Curas y masones, a 150 años de las Leyes de Reforma

Las Leyes de Reforma (1859-1860) sentaron las bases modernas de la estructura jurídica de las actuales relaciones Iglesia/Estado y fundaron, a su vez, la tradición cultural de la sociedad laica, cumplirán el próximo 12 de julio, el sesquicentenario (150 años) de su promulgación, acontecimiento de la historia nacional que no puede entenderse al margen de la trascendente obra del caudillo liberal zacatecano J. Jesús González Ortega.

Un papel crucial desempeñaron en esa etapa turbulenta de nuestra sociedad las logias masónicas, entre ellas a la que perteneció el “Tinterillo de la Reforma”. Hoy en día, dónde estarán los modernos liberales o los jacobinos de la época terciaria, como bien los nombró con índice poético Ramón López Velarde, en su obra “La Bizarra Capital de Mi Estado”. ¿Estarán acaso hincados a la diestra de las nuevas monarquías del poder?

Por cierto, el conjunto de normas jurídicas contempladas en las Leyes de Reforma, cuyo espíritu renovador se había puesto en vigor, primero, muchos años antes en Zacatecas, que en el resto del país, gracias la visión progresista de González Ortega (1822-1881), significó también el inicio del fin de la ética de la sumisión de la sociedad y la autoridad al poder de los varones de la Iglesia y la monarquía.

La libertad de cultos, la separación Iglesia/Estado y la consolidación del laicismo de la sociedad zacatecana y mexicana hoy, a la luz de la historia, no podrían entenderse sin el esfuerzo realizado por hombres de la talla de J. Jesús González Ortega, a quien en la paradoja inmoral de los acontecimientos, el grupo cercano a Benito Juárez lo calificó de “traidor”, sólo por oponerse a los manifiestos excesos en el ejercicio del poder proyectados por el hoy reconocido como el “Benemérito de las Américas”.

Efectivamente (¿quién lo puede cuestionar?), las Leyes de Reforma hicieron posible la radical modernización de las estructuras del Estado mexicano y se alentó, como fuente de equilibrio y legitimidad, que en el poder público se construyesen, a partir de entonces, profundas raíces en la cultura jurídica del país, basada en los principios filosóficos del laicismo.

Hay, sin embargo, una contradicción histórica de Fondo. Las Leyes de Reforma terminaron, sí, con la etapa de la domesticación de los púlpitos como espacio del control político de la sociedad en manos de la Iglesia.

En contraparte, como una negación al avance logrado, se inauguró la fase de la historia nacional fundada en la edificación de los altares dedicados a la adoración de los semidioses del calendario cívico. Se eliminaron los púlpitos y se erigieron en cambio los montículos seculares para la veneración de los “héroes de la patria”. Nace de esa forma la visión historicista soportada en los mitos y en la mentira ideológica, en la que se resistió caer don J. Jesús González Ortega.

Tal vez por eso, único en su tiempo, González Ortega -con energía, valentía y dignidad- se opuso a las pretensiones de Benito Juárez, de perpetuarse en la eternidad del poder público, apartado de ese camino sólo por la muerte.

González Ortega -paradigma irrepetible- bajó del pedestal de semidiós cívico en que se encontraba Benito Juárez y lo trató como simple mortal, con defectos y virtudes. Le cuestionó al “Benemérito de las Américas” su poco respeto a la legalidad cuando impidió y obstaculizó al “Héroe de Calpulalpan” su arribo a la Presidencia de la República, cuando en realidad le correspondía por derecho al caudillo zacatecano.

Un hombre de honor y dignidad, el general Jesús González Ortega abrió la línea del razonamiento crítico de la historia, para impedir que México transitara del influyente periodo del oscurantismo religioso al mito de los semidioses cívicos, recreados a partir de la manipulación ideológica y de la exaltación de los “Héroes de la Patria”. Entonces cayeron simbólicamente los altares de la teología, pero se levantaron luego por todo el territorio los nichos dogmáticos para profesar honores a los llamados próceres de la Nación, muchos de ellos indignos y falsos.

Por sus aportaciones a la historia y a la construcción del país, Juárez es, indiscutiblemente, el otro paradigma excepcional. Sin embargo, González Ortega nos ubica en la realidad, y lo dibujó como hombre de carne y hueso. Con virtudes y defectos. No más, pero no menos.

Los cercanos seguidores de Juárez fueron ingratamente lapidarios en contra de la figura de González Ortega y procuraron imponerle el calificativo de “traidor” y “apátrida”. Al final, por fortuna, no lo consiguieron.

Los detractores de Juárez le recuerdan hoy en día cómo en un insolente acto de poco patriotismo, para obtener recursos económicos, pretendió pactar con los Estados Unidos de Norteamérica, a través del Tratado McLane-Ocampo (1859), la entrega del control geográfico del Itsmo de Tehuantepec, para que por ahí pasasen las fuerzas militares del vecino país del norte. Se desplazó, igualmente, por los linderos de la traición.

O los otros, que han denunciado la abierta intromisión de los integrantes de la logia norteamericana de Nuevo Orleáns para asesorar a la generación de liberales encabezados por Juárez en el diseño de la Constitución mexicana de 1857 y de las Leyes de Reforma (1859-1860).

Más allá de maniqueísmos historicistas, Las Leyes de Reforma, representan un hito fundacional de las estructuras jurídicas del Estado mexicano, que hoy soportan conquistas excepcionales de la sociedad, como la libertad de cultos, la educación laica y la separación Iglesia/Estado.

Las Leyes de Reforma:

Hace 150 años, al trasladar Juárez su gobierno al puerto de Veracruz, presionado por las circunstancias, en 1859, determina promulgar las siguientes normas jurídicas: 1).-Ley de Nacionalización de los Bienes del Clero; 2).-Ley del Matrimonio civil; 3).-Ley de Libertad de Cultos; Ley del Registro Civil; 4).-Ley de Exclaustración de Monjas y Frailes, y 5).-Ley de separación Iglesia/Estado.

En el siglo XIX el gran movimiento de Reforma se integra y se pueden distinguir cuatro etapas: a).-La Reforma de Valentín Gómez Farías, en 1833; b).-La segunda reforma conformada por las Leyes Lerdo, Juárez e Iglesias; c).-La promulgación de la Constitución de 1857; y d).-Las leyes de reforma o de guerra, consideradas de contenido radical (1859-1860).

El contexto actual de la libertad de cultos
Luego de que han transcurrido 150 años de la promulgación de las Leyes de Reforma, en la actualidad existen en el país más de seis mil 280 asociaciones religiosas diversas con el registro oficial ante la Secretaría de Gobernación.

Son tres las asociaciones religiosas hegemónicas en el país: 1).- católica; 2).- evangélica-pentecostés, y 3).- bautista.

Del total de asociaciones religiosas con registro y reconocimiento oficial, más de tres mil de ellas son católicas; evangélicas/pentecostés, mil 563; y mil 559 evangélicas. El resto de las agrupaciones son minoritarias.

Hoy en día, después de siglo y medio de historia, desde una perspectiva racionalmente crítica es pertinente analizar la trascendencia que para el país ha tenido la conquista de la libertad de cultos, el laicismo y la separación Iglesia/Estado.

Lo que debemos preguntarnos, por otra parte, también, es qué tanto han evolucionado los representantes del pensamiento liberal mexicano y no se han quedado sólo atados en la obsolescencia y en la corrupción del manejo del poder público, encarnando a los jacobinos de la época terciaria, como les llamara con precisión semántica Ramón López Velarde.

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