizar a los grupos sociales y “étnicos” en una pirámide civilizatoria. La corriente llamada “psychologie des peuples», después de la II Guerra Mundial, ha heredado en buena medida el “racismo cultural”, al clasificar a los pueblos europeos sobre todo en función de ciertos caracteres culturales fijos. Hoy día el antirracismo es un lugar común el discurso social y político, pero en su versión cultural sigue marcando la vida social gracias a su invisibilidad.


El racismo interpretado en sus dimensiones “elegante”, “simbólica”, “invisible” o cualquiera otra que enfatice su permanencia en el tiempo, a pesar de la emancipación de la cuestión biológica, es un tema de la máxima actualidad. Al racismo nos vamos a remitir una vez más, por ser inagotable manantial de reflexión, a pesar de que el vocablo “racismo” manoseado en exceso en manos de los medios de comunicación quizás haya contribuido a desdibujar la profundidad de su problematicidad.

El racismo tiene su antes y después. Si como sostiene la filosofía, el Holocaus-to marca una frontera nítida en el pensamiento contemporáneo, no es sólo por la barbarie de su hacer, sino igualmente porque, según Z. Bauman, su trascendencia concierne no solo a la cuestión judía. La existencia de los lager nos remite a la noción misma de Modernidad. Es decir, la shoah no fue un gran pogromo, plagado de problemática emocional, sino la directa consecuencia del funcionamiento racional y frío de la burocracia1. Y quizás, aventuramos, ocurra algo similar con el racismo.

Todavía en los años setenta el antirracismo, sobre todo estadounidense, respiraba un tufo claramente revolucionario. Basta contemplar las fotografías que de la segregación racial en la universitaria Boston se pueden ver hoy día en el museo negro de Beacon Hill de esta ciudad, para hacernos conscientes de la magnitud y crueldad del segregacionismo racial norteamericano en medio tan educado, y tan democrático por ende. Pocos años después de los combates antisegregacionistas ocurridos en Estados Unidos y en Sudáfrica, la raza y el racismo en general se convertirían en el leitmotiv de numerosas movilizaciones intelectuales y cívicas desposeídas de aspiración revolucionaria alguna: se trataba sólo de pedir la integración en lo existente. La primera marcha masiva de SOS Racisme en 1985, en la plaza de la Concorde, en París tuvo todas las características de las grandes movilizaciones de tres lustros antes, las sesentayochistas, pero sin tener enfrente a ningún enemigo histórico como la gran burguesía o la plutocracia gaullistas. En realidad, era un pronunciamiento público sin nadie a quien reclamar. Vivre ensemble avec nos différences rezaban las chapas que fueron repartidas. Demasiado educado todo. Como escribió en su momento P.A. Taguieff, “la aparición reciente, en Francia, de movilizaciones antirracistas de masas, ha contribuido a la desproblematización del antirracismo”, y ello fundamentalmente “porque el antirracismo mediático ha precedido y preparado las movilizaciones anti-excluyentes teatralizadas”2. En su lucha contra el antirracismo educado Taguieff sostendrá que no basta con expulsar la palabra “raza” de nuestro lenguaje cotidiano para acabar con el problema3. Algo no funciona en tantos actos de buena voluntad, y la falla no acaba de ser localizada. Por ejemplo, que a la raza de base biológica le ha seguido algo más inasible y espiritual, si se quiere, como es la distinción social y cultural –tal como lo piensa Pierre Bourdieu-, en tanto base de las “razas culturales”.

Avancemos a este tenor algo del caso más sintomático. El etnólogo Alfred Métraux, un viejo conocido de Claude Lévi-Strauss desde la época en que ambos encarnaban con otros intelectuales la oposición intelectual al nazismo exiliada en Estados Unidos, comenzó a editar en 1950, en el momento en que era director de la oficina de relaciones raciales de la UNESCO, y coincidiendo con un coloquio sobre el racismo convocado por esta institución, una colección titulada “La cuestión racial ante la ciencia moderna”. A petición suya Lévi-Strauss escribirá un discurso titulado Race et Histoire4. En este librito, Lévi-Strauss establecía la distinción capital, que luego retomaría en otra obra de mayor enjundia, La Pensée Sauvage5, entre sociedades “frías” y sociedades “calientes”, dejando claro que el desarrollo tecnológico y civilizatorio no respondía a criterios de superioridad cultural o racial, sino de particularidades o incluso de elección; ahondaba, por consiguiente, en el relativismo cultural, y lo elevaba científicamente a categoría axiológica. Race et Histoire se convirtió de inmediato en un clásico del antirracismo, e incluso pasó al dominio público de los estudiantes de bachillerato y de sus profesores, que lo leían en clave moral, sin acabar de comprender del todo su significado. Era un ícono político. La lucha contra el racismo había así alcanzado una gran popularidad, pero no una profunda comprensión.

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Lectura completa de la conferencia de José Antonio González Alcantud, Catedrático de Antropología Social de la Universidad de Granada, en el siguiente archivo:

De las razas historicas al racismo elegante

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