Cuando las palabras gritan

Defenderemos un Estado fuerte, laico y republicano”. Así se estrenó el domingo 16 de enero Marine Le Pen como nueva presidenta del partido de extrema derecha francés (Frente Nacional), y con estas palabras se propone modernizar el discurso xenófobo y tradicionalista que ha encarnado su padre desde que fundara el partido en 1972. El otro candidato que aspiraba a la sucesión, Bruno Gollnish, defendía el discurso clásico de la extrema derecha: la defensa de los valores católicos y tradicionales, la nación como referencia mítica y protectora y el extranjero como amenaza. La entronización de Marine Le Pen supone, por lo tanto, un ejercicio discursivo mediante el cual la extrema derecha francesa asume el vocabulario propio de la contienda política republicana. Es mucho más difícil aislar a un partido que reivindica un Estado fuerte que a uno que reivindica la nacionalidad como criterio discriminatorio. Es mucho más difícil boicotear a un partido que defiende el laicismo que a uno que se opone a la religión musulmana. Y cuesta mucho más denunciar la xenofobia de un partido que reclama el respeto a las leyes de la república que a uno para quien sólo los hijos de la madre patria pueden acceder a los derechos republicanos.
De este modo, Marine Le Pen nos sitúa frente al problema central de las democracias occidentales: algo ocurre en nuestra vida política cuando la extrema derecha acepta las reglas discursivas que le impone la democracia. El discurso político moderno se inició con las revoluciones burguesas del siglo XIX y, probablemente, se terminó con la revolución cultural de mayo del 68. Desde entonces la llamada posmodernidad ha ido vaciando de sentido las ideologías y este vacío es, precisamente, lo que espera aprovechar Marine Le Pen.

Sabemos desde hace algún tiempo que las palabras no tienen valor por sí mismas: una palabra en un diccionario, sin ser enunciada, no tiene existencia, no tiene sentido y carece de capacidad para ejercer poder. Quizás tenga su propia vida: una forma de estado vegetativo alimentado por la tinta impresa, el espesor del papel y el contacto aleatorio de unos dedos pasando páginas. Pero las palabras no hablan. Hablamos los hombres. El programa de la ilustración que vio nacer la Francia republicana tenía mucho que ver con ello: el ideal ilustrado de emancipación supone que cada individuo pueda, mediante el uso del lenguaje, llegar a pensar por sí mismo. De ahí que ser ciudadano signifique, desde la revolución francesa, ser capaz de hacer uso de estas palabras mudas cuyo sentido depende tanto de quien las enuncia como de quien las escucha, porque es mediante este diálogo que le damos al mundo un sentido racional, fruto de la observación, del intercambio, de los deseos, las aspiraciones y los fracasos; fruto de todo aquello que se distingue de la doctrina y nos libera de sus dictados para darnos un poder efectivo sobre nuestro destino: el poder de la razón.

Por eso, cuando la extrema derecha adopta el vocabulario político de la democracia no sólo lanza un desafío a los demás partidos políticos en términos de comunicación y de contienda política, sino que está señalando el vacío de poder del que sufren los discursos actuales: el vacío de la razón. Así es como la presidenta de un partido de extrema derecha es capaz de defender el cierre de las fronteras, la lucha contra los inmigrantes, la desaparición del sindicalismo libre o el proteccionismo nacional con tres palabras fundadoras de la democracia francesa: “Estado”, “República” y “laicismo”. Un Estado fuerte frente a una globalización acusada de propagar todos los males económicos y sociales del país; el laicismo frente a la religiosidad del mundo musulmán y la República como identificación histórica frente a las referencias culturales que vienen del exterior. El poder de las palabras, es decir, el ejercicio de la razón colectiva, queda sumergido la fuerza de las emociones. Puesto que el Estado, la República y el laicismo han perdido como instituciones buena parte del poder que la modernidad les había conferido, la contienda política se convierte en una lucha por atribuirles un poder nuevo y esta es la lucha del populismo: conseguir que “Estado” signifique proteccionismo en vez de responsabilidad colectiva, conseguir que “República” signifique tradición y protección en vez de cosmopolitismo y libertad, conseguir que laicismo signifique catolicismo en vez de emancipación.
Frente a ello, ¿cómo defender el sentido de la palabra Estado cuando se desmantela el Estado? ¿Cómo defender el sentido de la palabra República cuando nuestra libertad depende de los vaivenes de los mercados financieros? Y ¿cómo defender el laicismo cuando las instituciones católicas intervienen moralmente en el debate público de muchos países europeos?

Se puede objetar que “Estado”, “República” o “laicismo” son palabras pasadas de moda, agotadas y desgastadas. Sería la lectura optimista de quien quisiera ver en el discurso de Marine Le Pen el arcaísmo reaccionario de sus ideas. La modernidad ya venció, pasemos a otra cosa. ¿Y por qué no? Esta sea tal vez la opción más valiente. Sin embargo: ¿se puede pensar que Dominique Strauss-Khan, director del FMI y candidato potencial del Partido Socialista francés a las elecciones presidenciales de 2012 en Francia, lo vaya a hacer? ¿Es creíble en España un candidato socialista capaz de proponerlo? Indígnense es el título de un panfleto escrito por Stéphane Hessel, ilustre resistente francés, del que ya se han vendido más de un millón de ejemplares: las palabras gritan pero ya no sabemos hacer que hablen.

Toni Ramoneda es Doctor en Ciencias de la Comunicación

Ilustración de Javier Olivares

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