Cuestión de fe

La curia francesa anda desgarrándose las vestiduras y clamando a los cielos después de haber descubierto que una pequeña empresa local comercializa toda una línea de cosméticos elaborados a base de agua de Lourdes y que se promocionaba con «propiedades que tienen el poder de ayudar a apaciguar tanto el alma como el cuerpo». Sin paños calientes que valgan, los responsables del santuario han advertido muy seriamente que la explotación comercial del agua milagrosa está «estrictamente prohibida y que es contraria a la fe católica», algo a todas luces novedoso, porque hasta el momento los mercaderes del templo, muchos de ellos con sotana, no han hecho más que explotar la lotería mariana a cambio de sustanciosos ingresos económicos en un algo así como, oiga, pásese usted por aquí con su limosna, que lo mismo le toca el milagro en el próximo sorteo paranormal.

Esta empresa debería haber sabido que con las cosas del poder no se juega, que meterse en mercados ajenos es intrusismo profesional y que en cuestiones de fe el copyrigth lo tiene la Santa Madre Iglesia. Que si por algo es la institución más longeva del planeta lo es porque sus jerarcas comprendieron hace tiempo que, entre otras cosas, la fe más que montañas mueve el dinero, y que es este el que realmente hace girar el mundo.

Lástima que esos cosméticos no sean milagrosos, porque podría repartirse un poco de crema facial para aplicársela, un suponer, al bueno de Ares, para apaciguar esa alma atormentada que se niega ahora a sentarse en Aiete porque «no hay razones ni justificaciones» para ello. Habrá que rezar para ver si alguien inventa, con agua de Lourdes o sin ella, un ungüento para la mala fe.

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