Contra la violencia de género

Imagínese una mujer. Puede vivir en cualquier sitio del mundo. Puede formar parte de cualquier grupo socioeconómico, étnico o religioso. Normalmente, esta mujer empieza su jornada antes de que salga el sol. Trabaja entre 8 y 12 horas en una tienda, una explotación agrícola, una fábrica o en la casa de alguien a cambio de una pequeña remuneración. La supervivencia de sus hijos y familiares mayores depende sólo de sus ingresos. Al regresar a casa pregunta a sus hijos qué han aprendido en la escuela y qué quieren ser de mayores. Pasa horas encorvada sobre un pequeño infernillo o chimenea preparando la comida para la familia. En muchos lugares del mundo, además, esta mujer cultiva lo que después da de comer a todos en su mesa.

Ahora imagine lo que pasa cuando no puede hacer estas cosas por ser víctima de la violencia de género. El coste de la atención médica que necesita asfixia todavía más el escaso presupuesto familiar. Si ya no puede trabajar o cuidar a sus hijos por haber sufrido daños físicos o psicológicos, estos abandonan la escuela y buscan trabajo para mantener a la familia. Los tenderos locales pierden una clienta y ven también reducirse sus ingresos.

Probablemente reconozca a esta mujer. Una de cada tres mujeres en el mundo es víctima de algún tipo de violencia de género; una de cada cinco sufre en algún momento una violación o un intento de violación. La violencia puede aparecer temprano: cuando una madre es obligada a poner fin a un embarazo porque va a ser una niña, cuando las familias se niegan a educar a las pequeñas o cuando los varones reciben dos raciones de comida en la mesa antes de que a ellas se les permita comer. Más tarde puede encarnarse a través del matrimonio infantil, la violencia doméstica o la explotación sexual.

En cualquiera de sus formas, la violencia de género es una vulneración intolerable de la dignidad humana. Nadie puede cuantificar el dolor y angustia personal que resulta de ningún tipo de maltrato. Pero sí se puede asignar un precio a las facturas médicas y los costes jurídicos, la pérdida de salarios y de productividad y los costes sanitarios, incluido el aumento del riesgo de contagio del VIH. Y, al hacerlo, vemos lo que la violencia contra las mujeres y las niñas realmente cuesta a todos los integrantes de la sociedad.

En Uganda, por ejemplo, casi el 13% de las mujeres declara haber perdido tiempo para dedicarse a sus cruciales labores domésticas debido a la violencia por parte de su pareja. Algunas de estas mujeres perdieron hasta 11 días de trabajo remunerado en un año. Más de dos tercios de los hogares objeto de estudio en Bangladesh informaron de que la violencia doméstica provocaba una pérdida media de 5 dólares cada mes, casi el 5% de los ingresos de muchas mujeres. Estos costes se exacerban en hogares en los que la mujer es la principal o única aportadora de ingresos.

Ningún país o región del mundo se libra de estos costes. En Estados Unidos, un estudio realizado por centros de Control de Enfermedades en 2003 calcula que el coste de la violencia cometida por la pareja íntima puede superar los 5.800 millones de dólares al año, con un gasto de casi 4.100 millones de dólares en atención médico-sanitaria directa y de casi 1.800 millones de dólares en pérdida de productividad.

La violencia contra las mujeres y las niñas es también un asunto de derechos humanos internacional y de seguridad nacional. Las consecuencias de la violencia generalizada se extienden más allá de la lesión inmediata o la pérdida económica. Con frecuencia tiene efectos duraderos para la salud, como son las infecciones de transmisión sexual, y los daños sociales y psíquicos causados por la violencia de género afectan a sus víctimas, así como a sus hijos, familias y comunidades enteras.

La violencia y el maltrato han mantenido a las mujeres alejadas del trabajo y han arrastrado a comunidades enteras a un retroceso durante generaciones. Fomentar la participación económica de las mujeres hace crecer el PIB nacional y los ingresos personales. Un estudio calcula que la reducción de las barreras ante la participación económica de la mujer en las economías emergentes puede aumentar la renta per cápita hasta en un 14%. Mayores ingresos significa más dinero para dar de comer a la familia, enviar a los niños a la escuela y apoyar a los comerciantes y productores locales, activando un círculo virtuoso de crecimiento económico.

Cada año, entre el 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, y el 10 de diciembre, Día Internacional de los Derechos Humanos, ponemos en marcha una campaña llamada 16 Días de Activismo contra la Violencia de Género. Durante estos días, renovamos nuestro compromiso de hablar alto y claro sobre la violencia contra las mujeres y las niñas y de mejorar la protección y participación de las mujeres en todo el mundo. En esta causa necesitamos la participación de todos: niños y hombres, líderes religiosos y ciudadanos, jóvenes y personas en todos los niveles de la sociedad son vitales para resolver esta pandemia.

Los malos tratos pueden tener lugar en el domicilio familiar, en los conflictos armados donde se utiliza la violación como arma de guerra o en cualquier lugar donde se disminuya y devalúe a niñas simplemente por ser niñas. Es inaceptable en cualquier forma. Los países no pueden progresar cuando la mitad de su población es marginada, maltratada o sometida a discriminación.

Este año hemos empleado los 16 días para renovar nuestro compromiso de poner fin al abuso que atrapa a tantas mujeres y niñas en el mundo. Señalemos la cultura de la impunidad que perpetua este ciclo de violencia. Y trabajemos juntos como socios para hacer de todas las formas de la violencia un fenómeno del pasado.

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