Crónica comentario del I Concilio Ateo de Toledo

Escribo con el propósito de hacer unas cuantas reflexiones, quizás a modo de crónica resumen, sobre el I Concilio Ateo, celebrado el pasado diciembre en Toledo. Asistí al mismo ya que considero que este tipo de iniciativas son necesarias.

Dado que el Concilio ha sido una iniciativa valiente, con muchas dificultades y, como dice el refrán, "no rompe platos quien no friega", he obviado voluntariamente en todo el proceso los fallos y posibles críticas, que los hay, para así resaltar las aportaciones o logros, porque creo que así se anima o apoya en el avance del pensamiento secular y el conocimiento de la realidad social, que ya tienen de por sí bastantes dificultades para avanzar.

Por eso paso a exponer lo que para mí, como persona y como sociólogo, me ha aportado dicho Concilio y encuentro, esperando que con ello también contribuya con mi granito de arena a reforzar e impulsar este tipo de movimientos sociales y, sobre todo, que sirvan para ir dejando atrás las religiones, poniéndolas en su sitio, que no es otro que en el pasado.

Así, empezando por mi colega sociólogo, Víctor Alarcón, quiero destacar algo tan simple como su ejemplo de la "silla verde". Me estoy refiriendo a las formas de conocer o acercarse a la realidad como son, según puso de manifiesto, mostrarla o demostrarla. Dado en el foro en que estábamos, a mi se me ocurrió que otra forma muy popular de interpretar la realidad es, por desgracia, a través de creencias y, peor aún, mitos, etc.. Es decir, además de lo que podemos ver o comprobar por nosotros mismos, también se puede creer, fiarse. De ahí la palabra "fe", que no viene a ser otra cosa para mí que fiarse (de algo, de alguien, de la tradición, de los poderes fácticos, en definitiva, de lo que te dicen). En este sentido, y creo que aquí está el quid de la cuestión, el hombre delega y fía muchos aspectos de su vida, demasiados. De forma especial los ontológicos o relacionados con el existencia del propio ser. Ese es el capital que manejan las instituciones religiosas, lo mismo que los bancos el dinero, las escuelas la educación, la policía la seguridad o los tribunales la justicia. En ellos deposita la gente su "fe", sea en su caso para las cuentas económicas personales, como en el otro para los asuntos mal llamados espirituales y/o morales. Este acto de fe viene a ser, desde mi punto de vista, esencialmente una delegación de funciones, por no decir en el caso que nos ocupa, el religioso, una dejación de las mismas en manos de unas instituciones que han capitalizado hasta la saciedad y usurería ese activo humano. Cuestiones como la muerte, las preguntas sobre quiénes somos, de dónde venimos o a dónde vamos suelen intranquilizar al ser humano cuando se las plantea, y resulta más cómodo delegarlas en las religiones, que son las que se encargan de dar cumplida respuesta a todas estas cuestiones, engorrosas y que requieren búsqueda de conocimiento y reflexiones profundas. Esta dejación de funciones personales sobre nuestra existencia es lo que debe pararse cuanto antes, cual hemorragia social de la que se nutren todas estas instituciones impostoras, sucedáneas de la realidad y la verdad. Lo mismo que no delegamos en nadie cuando comemos, nos divertimos o descansamos, tampoco debería ocurrir que el individuo delegase otras tareas más complicadas, como pensar, creer, conocer o reflexionar. De ello se aprovechan los movimientos religiosos. Esa es su fuente de alimentación, su combustible. En el momento que cualquier individuo comprenda, primero y como ya han demostrado a lo largo de los siglos, que no son de fiarse, como para depositar en estas instituciones confianza alguna sobre algo tan importante como nuestra existencia. Y, segundo, que las cuestiones sobre dicha existencia no pueden ni deben delegarse, sino vivirlas cada uno como propias, irrepetibles y auténticas. De esta forma SÍ vivirá su vida y NUNCA MÁIS su vida será vivida en base o en función de lo que le digan otros.

Otra de las grandes aportaciones que me ha proporcionado este Concilio es el arma intelectual o la pérdida de tapujos que me supuso escuchar en el mismo que las ideas deben defenderse sin esos resquemores ni falsos puritanismos tan típicos de nuestra cultura cristiana. Me estoy refiriendo al hecho de que, muchas veces, al menos en mi caso, no hemos sabido defender nuestros principios, ideas o perspectivas debido al viejo complejo de identificar defensa con violencia o ataque verbal, respeto con ofensa, etc. Estoy de acuerdo con lo que allí se dijo al respecto que en el debate dialéctico se puede ir a derribo, que no nos estamos cargando a alguien, confundiéndolo con la violencia física. Creo conveniente recalcarlo para tomarlo en su justa medida, como arma dialéctica, de defensa y ataque, Es decir, estamos mentalmente armados, en el buen sentido de la palabra, por lo que debemos emplear esas armas intelectuales, de la comprensión y el conocimiento, para derribar las perspectivas, ideologías y demás aspectos de ciertos sectores sociales que basan su existencia, de manera execrable, en la manipulación sistemática y distorsión de la realidad social. Por lo tanto, en este sentido figurado, del Concilio saqué algo así como cierta "licencia" para acabar con estas formas de extorsión social desde el terreno o campo de lucha dialéctico, sin contemplaciones ni miramientos o tapujos.

Por último, quisiera también destacar la claridad de ideas de Puente Ojea en relación al laicismo, como movimiento activo, como lucha, como ejército diría yo. No soy muy partidario de ir en contra de nada, sino de que cada causa ande su propio camino. Pero también tengo que reconocer que, como dijo Karl Mannheim en su día, las ideologías (entendidas éstas como pensamientos o perspectivas sociales) se definen casi siempre en relación o contraposición unas de otras. En este sentido, creo que está perfectamente legitimado el movimiento social que Ojea invoca.

Esperando haber contribuido en algo a todas estas nobles causas, para lo cual confío (tengo fe) en que este escrito tendrá la correspondiente difusión, termino haciendo un llamamiento general para que la religión pase a ser cuanto antes cosa del pasado.

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