Contra el machismo, ¿censuramos libros o evitamos adoctrinamientos?

El libro “Cásate y sé sumisa”, de Constanza Miriano, autorizado por su esposo y publicado por la editorial del arzobispado de Granada, ha despertado un amplio y merecido rechazo. El Congreso en pleno (aun sin citarlo), la Junta de Andalucía, asociaciones feministas, cristianas y laicistas, y otros colectivos y particulares, lo han reprobado, y muchos han pedido su retirada, o la intervención de la Fiscalía contra su edición y venta. Yo siento tener que romper una lanza en defensa de la publicación del libro.

            Se trata de un libro compuesto de cartas dirigidas sobre todo a mujeres, lleno de consejos y respuestas, del tipo “tiene razón él”, “obedécelo”, “ten un hijo… y otro”… y otro(p. 10). Cuenta cómo alguien “tomó el camino equivocado, el de la afirmación de uno mismo”52, y que “muchas mujeres llegan a ser insoportables… porque no han comprendido el secreto… de la sumisión, ni el de la obediencia…”53, ya que “la mujer es, principalmente, esposa y madre”56 y “construye al padre con su sumisión, porque lo pone por encima de ella, le confiere autoridad”59. “La mujer… renuncia a la tentación de su autonomía”89, mientras que “en el hombre está escrito el nomos, la ley, la regla”175. Así que, mujeres, “casaos y tened hijos, porque si no, no tiene sentido estar juntos toda la vida”69, dado que “la mujer necesita al hombre… que lo sigue, que lo obedece, que se le somete”89. Constanza constata “esta realidad, que la mujer lleve inscrita la obediencia en su interior —el hombre, en cambio, lleva la vocación de la libertad y de la guía—”90.  “Cuando te dice algo, por lo tanto, lo debes escuchar como si fuera Dios el que te habla”100, hay que “darle la razón aun cuando no la tenga… deja que sea él quien diga la última palabra”, aunque sea “erróneo” para los niños101. Hay que saber que “la maternidad es la primera vocación de la mujer” 139. “Sin embargo, no estamos hechas para el poder”192. Las mujeres que alcanzan el poder son “malas” (o ya lo eran o se vuelven así). Por su parte, “el hombre puede ser frágil, y no siempre es capaz de captar las diferencias entre las mujeres”115, y quizás porque además es un “cazador”, hay que saber “perdonar” y “permanecer fiel” “cuando una es traicionada”114.

            Esos consejos y respuestas que he agrupado e hilado, creo que sin traicionar el sentido del texto completo (por lo que les ahorro leerlo, y por supuesto comprarlo —yo tampoco lo he hecho—), suenan en éste como sermoncicos adornados con pamplinas, travesuras y tópicos (como el de los hombres-osos) de simpática dama apostólica con whatsapp. Dama con una manifestada “vocación de predicadora”19 impenitente (confiesa que su marido —ya saben, el de encima— ya no la escucha mucho), que la lleva a arremeter como quien no quiere la cosa contra el aborto, los anticonceptivos… Todo lo cual justificaría el título “Cásate y sé su misa”: o como mínimo, sé il suo sermone, con constanza.

            En un artículo anterior ya comenté que lo que tiene el libro de moralmente rechazable no es ninguna novedad dentro de la doctrina y el pensamiento católicos, como la propia autora se encarga de recordar. De hecho, el texto es muy blandengue en comparación con las admoniciones bíblicas del Antiguo Testamento. En vez de “cásate” o “sé sumisa”, dijo Dios a unos u otros: “los hombres de su ciudad la apedrearán hasta que muera” (por no ser virgen, Dt 22, 21), “matarás a la mujer y a la bestia” (Lev 20,16), “empálalos en honor de Yahveh, cara al sol (sic)” (Nm 25, 4), “id y pasad a cuchillo a los habitantes… incluidos las mujeres y los niños… pero dejaréis con vida a las doncellas” (Jue 21,10-11), etc., etc. Podría seguir, pero remito a los lectores a fuentes muy amenas y rigurosas, como Los pésimos ejemplos de Dios, según la Biblia (Pepe Rodríguez),  El catolicismo explicado a las ovejas  (Juan Eslava Galán) y la Biblia (Dios).

            Frente a esas frases, el libro de Constanza es simplemente católico y sentimental (y, sí, para mí bastante feo). Pero no es más blando porque reniegue de ese Dios, pues incluso asume algunas de sus palabras cuando dice (p. 113) que en esta frase del Génesis (3,16): “Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará”, “se esconde una gran luz, un camino hacia la felicidad… aquí, en esta tierra”. Y apoya los mitos bíblicos anticientíficos cuando añade (p. 90) que “la obediencia se ha hecho necesaria a causa de nuestra naturaleza herida, por el pecado original”. El libro es más blando porque se apoya preferentemente en el Nuevo Testamento.

