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Creyentes, librepensadoras y descreídas

Más allá de las creencias personales, porque al fin y al cabo las relaciones con lo divino y lo sobrenatural deberían ser un acto íntimo y personal, la Historia pone de manifiesto que las religiones han sido, y continúan siendo, fuentes de conflictos sociales, económicos y bélicos. Si por algo se ha derramado sangre ha sido por las guerras de religión, a las que, lamentablemente, continuamos asistiendo. En el nombre de Dios se han cometido, y se cometen, las mayores injusticias, los crímenes más cruentos, las persecuciones más implacables, las torturas más atroces… Todavía los medios de comunicación dan cuenta de estos actos execrables que se siguen produciendo en cualquier parte del planeta, aun cuando, creyentes y no creyentes, sabemos que Dios poco o nada tiene que ver en estos asuntos.

Pero, además, en el nombre de Dios, las jerarquías eclesiásticas, todas, se permiten controlar la vida de las personas, en general, y de las mujeres, en particular, interviniendo en la toma de decisiones personales, utilizando los púlpitos (cualesquiera que sean) e incluso los medios de comunicación para interferir en la intimidad de los actos, dictando no sólo a sus feligreses y seguidores, sino al conjunto de la sociedad, cómo, cuándo y con quién deben tener relaciones sexuales; cómo deben vestir; qué decisiones tomar respecto a lo que atañe al cuerpo de las mujeres (me refiero a la contracepción y a la interrupción voluntaria del embarazo); qué se debe comer y cuándo hacerlo; con quién se pueden casar y con quién no… incluso ha saltado a los medios de comunicación, en alguna ocasión, los consejos de algún imán, o de algún sacerdote, sobre cómo y cuándo se debe maltratar a la mujer… También, las confesiones marcan los cánones de la decencia, guardando sonoros silencios en lo que respecta a los desahucios, a las muertes por VIH (obstinándose, algunas, en prohibir el preservativo), al trabajo infantil, al tráfico de personas, a los fraudes bancarios y fiscales, al incremento de la pobreza (que sigue creciendo de forma alarmante, mientras las Jerarquías eclesiásticas mantienen su boato y sus riquezas y continúan recibiendo grandes cantidades de dinero del erario público, recaudado a quienes son creyentes y a quienes no lo son), a los ERE, a la pederastia y la pedofilia (que, casualmente, se produce demasiado asiduamente por parte de quienes más gritan desde el púlpito sobre temas que ni les van ni les vienen), a tantas vulneraciones de los Derechos Humanos que, cualquier creyente de bien, llega a poner en duda la existencia de un Ser Divino que permita que, quienes hablan en su nombre, sean tan permisivos con las injusticias y con los sistemas políticos depredadores y tan beligerantes con las personas más vulnerables.

Pero no sólo se producen estos desmanes en el seno de las Iglesias ante el silencio de sus jerarquías (ya sabemos que quien calla otorga), sino que, además, sistemáticamente se incumple la ley (por ejemplo, en España, la Ley Orgánica 3/2007 de Igualdad efectiva de Mujeres y Hombres), impidiendo que las religiosas, de cualquier confesión, tengan los mismos derechos que los religiosos, impidiéndoles participar en los espacios de toma de decisiones, incluso a nivel salarial, la gran mayoría de los 60.000 religiosos que hay en España son autónomos y cotizan sólo a efectos de jubilación y son las religiosas quienes viven situaciones de mayor precariedad… y los Poderes públicos no hacen nada por evitarlo mirando hacia otro lado cuando se incautan bienes, cuando se vulnera la libertad de religión en los centros escolares, cuando se incumple la Ley… ¡La connivencia entre los poderes vulnera los más esenciales principios democráticos!

Bien cierto es, y es de justicia ponerlo de manifiesto, que numerosas religiosas y religiosos, de todas las confesiones, trabajan de sol a sol ayudando a quienes más lo necesitan ¡vaya para todas ellas y ellos mi más profundo respeto! Aun cuando soy más partidaria de dar la caña de pescar que de regalar los peces.

Bien cierto es, también, que la fe es otra cosa y que no debemos confundir a quienes creen con quienes dirigen sus destinos. Pero no podemos por menos que denunciar que el patriarcado, que fundamenta las religiones, es un obstáculo, que afecta tanto a las mujeres como a los hombres de buena voluntad, debido a su intolerancia y a su falta de respeto por quienes no participan de sus credos o los ponen en tela de juicio, y que ello vulnera los principios fundamentales de un Estado de Derecho.

Este artículo forma parte del número 18 de la revista "Con la A"

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