Darwin y los obispos

EN los sempiternos debates sobre educación que se producen en este país se observa una constante: desviar la atención sobre los verdaderos problemas para fijarnos en cuestiones menos importantes e incluso menores. En la reforma que se avecina lo único que suena es la religión; ya saben aquello de que Sancho se topó con la iglesia. Intentaré poner un contraejemplo para ilustrar que no es que topemos con algo, es que ese algo no puede dejar de estar donde está. El problema no es la religión. Los problemas de la educación son muy distintos pero seguimos jugando a mirar para otro lado.

Supongamos que el colegio profesional de biólogos tuviera tanto poder como para dictar los contenidos de la asignatura de biología en los colegios. Sin duda la evolución sería el núcleo director de los programas oficiales y podría decidir los criterios de evaluación e incluso que aquel alumno que no aceptara su estudio no podría superar la asignatura. Sería incluso susceptible de estudiar si un docente que se negara a explicar la evolución realmente estaría capacitado para ejercer la docencia de la biología. Les podrá parecer exagerado pero desde una lógica científica creo que sería razonable.

Los biólogos no tienen tanto poder y todo queda en un supuesto. Sin embargo, algunos padres dicen que por razones de creencias personales sus hijos no tienen por qué estudiar esa temática y los profesores de ciencias no pueden hacer nada. Esta situación es extraña en Europa y España, pero nada rara en Estados Unidos, y empieza a ser común en algunos países iberoamericanos donde ciertos grupos religiosos protestantes ganan adeptos. Los biólogos no tienen tanto poder pero las creencias religiosas, al parecer, sí. Con este ejemplo les introduzco en la espinosa cuestión que parece focalizar el debate sobre la nueva reforma educativa: ¿Debe estar la religión en las aulas públicas?

Mi visión del tema, con seguridad, estará sesgada por mi formación. Estudié en un colegio de los que hoy llamarían concertado religioso, estoy orgulloso de la formación que me dieron, en las clases de religión discutíamos de todo lo humano y divino y nunca me sentí presionado a nada. Con medio siglo vivido no me considero creyente de ninguna religión monoteísta, contemplo la religión como un hecho humano que pretende responder de forma esperanzada al insólito hecho de ser la única especie consciente de su mortalidad.

Con estas premisas es obvio que no pretendo dar una respuesta absoluta, mas esa formación me impulsa a mostrarles las incongruencias e hipocresías que aparecen en muchos de los debates que se lanzan sobre este tema. Y de nuevo la educación se convierte en un campo de batalla donde se dirimen otras cuestiones ajenas.

Si fuera creyente, ¿podría imaginar que cualquier iglesia se negara a adoctrinar a sus potenciales fieles si se lo permitiese el poder político? ¿No debería ser esa iglesia quien fijara contenidos, evaluaciones y contratase al profesorado? Mi respuesta se desprende del supuesto sobre evolución que he comentado en las anteriores líneas. Actualmente los centros educativos que "adoctrinan" en unas creencias tienen que informar a los padres de sus idearios y los padres eligen con libertad. Posteriormente la realidad en las conductas educativas es que esas creencias se sostienen, habitualmente, sólo hasta conseguida la plaza para el niño o la niña. ¿Qué le llevó a elegir ese centro? ¿La fama "religiosa"? ¿Por ser "sostenido" con fondos públicos? La incongruencia y la hipocresía no son exclusivas de la religión.

Darwin no tiene el poder, pero sí lo tienen los estados. En virtud de los acuerdos entre el Reino de España y la sede terrenal de una religión monoteísta resulta que en todas las leyes educativas, desde la primaria a la universidad, hay que introducir los correspondientes anexos y cláusulas que recuerdan que en virtud de esos acuerdos hay que respetar e introducir las temáticas religiosas que se tercien, pacten o consideren.

Cuando el jefe de la oposición dice que si la religión vuelve a las aulas entonces pedirá la revisión de los acuerdos con la Iglesia católica yo le aplaudiría, pero rápidamente me surgen algunas cuestiones. ¿Cuándo abandonó la religión las aulas? ¿Pretendemos que los obispos la eliminen? Me resulta hipócritamente electoralista pedir la revisión de los acuerdos cuando en los muchos años de poder de la izquierda no se modificó. ¿No se quería, cuando se estaba en el Gobierno, enfadar a los obispos?

Si se quiere separar la religión de la escuela, hágase con todas sus consecuencias. Hoy más que nunca, aunque siempre lo ha sido, las consecuencias son económicas. Echen números, equilibren escuela pública y escuelas "sostenidas con fondos públicos" y descubrirán muchas más hipocresías, a la derecha y a la izquierda. Y es que ciertamente nunca es fácil dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.

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