Cuando la Unión Europea está en plena discusión sobre su futura Constitución

Es siempre fascinante notar el punto en el que nos encontramos en la construcción europea, que debería incluir al principio como una dinámica, rodeada por empujes nostálgicos o reacciones teológicas, la interpretación del sentido profundo del término Unión. Más aún cuando ciertos representantes de las diferentes confesiones en el panorama europeo no pueden admitir una sociedad que deja la libertad a cada uno creer o no creer, en una relación personal con Dios o sin dioses, aumentando las figuras obligatorias de digestión difícil o de interpretación respetable pero limitada.

Si Francia afirmó el laicismo, sobre la mayor parte de su territorio y en condiciones de flexibilidad, otros Estados europeos escogieron caminos similares; el laicismo en Portugal, el libre examen para Bélgica, la separación entre iglesia y estado para Suecia, la abolición de la religión en los carnets de identidad en Grecia, etc. La mayor parte de la Iglesia Católica es además “sumamente laica” en países de Europa donde ellos son la minoría… ¿Es este el sentido al que apunta la demanda a la integración de la Cristiandad o Dios sin precisión, en su introducción en la futura Constitución de Europa?

Cuando las democracias de talante cristiano permitieron la creación de lo que será la Unión, nadie consideró indispensable conservar esta opción, en nombre del común iban a reconstruir el Viejo Continente, todavía magullado por tantas guerras civiles o entre Imperios. Parece así paradójico, como el gobierno Británico sugiere crear ceremonias alternativas civiles a las opciones religiosas, cuando el debate europeo se desarrolla desde la regresión.

Nadie seriamente puede dudar la importancia histórica del lugar de los católicos en Europa. Ni de los protestantes, judíos, ortodoxos, musulmanes y humanistas. Todas estas herencias permanecen en Europa y más allá de su territorio, y deberían afirmar una identidad que exceda la suma de sus componentes. Los recientes conflictos en Europa son todavía guerras religiosas. En Irlanda, en la antigua Yugoslavia, en nuestras puertas en el Mar Mediterráneo, en el espacio Turco, Los índices, prohibiciones, infracciones de derechos de pensar libremente son numerosos. ¿Desde esta realidad sería necesario imponer a Dios a estos europeos víctimas de carnicerías y pogroms modernos? ¿Realmente es necesario impedir un proceso el cual permita respetar su religión, cambiarla, abandonarla o no sin ser obligado a pertenecer a alguien? ¿Deben los ciudadanos sin sus opciones, hombres y mujeres, volver a cajas etiquetadas en nombre de “un suplemento de alma”?

No debe haber ningún tipo de cuestión para imponer creencias, todo debe ser argumentos a usar en la construcción de la Europa libre. No hay pregunta para dar un paso suplementario hacia el reconocimiento de las diferencias ni una pregunta de porción en la realización de una Unión necesaria. Debemos eludir las propuestas que tienen por objetivo simplemente el debilitamiento, reducir, la división, recrear las condiciones de turbaciones y de conflictos pasados. Con esto reforzaríamos a la mayor parte extremista y fundamentalista en una identidad cerrada, que obligaría a la vida en la reproducción de la forma de existencia de sus antepasados, desesperados de evolución o el cambio. La clonación religiosa no es más aceptable que la manipulación genética. La Constitución Europea debe proclamar la libertad de opción.

Los masones hemos admitido en nuestras filas durante mucho tiempo a ciudadanos libres, religiosos e incrédulos, en nombre de la Libertad de Conciencia. Por ello nos posicionamos frente al intento de presencia de las creencias religiosas tradicionales en la carta Magna Europea. El respeto debido a la Libertad de Conciencia no puede hacerse desde la coacción. Creemos más en la emancipación de los conocimientos y las personas que en la seguridad de las almas, pero no impedimos a nadie buscar la comodidad de un apoyo útil después de la vida. Nuestras promesas son hechos para la ventaja del vivo. El resto no nos concierne nada.

Las Iglesias son el lugar para convencer en la esfera privada de la corrección de su doctrina. Debería ser función de la Constitución Europea garantizar el ejercicio libre de los cultos para los que se refieren a ello y proteger el espacio de libertad de estos y de los que escogen otras rutas. Europa no está construyéndose para proteger cuotas de mercado en favor de creencias. Exactamente debería constituirse como el espacio natural de coexistencia voluntaria, en el respeto para las construcciones nacionales, para europeos realmente libres. Entendemos la preocupación de las estructuras y las jerarquías eclesiásticas que intentan preservar a sus fieles, pero consideramos sería un éxito extraordinario que las Iglesias, en este momento exacto de nuestra historia, que ellas fueran las abanderadas la tolerancia en el contexto europeo. Lo contrario resucitaría conflictos internos inútiles y peligrosos.

Para nosotros la defensa de la Libertad absoluta de Conciencia no es una propuesta, es el posicionamiento firme de aseverar que la condición indispensable para el éxito de la construcción europea pasa por una Constitución sin dogmas, en nombre de una voluntad y de una convicción reafirmada; en la capacidad de los pueblos y sus gentes para escoger sin coacciones.

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