Crimen y religión política en Israel

Le ha faltado tiempo al primer ministro israelí B. Netanyahu, tras la execrable e inexcusable matanza de los cinco miembros de una familia de colonos en Itamar –un asentamiento de judíos ultra-ortodoxos cercano a Nablús, en Cisjordania-, para hacer deshonor a su cargo e instrumentalizar políticamente el crimen. Menos tiempo aún ha faltado a los correligionarios de la familia asesinada para hacer honor a sus instintos e instrumentalizarlo a su manera, esto es, atizando de nuevo el fuego de su consabido magma ideológico que liga, en mezcla indiferenciada, religión y política.
        
Convengamos que degollar a unos padres y a sus tres hijos es una acción que extirpa todo rastro de humanidad del alma de sus autores, o, por decirlo con palabras de un periodista palestino citado por The Guardian, es propia sólo de “corazones muertos”. Pero la respuesta del ejército israelí efectuando detenciones arbitrarias, registrando casa por casa por la fuerza, decretando el toque de queda, ¿es la adecuada? Y la más airada de los colonos, lanzando pedradas contra los palestinos o contras sus casas, incendiando sus vehículos, arrancando los olivos, ¿está justificada? ¿Qué tipo de civilización imparte semejante justicia?
        
En medio del drama una voz se yergue en nombre de la cordura, tanto más autorizada cuanto que es la del hermano de la víctima: “Una persona nace para sí misma, para sus padres y hermanos, y muere para sí misma; no es ningún símbolo, ni ningún acontecimiento nacional, por lo que no debería permitirse convertir su muerte en instrumento de nada”. Pero qué puede una sola luz, por poderosa que sea, en un campo de tinieblas.
        
Y el duelo, en efecto, pronto deviene aquelarre. Las víctimas son ya “mártires” (siguiendo el procedimiento de la zona, especialmente entre sus verdugos, islamistas fanáticos de Gaza, el territorio palestino bajo control de Hamás) y su sacrificio no quedará impune. Por arte de birlibirloque, o sea, de milagro, como corresponde, los mecanizados reflejos de ambas partes, la política y la religiosa, se disparan en ejemplar sincronía: dos ministros del gobierno, ambos pertenecientes al Shas, el partido de la extrema derecha religiosa, coinciden en la dirección a seguir al señalar que “tenemos que fortalecer los asentamientos, y éste es el momento”, o que Israel “debería construir al menos mil viviendas nuevas por cada persona asesinada”; desde la Knesset, su presidente, les hace eco: “nuestra respuesta a los asesinos” es seguir viviendo, plantando y acumulando más tierra en la que seguir construyendo para Israel. Y por si se duda de que va en serio, Netanyahu ya había aprobado en la noche del sábado, es decir, ni siquiera un día después de la masacre, la construcción de quinientas nuevas viviendas en el mismo asentamiento. Y ésta es la filosofía que le inspira: “Ellos asesinaron y nosotros construiremos nuestro país”.
        
La reacción ultra sigue los mismos derroteros, pero hace aún más táctil la visión de la tierra prometida que espera al final del camino. Ya la transmutación de las víctimas en mártires les hace perder sus rasgos personales para convertirlos en símbolos de una causa. El abuelo paterno de los niños exterminados la saca a relucir durante el funeral con estas palabras: “¿Hasta cuándo guardareis silencio, hasta cuándo permaneceréis postrados?”. Ni siquiera en un momento así, cuando un dolor lancinante cerca la rabia y la desactiva transitoriamente, se es inmune al cinismo, máxime si se sabe que una de las primeras viviendas palestinas registradas por soldados israelíes fue la de los padres de dos niños asesinados de reciente por disparos de colonos mientras revolvían en la basura, vale decir, que se interpretaba la masacre de Itamar como el cumplimiento de una venganza. ¿Y qué decir de los  momentos previos al duelo, o de los tiempos previos al asesinato, marcados por continuos y violentos enfrentamientos entre ambos bandos, en los que a veces se hacía un sitio a la muerte?
        
A fin de ahorrar al lector repeticiones de ideas, salto directamente a la conclusión extraída por el principal rabino askenazí de Israel, Yona Metzger, y que en palabras de Nehemia Shtrasler es la siguiente: “no hay contraparte palestina para las conversaciones de paz, y la pequeña comunidad de Itamar debería convertirse en una gran ciudad israelí” (véase su artículo publicado en Haaretz el pasado día 15). Todo ello, que pasa evidentemente por la suspensión hasta la llegada del mesías de toda negociación por la paz, obedece a un único designio, al que la extrema derecha religiosa obedece como un títere y del que se ha hecho cómplice el propio gobierno: la resurrección del Israel bíblico, predicado aquí y allá sin ningún rubor ni medida, y del que la Guerra de los Seis Días dejó en su paladar un regusto de inextinguible nostalgia.
        
