Creencias personales y amores rotos

Una vez oí a Antonio Gala una frase que, aunque a simple vista puede parecer desabrida, encierra una gran verdad: “El amor es eterno mientras dura”. Y he recordado este aforismo al leer en la prensa la noticia de la reciente separación de José Bono con su esposa, separación que es, al parecer, amistosa y de mutuo acuerdo. Nada que alegar, por supuesto, más que expresar mi más sincero respeto. No es realmente ninguna tragedia sino, al contrario, algo cotidiano que deciden miles de parejas cuando su relación deja de contribuir al bienestar de uno o ambos de los miembros que la componen.

Sin embargo, sí es verdad que cierto comentario del Presidente del Congreso me ha inspirado alguna reflexión que quizás sea interesante compartir. El señor Bono ha hecho énfasis en especificar, según cuentan algunos medios, que le ha costado tomar la decisión por sus firmes convicciones religiosas. Y ello, evidentemente, porque la religión católica considera el matrimonio como una institución indisoluble, cuya ruptura contempla como contraria del todo a sus dogmas (aunque, como sabemos, suele hacer costosas excepciones).

Ante lo cual, me pregunto: ¿qué interés puede tener una organización religiosa, no importa cual, en perpetuar relaciones entre dos personas que se han dejado de amar o que ya no son felices juntas? ¿Quién o quiénes pueden estipular que los afectos y las emociones humanas son monolíticas y no evolucionan a lo largo de la vida? ¿Qué creencia o qué argumentario puede pretender que dos personas vivan la tortura de someterse a una vida infeliz compartida hasta que la muerte les separe? ¿Acaso el ser “creyente” en unas determinadas ideas puede conllevar el encadenarse a unos preceptos que de puro rígidos son inhumanos?

El ser humano es emocional más que racional. Somos más que nada nuestras emociones. Y los afectos que las sustentan no entienden de cadenas ni de represiones. Las relaciones pueden durar siempre, lo cual sería para la mayoría lo deseable. Pero no siempre es así, porque vivir es evolucionar, e ir asumiendo los cambios inevitables que nos depara la vida y nuestro propio devenir particular; y reprimir nuestra evolución personal y subordinar nuestra voluntad a dogmas que defienden el estatismo como bandera no es otra cosa que alejarnos de la vida. Porque la vida es cambio y es evolución. Y esa evolución a veces une a las personas y otras, de manera inevitable, puede separarlas.

En su afán de control de la voluntad humana, los idearios religiosos no tienen escrúpulos en reprimir la libertad y la tendencia humana a la búsqueda de la plenitud y la felicidad. Y el demonizar la libertad y la honestidad afectiva es uno de sus recursos. De hecho, en los países laicos el número de separaciones y divorcios es significativamente superior al de los países de arraigada tradición religiosa. Y ello es así, no porque en los primeros se ame menos, sino porque, al contrario, los individuos viven sus afectos en libertad y en sintonía con sus deseos, por lo cual incluso aman más.

Hace mucho tiempo que el matrimonio dejó de ser, afortunadamente, una alianza de interés social y económico; y en las sociedades modernas las relaciones de pareja tienen el sentido y la finalidad de que los individuos puedan vivir en libertad y armonía su vida afectiva. Es cada pareja, cada individuo quien, en base a sus propios deseos, inquietudes, afectos y sentimientos profundos, puede y debe gestionar, lejos de presiones externas, ese ámbito tan íntimo de la vida.

Ojalá el señor Bono no sienta culpa alguna por haber vulnerado una de las rígidas reglas de la confesión que profesa. Ojalá se haga consciente de la enorme paradoja que existe entre hablar de amor constantemente y, a la vez, querer constreñirlo a modelos concebidos para anular la libertad y la felicidad humana. Porque nada hay más contrario al amor que las cadenas, y porque, como afirma un viejo adagio de la sabiduría oriental, amar a alguien realmente es ayudarle a ser libre.

Coral Bravo es Doctora en Filología y miembro de Europa Laica

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