Cristianos de base de Cádiz piden menos medallas y más trabajar por la justicia

Hay quienes todavía piensan que la Iglesia debería imponer sus normas morales a la vida, incluso por medio de la coacción de las leyes civiles, como regla de comportamiento y convivencia para todos los ciudadanos. Tales pretensiones no están de acuerdo con las enseñanzas actuales de la Iglesia acerca de la libertad religiosa y de sus relaciones con la sociedad secular, tal como ha sido reiterado por el magisterio pontificio, por el Concilio Vaticano II y expresado últimamente por el Papa Francisco.

Como ejemplo de esto basta consultar, por ejemplo, en Gaudium Spes del Concilio Vaticano II que establece que “la comunidad política y la Iglesia son, en sus propios campos, independientes y autónomos la una respecto de la otra”. En este sentido, el Papa Juan Pablo II en su encíclica Centéssimus annus (47) asegura que “La Iglesia respeta la legítima autonomía del orden democrático; pero no posee título alguno para expresar preferencias por una u otra solución institucional o Constitucional”. Y el Papa recientemente insistió en que “un Estado debe ser laico: Los confesionales terminan mal. Va contra la historia”.

En la nota 126 del capítulo 7 del último concilio ecuménico que se ha celebrado se establece a su vez cuál ha de ser la actitud católica respecto de las imágenes. En concreto, dice el Vaticano II: “Manténgase firmemente la práctica de exponer imágenes sagradas a la veneración de los fieles; con todo, que sean pocas en número y guarden entre ellas el debido orden, a fin de que no causen extrañeza al pueblo cristiano ni favorezca una devoción más ortodoxa”.

A pesar del pensamiento de la Iglesia y de las aseveraciones del Pontífice Francisco, algunas formaciones políticas gaditanas se obstinan en introducir la doctrina y comportamiento religioso en la vida pública, llegando incluso a utilizarlo sibilinamente como un arma arrojadiza contra aquellos “herejes” políticos que defienden una justa laicidad, una sana independencia y una necesaria libertad religiosa, tal y como pregona la propia Iglesia. Esta mezcolanza perjudica a la política y a la fe cristiana. Y sólo favorece a los interesados políticos que quieren aprovecharse de ella.

Es curioso observar cómo determinados políticos, sin convicciones cristianas algunas, emplean un importante tiempo en acudir a todos y cada uno de los actos religiosos que se celebran en la ciudad, incluso sintiéndose protagonistas en algunos de ellos, como vergonzosamente ocurrió en el Corpus Christi del pasado año. Son estos mismos los que utilizan el hecho religioso como una oportunidad de aumentar su “simpatía” con determinado sector de votantes y conseguir, al mismo tiempo, el descrédito de los que apuestan por una higiénica laicidad.

Todos sabemos que fue el emperador Constantino, al legalizar el cristianismo en el siglo IV, y declararlo como religión oficial del Imperio, quien apagó el hervor de fraternidad, igualdad y libertad que distinguían a las primeras comunidades cristianas, predominando desde entonces la religiosidad por encima de la vida cristiana.

La excesiva exposición de imágenes por la vía pública, como estamos viviendo últimamente, en nada favorecen la estimulación a una verdadera vida de fe cristiana, si confunden al cristiano, como manifiesta el Vaticano II, e inundan los sentimientos de libertad y rabia de los ciudadanos agnósticos y laicos. Hasta el sano sentimiento del pueblo andaluz, expresado en la tradición de su Semana Santa, se está banalizando cada vez más, de tanto sacar los titulares a la calle sea cual sea el motivo.

También nos parece que la concesión de dos medallas, casi consecutivas, una a la Virgen del Rosario y otra al sacerdote que la custodia, más responde a una interesada estrategia política del partido que las propone que a un acto de reconocimiento en sí. Lo cual evidencia su falta de escrúpulos cristianos y ciudadanos.

En estos momentos de inhumanidad que vivimos, hace falta menos piedad y más vida cristiana, plena de valores evangélicos. Al fin y al cabo, tal y como dice Mateo en el Juicio de las Naciones, la vida nos juzgará porque dimos de comer al hambriento, de beber al sediento, acogimos al forastero, vestimos al desnudo, sanamos o visitamos al enfermo y al que estaba en la cárcel… Ese sí que era el verdadero Sueño de Jesús el Nazareno: la fraternidad e igualdad entre todas las personas y la solidaridad con los que más sufren.

Así que, señores concejales, menos medallas, menos religiosidad barata, menos enfrentamientos y crispaciones plenarias y extra plenarias, menos entorpecer las labores gubernamentales, porque cada frenada repercute negativamente en la ciudadanía, y más colaborar y arremangarse los brazos para sacar a Cádiz de los muchos problemas que sufre la gente. Pedimos a las fuerzas del pleno que, por favor, paren este sinsentido. ¡Qué importa el que gobierne, lo que importa son las personas! Es lo que haría el Nazareno hoy; luchar contra el desempleo, contra los desahucios, dar un techo a las personas que viven en la calle, atender a los mayores sin recursos, a los enfermos cada vez más desasistidos, acoger a los refugiados, a los emigrantes…

Así es como se demuestra el verdadero Amor, y no en el metal de una medalla, y menos si esta va cargada de espurios intereses.

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