De laicidad y otras cuestiones

El reciente viaje de Benedicto XVI a Francia, la República laica por excelencia, ha tenido una gran repercusión en los sectores religiosos, intelectuales, políticos y, por supuesto, mediáticos.

 En el aspecto religioso, además de actos multitudinarios con católicos, se ha reunido con los representantes de otras religiones monoteístas, en el aspecto intelectual ha tenido debates con pensadores franceses que han comprobado el alto nivel intelectual del Papa, y en el terreno político el presidente Sarkozy ha tenido muchas diferencias con Benedicto XVI. Todo ello tuvo gran acogida en los medios de comunicación.

Uno de los temas abordados fue la diferencia entre laicidad y laicismo, de gran actualidad en España, donde está proclamada la separación entre las Iglesias y el Estado y la libertad religiosa. La laicidad hace referencia a la separación entre las Iglesias y el Estado, mientras que el laicismo es la actividad de los poderes públicos para eliminar lo religioso en el sector público.

En la Constitución española, el artículo 16.4 proclama la laicidad y elimina el laicismo. Sus términos son los siguientes: "Ninguna confesión tendrá carácter estatal, los poderes públicos tendrán en cuenta las creencias religiosas de la sociedad española y mantendrá las consiguientes relaciones de cooperación con la Iglesia católica y las demás confesiones", eso tras declarar la libertad religiosa y de culto y proclamar que nadie podrá ser obligado a declarar sobre su ideología, religión o creencias. Puede afirmarse que la Constitución proclama una "laicidad positiva" en el sentido de que la separación entre las Iglesias y el Estado no implica ninguna consecuencia negativa para las religiones.

Las Constituciones españolas anteriores han actuado de manera diferente e incluso opuesta al regular las relaciones entre las Iglesias y el Estado. Así, la Constitución de Cádiz de 1812 decía en su artículo 12 que "la religión de la Nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera. La Nación la protege por leyes sabias y justas y prohíbe el ejercicio de cualquier otra". Como ejemplo de Constitución no laica, sino laicista, hay que recordar a la Constitución de 1931. En el artículo 26 se establecía "quedan disueltas aquellas órdenes religiosas que estatutariamente impongan, además de los tres votos canónicos, otro especial de obediencia a autoridad distinta de la legítima del Estado. Sus bienes serán nacionalizados y afectados a fines benéficos y docentes". Se prohibía ejercer la enseñanza a las órdenes religiosas.

Pero, siendo ello importante, no lo es menos el estudio de los movimientos de personas entre las distintas religiones a partir de la vigencia de la Constitución de 1978. Estamos acostumbrados a leer encuestas en las que figuran el número de católicos que hay en España, el número de los que son practicantes y el de los que van a misa los domingos y días festivos, pero no son tan frecuentes las que muestran los fieles de otras Iglesias, los que son practicantes, a qué clases sociales pertenecen y en qué barrios habitan en nuestras ciudades, pueblos y campos.

También el papa Benedicto XVI ha dicho recientemente que la fe se debilita hasta extinguirse en algunas naciones que fueron ricas de fe y vocaciones. Alguien cree que se refiere a España sin citarla; pienso que España está lejos de que en ella se extinga la fe católica, rotundamente mayoritaria entre todas las 1.437 Iglesias inscritas en el Registro de Entidades Religiosas del Ministerio de Justicia.

Sin embargo, el crecimiento del número de fieles de otras Iglesias ha aumentado desde la Constitución de 1978, lo que no es de extrañar dado el sistema del nacional catolicismo del régimen franquista. Pienso que las parroquias y las diócesis católicas sabrán aproximadamente el número de fieles de otras religiones que existen en sus territorios. En el periódico El País del pasado 13 de octubre, en un reportaje de Román Orozco, se afirma que hace un siglo el número de evangélicos en España era de 4.000, que llegaron a 22.000 durante la República de 1931, que se redujeron a 7.000 en el franquismo y en la actualidad sobrepasan los 400.000, a los que hay que añadir los 800.000 comunitarios que viven en España y un número indeterminado de inmigrantes. Pertenecen a clases medias y a vecinos de barrios marginales y entre las causas de este crecimiento están la libertad religiosa, la libertad de expresión y reunión y la lectura de la Biblia, mucho más intensa que la que realizan los católicos. Desconozco el número de fieles de la religión mahometana y de la judía en España, pero en todo caso son datos dignos de análisis y meditación.

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