Dejo de lado la suma de delirios concentrada en tan mesiánico sofisma, y por el que lo menos que se despacha en divinidades, caso de existir, condenaría a sus agentes al infierno sin remisión a causa de su demencia, para insistir en el hecho bruto de la negación de la paz. Ésa es la otra cara de la luna del designio indicado. Con independencia de que se la quiera o no, no se cree en ella, es decir, que no se la quiere: ni los lunáticos religiosos ni sus acólitos gubernamentales la quieren. Y eso solo pone de relieve cómo el gasto de palabras, gestos y actos realizado en su nombre por el actual gobierno forma parte del ceremonial del engaño y la distracción al que juegan sus irresponsables miembros con quienes han puesto su confianza en la misma como objetivo y como principio de resolución del conflicto entre israelíes y palestinos.
        
La farsa de la paz, en efecto, constituye una burla de los esfuerzos de la Autoridad Palestina por contribuir a resolverlo, aunque aquí no todo es inocencia, faltaría más; de los palestinos que paulatinamente, en mayor número y con más fuerza, se pronuncian a favor de la paz; de la infinidad de israelíes que desde siempre han optado por ella, y que desde el fin de la Guerra mentada se adhirieron a la fórmula de intercambio de paz por territorios; de la comunidad internacional, que cifra en la paz el objetivo estratégico de su política de seguridad en la zona (y que debe extraer la lección de que la paz no puede dejarse al albur de los contendientes del conflicto, porque son sólo los más afectados, y ello por ahora, pero en absoluto los únicos afectados: y al ser mundial su repercusión, mundial debe ser su solución. Como se decía ya en el Código de Justiniano, Quod omnis tangit, omnibus tractari et approbari debet).
        
Y la paz como farsa, según se ha visto, anda también de por medio en el expansionismo religioso-político de la extrema derecha israelí y de sus adláteres gubernamentales, haciendo de chivo expiatorio en el que ocultarse fugazmente para de inmediato propulsarse. En todo caso, es de recibo felicitar a ambos actores por cuanto la fórmula, ¡aleluya!, ha sido descubierta y se revela totalmente eficaz: la construcción de quinientas nuevas viviendas, como indiqué, fue una resolución aprobada apenas veinticuatro horas después de la masacre.
 
A partir de ahora, en consecuencia, cada vez que las circunstancias fuercen a dictar una moratoria, como la caducada el pasado setiembre, ya se sabe cómo actuar: se puede facilitar una nueva venganza de la familia de cualquiera de los palestinos que mientras tanto hayan ido cayendo a manos de los ultra-ortodoxos; lo de después, ya lo conocemos. Naturalmente, si hay prisa pero no tiempo, también se puede sortear a quién se asesina vilmente entre los propios colonos, o cebarse con el pobre mortal al que le haya sobrevenido alguna duda en algún instante de debilidad (por ejemplo, que haya dudado de que los gentiles no estén hechos por Dios a su imagen y semejanza, contraviniendo la enseñanza de ciertos rabinos). Total, luego serán mártires del ideal de recuperar la tierra sagrada para el pueblo elegido, al cual todo debe ser sacrificado y en aras de cuya realización todo es lícito: desde justificar los medios para dicho fin hasta deshumanizar a los que estorban, pasando por violar las reglas del juego del país en el que se vive, o acomodarlas a su interés en detrimento del mayoritario; sin contar con que gozarán del privilegio de haber pasado más tiempo a la diestra de dios-padre. Y hasta cabe negociar con los fanáticos islamistas, convencidos de que con tal de marcarse un tanto no dudarán en reclamar la paternidad de la felonía; a fin de cuentas, son los hermanos de sangre y de fe de los colonos, y portadores del virus del odio hereditario como ellos, sólo que tienen el dios cambiado.
 
Netanyahu, al decretar la construcción de las quinientas viviendas, naturalmente no ha hecho alusión alguna al beneficio político inmediato deparado por la situación. Pero esa rentabilidad extraída a corre prisa de la conmoción provocada por el asesinato de la familia de colonos, si bien puede aunar coyunturalmente al país y reparar de soslayo las grietas de la zizzagueante coalición gubernamental, no servirá para tapar la gran grieta moral de la política israelí, que es la de atribuir una vez sí y otra también a los vándalos poder en el gobierno. Tal es el gran agujero negro de la democracia israelí, y permanente su amenaza de engullirla. Observando el rumbo que toman las cosas en la zona, y más ahora que la ONU ha decidido ser leal a sí misma y hacer la vida más difícil a los tiranos que oprimen a la ciudadanía, sería una más que lamentable consecuencia final del mismo que Israel acabara siendo el único país no democrático de la región. No es de paradojas, precisamente, de lo que anda falta la historia.

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