Cual banquero anarquista: ¡solo!

Así, “aislado”, pensando “que cada uno tiene que crear libertad y combatir las ficciones sociales con sus propias fuerzas”, como el memorable personaje de Fernando Pessoa, me encuentro después de finalizada la llamada Semana Santa que, un año más, se ha celebrado en esta España -en este León- cada día menos católica, pero no más laica.

Nadie se me escandalice por la afirmación. Nada tiene de ataque, es simple constatación. Pues según parece, si en 2009 los españoles que se declaraban católicos era el 80%, en la actualidad sólo el 73,9% se define como tal. Y esto, referido a los que se podría llamar católicos “de boquilla” (vamos, como en tantos otras cosas del vivir), ya que practicantes con arreglo a los católicos cánones serían aún menos: toda vez que sólo el 12,1% de ese porcentaje acude a misa los días del señor y sus fiestas de guardar como manda (es su primer mandamiento) la católica iglesia, su santa madre, y sólo el 36% de los 168.835 matrimonios celebrados en 2012 lo fueron sacramentalmente, siendo el 61% únicamente por lo civil. 

Mas no es este, como se puede suponer, el motivo de mi aislada soledad. Viene este sentimiento de ver cómo, aquellos que en muchos aspectos considero más cercanos al uso de la razón como guía de los individuales y colectivos actos, se me van por los mismos caminos, las mismas ficciones que, a veces, critican con más acidez que yo mismo –bastante conciliador en estos asuntos de las propias y privadas creencias y su pública manifestación-.  

… 

Qué quieren. Bien se sabe que para mí, defensor del libre albedrío, aquí “no sobra nadie. Cabemos todos… hasta yo”, pero eso no obsta para que me cueste entender, mejor, para que no entienda que personas que yo, en algunos casos, sé y, en otros, supongo de general buen criterio cívico se me apunten a la cosa cofrade, procesional y hasta apostólica por lo pagano, que no por lo laico más que lo quieran llevar.

Y digo “pagano” y “quieran” porque para calificarlo de laico, como independiente de cualquier organización o confesión religiosa, que sería como a algunos le gustaría, ya tendría yo que acudir a una concepción religiosa del término (que no tiene órdenes religiosas) incompatible con la cofradía a la que me refiero (la de su “padre” Genarín) cuya presentación en la red está llena de referencias –tan sólo culturales imagino- a la terminología católica, pues a lo largo de las 195 palabras que en ésta se usan, once, citan la Semana Santa con o sin calificativo de leonesa; ocho en el propio nombre de la cofradía; dos, los Jueves Santos, así con mayúscula, para referirse al jueves de la cena (DRAE); una es procesión (“de borrachos que celebran al orujo”…, afirman ellos mismos en su página web) y otra, el también mayúsculo Santo Pellejero.

Pero lo incomprensible para mí es que, además de mostrar nula originalidad –no quiero pensar que sea costumbrismo ni provocación- en el uso del lenguaje –cofradía, padre, apóstoles, santos, etc.-, cae, para mí insisto, en algo más irracional aún como podría ser, no creo que lo sea, la idolatría a un personaje –rescatado por la literatura (Julio Llamazares, Ediciones Endymion 1984)- y tras el cual, de año en año, y de forma inexplicable incluso para algunos de ellos dada su ardiente devoción, una creciente multitud se cree -no lo es-, por unas horas, perteneciente a la bohemia tal que él, Genaro Blanco, que lo era aunque quizá sin conciencia de ello, pues ¿desde cuándo la bohemia es multitudinaria, o la masa es bohemia?

Pero con todo –allá cada cual con el uso de sus tiempos y cuerpos- lo que como vecino me causa repulsión son esos incívicos cinco mil quilos de basura (cuarto quilo por cabeza asistente) que quedaron a su paso, ignoro si a lo largo de todo el recorrido o tan sólo en la numantina y esta vez abandonada Plaza del Grano.

De poco, en verdad, parecen haber servido las higiénicas enseñanzas del pasado romano, o ya más internacionales y tolerantes las que se pudieran aprender de las que durante los siglos XV y XVI, e inspiradas en los códices musulmanes, inspiraban las reglas de policía urbana compatibles con las costumbres de la época; o las que a principios del siglo XIX, y como consecuencia de la ocupación francesa y las profundas transformaciones sociopolíticas habidas en la patria, facilitaron la entrada a una corriente higienista que fomentó la mejora de los procedimientos de limpieza urbana. Mas parece que todas estas cosas –como los conceptos ciudadano y ciudadanía, de ilustración y urbanidad ya ni hablamos- están bien para la vanagloria histórica y la liberal autoproclamación, que otra cosa es dar trigo cotidiano en la urbe.

En fin, que por lo católico y por lo pagano lo que se trata, mayormente, es de, en honor a la idolatrada economía y el interés turístico internacional mercadear con todo y, de paso, ordeñar, o intentarlo, la vaca pública que para eso es del común. ¡Que vivan los leones y sus santas y paganas procesiones!

Ustedes y yo a pagar el Impuesto de circulación que todos estos van de gratis total, cuando no escoltados por motoristas de la guardia civil y de la policía municipal, mientras remolcan sus cosas con vehículos de varios organismos públicos. Será para salvarse, porque dudo que sea para salvarnos.

No faltará el día en que invocando ancestral tradición algunos se suban de nuevo a monear en los árboles y haya también que subvencionarles la ocurrencia.

¡Ay don Pessoa, ay mi banquero anarquista!, ¡qué solos estamos!

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