De la intolerancia a la libertad de pensamiento

Inmersos en la angustia cotidiana por no contar con la seguridad propia de un estado de derecho, no hemos advertido que los festejos de los Centenarios han dejado a un lado una efeméride fundamental.

Este año se cumplen 150 de la culminación de la Reforma Liberal que otorgó a la ciudadanía la primera de todas las libertades humanas: la de pensamiento. Se superó la intolerancia que había imperado desde la Conquista, al establecerse explícitamente la libertad de cultos. Esta medida constituyó una verdadera revolución cultural, indispensable para la laicidad del Estado y la secularización de la sociedad.

Benito Juárez y Melchor Ocampo se habían resistido a dictar las leyes de Reforma durante la guerra civil, para no dar elementos al clero para declarar una persecución religiosa, que no existía. No era una lucha para descatolizar a México, sino para que el clero respetara la autoridad del Estado. Era un problema político, no religioso. Por eso la ley de libertad de cultos se proclamó hasta el final de la guerra.

Esta ley establece que el catolicismo tendrá las mismas condiciones de protección por parte del Estado que los otros cultos que se establecieran en la República.

En la circular correspondiente, su autor, Juan Antonio de la Fuente, señaló la trascendencia de terminar con la funesta amalgama del Estado y la Iglesia, del derecho público con la teología y los cánones. Denuncia cómo la Iglesia aceptó la autoridad de los reyes de España y no la del gobierno de México; cómo León XII llamó al pueblo mexicano a reconocer a Fernando VII después de consumada la Independencia y Pío IX condenó la Constitución de 1857, mientras el clero patrocinó la guerra contra el gobierno constitucional.

Cabe recordar que los autores de las Leyes de Reforma eran católicos, excepción hecha de Ignacio Ramírez, quien a decir de Guillermo Prieto escandalizó a la sociedad retardatoria, poco ilustrada y fanatizada con su discurso No hay Dios, los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos. No obstante, El Nigromante fue también respetuoso de la religiosidad del pueblo mexicano, al expresar que la Reforma no hacía la guerra a la fe, sino a los abusos del clero y que su deber como mexicano no [era] destruir el principio religioso, sino los vicios o abusos de la Iglesia para que, emancipada, la sociedad, camine.

Durante el porfirismo, el mismo Ramírez alertó que si la Iglesia volvía a tener el poder en México no pararía hasta derogar todas las Leyes de Reforma.

Juárez fundamentó en breves líneas la necesaria laicidad del Estado: Los gobiernos civiles no deben tener religión, porque siendo su deber proteger imparcialmente la libertad que los gobernados tienen de seguir y practicar la religión que gusten adoptar, no llenarían fielmente este deber si fueran sectarios de alguna.

Los cambios culturales son lentos, llevan generaciones, muy poco a poco se ha ido superando la cultura de la intolerancia. Hoy los librepensadores mexicanos son apenas 5.2 por ciento de la población y todavía no logran la tolerancia de la mayoría católica.

A 150 años de que se estableció la libertad de cultos en México, ante las constantes violaciones a la laicidad del Estado, se ha hecho necesario reformar al artículo 40 para añadir la palabra laica a la definición de la República Mexicana. También se hace necesario reformar el artículo 24, para superar el concepto decimonónico de libertad de cultos por un concepto acorde al siglo XXI: el respeto a las diferentes concepciones éticas y filosóficas.

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