Cuando el partido de fútbol sustituyó a la misa del domingo en Madrid

Durante los años 20 y 30 la sociedad madrileña convivió entre tensiones políticas, pero también demostró ser una sociedad "moderna y vital" que "disfrutó, salió y se lo pasó de muerte" en el fútbol, en los toros, en el cine o en los cafés.

Así lo afirma el autor del libro "Fútbol, cine y democracia. Ocio de masas en Madrid. 1923-1936", el historiador José María Báez y Pérez de Tudela, que ha desempolvado una parte de la Historia de Madrid que ha quedado eclipsada por la Guerra Civil.
"No podemos contar la Historia desde la perspectiva de lo que pasó después. Hay que contar lo que hacía la gente, que incorporó una forma de vida muy avanzada, un ocio laico y liberalizador", ha dicho Báez en declaraciones a Efe.
Y es que, en esos años, la sociedad madrileña impulsó una "revolución silenciosa", un cambio sociológico y de mentalidades que incorporó nuevos modos de vida importados de Estados Unidos y en el que las nuevas formas de ocio, como el deporte o el cine, tomaron las calles de la capital.
Esta renovada sociedad dejó de lado la religión en los momentos de ocio: "en el Antiguo Régimen estaba marcado por los acontecimientos religiosos y en esos años se volvió más laico. El ritual de la misa del domingo se sustituyó por el ritual del partido de fútbol", ha indicado Báez.
Los nuevos dioses se encarnaron en las figuras de futbolistas, artistas o toreros, personas jóvenes que representaban un modelo a imitar y que configuraron todo un 'starsystem' para los madrileños.
El primer ídolo futbolístico fue el portero Ricardo Zamora -que llegó a cobrar 25.000 pesetas mensuales-, uno de los grandes fichajes del Real Madrid cuando el fútbol se profesionalizó y se configuró como un negocio que debía generar ingresos a través de la importación -desde Inglaterra- de la competición liguera.
El fútbol permitió "la identificación entre el equipo y los ciudadanos" y la "comunicación entre distintos grupos sociales", es decir, actuó como un "elemento democratizador" que creó "puntos de encuentro" entre gentes de distintas edades o clases, según Báez.
El deporte rey no era solo cosa de hombres, pues las mujeres les acompañaban a los partidos; al cine, en cambio, podían ir solas o con sus amigas: "esta revolución incorporó a la mujer a la vida pública a través del trabajo y de la independencia económica".
Las grandes salas madrileñas -el Monumental Cinema tenía 4.000 asientos- proyectaron, sobre todo, películas norteamericanas (triunfaba Charles Chaplin), españolas, alemanas y francesas.
Pese al dominio de Hollywood -en 1931, 260 de 500 películas estrenadas fueron estadounidenses-, "hubo una industria importante de cine español que compitió por el mercado", ha señalado Báez.
"La llegada del cine sonoro en 1929 fue una oportunidad, pero había miedo a invertir por parte de los empresarios en un contexto de crisis económica", ha añadido.
La popularidad del cine y el teatro se reflejaba en los "grandes atascos en Gran Vía y Sol" cuando acababan las sesiones: "Madrid se iba llenando de coches y Sol, por donde pasaban todos los tranvías, era un embudo", ha explicado el autor.
La llegada del metro en 1919 supuso un alivio para el tráfico de superficie y una manera de ganar tiempo para los usuarios, pues, según Báez, "de tardar en tranvía 45 minutos de Cuatro Caminos a Sol, se pasó a tardar diez".

La "revolución silenciosa" que vivieron los madrileños y los europeos "no pudo culminar" por las contiendas que siguieron y tras las cuales se establecieron nuevos modos de vida "más conservadores", ha apuntado Báez.

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