Creyentes y ateos

Creer, o no creer, es una cuestión absolutamente personal, libre, individual, íntima e intransferible. Unos creen porque la fe, o su credulidad, se lo permiten. Otros no creemos porque nuestra razón no lo procesa, porque no lo captamos ni lo echamos de menos.
 
ME llama por teléfono un buen amigo mío, viejo compañero de azarosos avatares, literarios y políticos, preguntándome, con cierta sorna, lo que opino sobre la campaña publicitaria, o propagandística, desplegada por un grupo organizado de ateos militantes proclamando la probabilidad de que Dios, supongo que se refieren al verdadero, no exista, y la conveniencia de pasarlo lo mejor posible en este mundo, que algunos consideran un valle de lágrimas. Lo cual significa, a mi entender, que los creyentes, por el mero hecho de serlo, no le sacan a la vida los placenteros zumos que solamente disfrutan los ateos. La verdad es que me parece de una simpleza pueril dar por sentado que los ateos nos divertimos lo más grande, mientras los creyentes las pasan moradas porque su Sumo Hacedor les complica la existencia. Por consiguiente, y de entrada, le digo a mi buen amigo y compañero que así, a simple vista, y sin meternos en mayores honduras metafísicas o escatológicas, la campaña publicitaria de los ateos, lo mismo que la réplica de sus antagonistas, los teófilos o creyentes, me parece una solemne tontería, por no decir estupidez, frívola y provocativa. Dicho sea con todos los respetos legales por lo que respecta a la libre disposición de unos y otros para que cada cual haga de su capa un sayo y se gaste los dineros en serpentinas o cohetes, a la medida de su gusto.
Salir a estas alturas con la conjetura especulativa de la existencia de Dios, cuando los científicos están a punto de reproducir empíricamente, en un laboratorio, el fenómeno físico que supuestamente determinó la génesis del Universo, me parece una manera de perder el tiempo tan simple como la de jugarse una partida de parchís con la familia, al calor del brasero, en la mesa de camilla.
Creer, o no creer, es una cuestión absolutamente personal, libre, individual, íntima e intransferible. Unos creen porque la fe, o su credulidad, se lo permiten. Otros no creemos porque nuestra razón no lo procesa, porque no lo captamos ni lo echamos de menos. Pero nadie es mejor o peor persona porque crea o deje de creer. Tampoco me parece que la felicidad, o lo que cada cual entienda por ser feliz, dependa de nuestras relaciones personales con los dioses disponibles en el mercado. Conozco creyentes absolutamente desgraciados, lo mismo que ateos visiblemente satisfechos. Y viceversa.
Desde que Cayo Petronio, escritor satírico latino de los primero años del Cristianismo, autor del 'Satyricón', dijo que «Fue el miedo el primero en crear dioses, cuando el rayo descendía desde las alturas y las murallas conmovidas eran pasto de las llamas», ha llovido mucho sobre el mundo y los seres humanos, con el consiguiente progreso intelectual de la Humanidad, y no es cosa de reanudar, aunque sea solo a modo de campaña publicitaria, las viejas y tremendas guerras por motivos religiosos que asolaron la Tierra en otras épocas. Que cada cual se apañe con sus intimidades religiosas o laicas y viva a tenor de sus propias convicciones; siempre que no moleste a los demás, ni se crea llamado a salvar al mundo exterminando al prójimo, para mayor gloria de su dios. Ya está bien de mesiánicos redentores providenciales.
Por cierto, en el viejo Albaicín, allá por los años cuarenta del siglo pasado, residía un buen hombre, llamado Baldomero, que ejercía de enfermero y practicante a domicilio. Una bellísima persona, de acrisolada religiosidad y misa diaria, que cuando se disponía a sacudirte el jeringazo de la inyección se santiguaba, musitando simultáneamente 'alabado sea el Señor', consiguiendo, como por arte de magia, que el pinchazo ni lo notaras. Tenía manos de santo aquel hombre para poner las inyecciones, de vitaminas, por lo de la endeblez, o de calcio para la tuberculosis que andaba suelta por aquellos tiempos. De tal manera y con tanta limpieza te pinchaba que nunca, jamás, se supo que se le infectara alguna a cualquiera de sus pacientes. Por si fuera poco lo de su arte manual para la administración terapéutica de inyectables, además tenía el detalle de cobrarle a mi madre seis reales en vez de las dos pesetas que solía percibir por cada pinchazo al público en general; descuento que se lo hacía él espontáneamente, teniendo en cuenta que ella era viuda y mi hermano y yo dos huérfanos más bien menesterosos. Ya digo que aquel hombre, creyente notorio, además de practicante era una buena persona. Dios lo tenga en su santa gloria.
Por otra parte, pero mucho tiempo después, yo tuve una novia, también albaicinera, un tanto beatífica, por no decir beata del todo, fervorosa creyente, comedida y austera, a la que yo solía acompañar, complacido, cuando visitaba los templos; bueno, pues que me salió rana la niña. Que me la pegó con un musulmán, músico ambulante, tocador de añafil, tal vez de chirimía, con el que se largó, de la noche a la mañana, la muy pizpireta, con viento en popa, a toda vela, no surca el mar sino vuela. Y nunca más se supo. Alá es grande y misericordioso. Desde entonces será que me viene a mí esa manía contra los pinchitos morunos. Que no puedo ni olerlos.
Quiero decir, con las dos referencias anteriores, que el mero hecho de que una persona crea o no crea en Dios, incluso en el verdadero, no condiciona necesariamente su comportamiento moral, o ético, ni puede considerarse como un certificado de buena o mala conducta. La historia está plagada de personajes creyentes o ateos, a la par, que fueron unos criminales, cada cual a su manera, los unos por la gracia de Dios, como algún que otro Caudillo cuartelero de nuestro entorno, y otros por su propia cuenta y riesgo, como lo fuera mi diabólico tocayo Pepe Stalin.
Yo creo, en definitiva, que la condición humana, en su más estricta y rigurosa esencialidad, no cambia apreciablemente, para mejor o peor, según se crea, o no, en un dios más o menos perceptible y accesible. Supongo que muchos estarán de acuerdo conmigo cuando digo que entre las personas creyentes, los teófilos, pueden existir, en la misma proporción, tantos malos y buenos como entre los ateos. Lo que sí me parece fundamental, y decisivo, es la educación, y sobre todo la cultura humanística que puedan recibir y asimilar unos y otros. Algo que debería quedar muy claro es que el ateísmo no constituye una doctrina diseñada para captar prosélitos y agruparlos con un fin determinado. El ateísmo no puede ser dogmático, sectario ni fundamentalista, porque se trata de un ejercicio de libertad intelectual y coherencia existencial absolutamente individualizado.
Lo que todos deberíamos considerar es si no estaremos dimitiendo de nuestra condición humana (y humanitaria) cuando discutimos sobre dioses, relativamente probables, pero, en todo caso, infinitamente buenos, todopoderosos, sabios, misericordiosos, benevolentes y amorosos, mientras ahora mismo, impunemente, mueren miles de niños, inocentes, víctimas del hambre, de sed, de enfermedades previsibles y curables, golpeados, ametrallados, abandonados y olvidados.
Lo que deberían plantearse algunos es la interrogante sobre dónde está Dios. Si sabe lo que le ocurre a sus criaturas. Y si puede hacer algo por evitarlo. Cayo Petronio, que murió en 66 d. de J.C., lo tenía muy claro. Yo también, dos mil años después.

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