De la visita del Papa

Si les soy sincero, llevaba días con ganas de hablarles de lo saturado que anda quien les escribe de cierta tipa que aparece a todas horas en la tele, en las revistas, en los periódicos y que cuyo único mérito es el coito afortunado (para ella, que no para el resto de la humanidad) que en su día mantuvo con un torero -en dos palabras, im presionante- que pasaba por allí, pero lo cierto es que si la doña está donde está, no es por culpa suya si no nuestra: de los que la ven por la tele y, especialmente, los que hablan, escriben y opinan de ella. Así que, sintiéndolo mucho, si quieren saber la última de la tipa en cuestión pongan Telecinco, que a buen seguro aparecerá antes de puedan darse cuenta. Así que, en parte por mantener esa fama de díscolo que algunos de mis queridos reincidentes me atribuyen –y que quien les escribe espera haberse ganado a pulso- y en parte porque me lo pide el cuerpo, tiro por la secante –tirar por la tangente está ya muy visto e impide cruzar la circunferencia- y me voy a meter con última la visita de Herr Ratziger.

Resulta evidente que la consagración del templo más espectacular del mundo –percepción totalmente objetiva, como todos ustedes ratificarán sólo con compararlo con cualquier otro- no merece ser consagrado por nadie que no sea el Jefe, y que en esa tesitura un servidor era de los que creía que la ocasión lo merecía y, sinceramente, ya se había resignado a encontrarse el Papa hasta en la sopa, con la convicción de que si París bien vale una misa, Barcelona vale un pedazo de ceremonia por todo lo alto y con el líder al frente.

Imagínense ustedes mi grado de convencimiento que incluso había logrado sustraerme al argumento recurrido por muchos de los detractores, como lo es el dineral que nos cuesta a todos la visita del Santo Padre, más que nada porque en otros asuntos realmente chorras se dilapida con saña nuestro exiguo erario sin que nadie se lleve las manos a la calva. Así, un servidor recibía en un estado sumamente ataráxico el taladrado mediático, los catorce platos típicos con los que iban atiborrar al pobre hombre durante sus vuelos, las correrías de miembros –e incluso miembras- del gobierno y de la oposición para hacerse la foto ni que fuese de camino a los váteres del aeropuerto y –eso sí me chinchó algo más- la cancelación de unas gestiones que un servidor debía haber llevado a cabo ese día en Barcelona y que obvió a sabiendas de que iba a resultar del todo imposible moverse a varios kilómetros a la redonda de la presencia de don Benedicto.

Pero como suele ocurrir, cuando uno se cree que controla sus sentimientos y sus emociones, llega otro y lo jode. En este caso, Herr Ratziger lo consiguió, comparando el anticlericalismo español de los años 30 del siglo pasado con la secularización actual.

Dejando al margen que lo de quemar iglesias ya no se lleva, porque quién más y quién menos tiene asumido que eso está muy feo, y que ese detalle –baladí si ustedes quieren- desvirtúa algo la comparación, quizás alguién de las altas esferas eclesiásticas debiera preguntarse el porqué de esta secularización, y si en ello no tendrá algo que ver la insistente tozudez con la que las altas jerarquías –que no la Iglesia- dan la espalda a la realidad y cómo crean problemas donde debieran plantear soluciones. Léase preservativos, investigación con células madre, y añadan a la lista quince o veinte etcéteras más.

Anticlericalismo, lo define nuestro diccionario, es la animosidad contra todo lo que se relaciona con el clero. Pues este país tan anticlerical contribuye cada año con seis mil millones de euros de dinero público al mantenimiento de la Iglesia. Esos seis mil millones no incluyen las aportaciones provinentes del IRPF, que sumaron otros casi doscientos cincuenta millones más en 2009. No está mal para ser un estado aconfesional y no está nada mal para ser la reserva anticlerical de occidente. A eso, en mi casa, le llamamos morder la mano que te da de comer.

Si se pretende rebajar la fe al nivel de una ideología –recordarán mis queridos reincidentes a los obispos, pidiendo el voto para una determinada formación en las últimas elecciones- si se permiten el lujo de ir dando lecciones de moral cuando tienen lo que tienen en casa, si proclaman apocalipsis de patio de escuela con la que está cayendo, si se empeñan en primar la doctrina por encima del evangelio ¿cómo luego se extrañan de que la sociedad se secularice cada vez más?

¿Saben cuanto le costaría al gobierno mantener el IPC en las pensiones en vez de congelarlas? Cuatro mil millones de euros. Aún sobrarían dos mil millones para chuches.

Total, puestos a ser anticlericales, como mínimo que nos salga gratis. ¿No?

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