            Y ocurre que como el Viejo Testamento parece el testamento del Viejo (del más viejo del lugar: ese Dios machista, furioso y criminal), el Nuevo, en comparación, resulta más guay, aunque en realidad no se vea a Jesús renegando jamás del Gran Iracundo (su Padre).

            Constanza cita a san Pablo repetidas veces; concretamente, la Carta a los Efesios en la que profirió los célebres, y por ella celebrados, misóginos adefesios (no me estoy inventando la conexión etimológica), como: “Las mujeres [sumisas] a sus maridos,… porque el marido es cabeza de la mujer…” (Efe 5,22-23). Por eso, en las entrevistas dice que quienes quieren denunciarla también deberían denunciar al santo, y retirar todas las Biblias del mercado. Y lleva razón, aunque parece que puede equivocarse en el nombre del denunciable, pues los expertos como Antonio Piñero nos explican que es probable que las cartas a los Efesios no las escribiera ese fanático prestidigitador (ya saben, el que hizo ¡flaashh! y convirtió a Jesús en Cristo, fundando el cristianismo), sino algún discípulo suyo. A nosotros nos da lo mismo: al fin y al cabo, el arzobispo de Granada (y la Iglesia) también ha dado su bendición al verdadero o falso Pablo. Y es al que Constanza se remite con bastante fidelidad.

            En todo caso, entre esa obra perfecta de Dios que supone cualquier parte de la Biblia y una obra humana imperfecta como la Declaración universal de los Derechos Humanos, no hay color, ¿no creen? Con todo, se puede rascar en el Nuevo Testamento para entresacar algunos derechillos, haciendo la vista gorda con lo de más. Es lo que hacen los cristianos realmente demócratas y laicistas. Pero, ay, no es eso lo que ha hecho Constanza, precisamente, al resaltar la petición de sumisión de las mujeres a los hombres, por mucho que muy ocasionalmente la suavice diciendo con la boca chica —con poquísima elocuencia— que no habla de inferioridad y no entra en “la lógica del dominio” ni “de la violencia” (p. 129). ¿No entra en la lógica del dominio la renuncia a la propia razón y opinión?, ¿y no alimenta la lógica de la violencia, en cuanto se transgreda la obediencia acostumbrada y asumida? Ella misma reconoce que “hablar de sumisión suscita reprobación, alarma, rebeldía, irritación y asco” (p. 110), así que me ahorra la búsqueda de calificativos.

            En definitiva, el libro de Constanza es en buena medida antifemenino, y por tanto antihumano, sobre el soporte de la Biblia. Sabemos demasiado bien que ésta, de hecho, ha promovido los sucesos resumidos en los diez volúmenes de la aún inacabada “La historia criminal del cristianismo” (Karlheinz Deschner). Y ¿qué contar de otros libros sagrados cuya lectura ha incitado e incita a cometer crímenes, como el Corán? Entonces, ¿qué hacemos con esos libros sagrados, los denunciamos, los prohibimos, los quemamos? O, como en algún momento se ha sugerido con el de Constanza, ¿impedimos que estén en las bibliotecas públicas? Y ¿por qué quedarnos en los libros, si la música, el cine y los videojuegos llegan más a los niños y jóvenes?

            La prohibición de libros fue práctica religiosa católica durante mucho tiempo: el Index Librorum Prohibitorum estuvo en vigor desde 1564 hasta 1966. Hoy, a la gran mayoría de los católicos de a pie le parecería un disparate, aunque me temo que aún son muchos, sobre todo de la jerarquía, los que si no censuran es porque no pueden. Como sabrá muy bien el nuevo secretario de la Conferencia Episcopal Española, el Opus Dei agrupa los libros en seis categorías según su conveniencia o peligrosidad, y la última es la de los “libros prohibidos”, cuya lectura requiere un permiso especial del prelado. La censura continúa, aunque de forma menos aparatosa que durante la Inquisición, en muchos sitios y ámbitos, y con distintas justificaciones, pero las religiosas y las políticas (a menudo unidas) siguen siendo las más comunes. Por descontado, la proscripción de libros sigue siendo una práctica común en el ámbito musulmán, con casos tan notorios como el de Los versos satánicos de Salman Rushdie; la noticia más reciente ha sido la prohibición de la biografía de la valiente, elocuente y justamente premiada niña Malala Yousafzai en las escuelas privadas pakistaníes. No siempre proviene del dogmatismo religioso el furor exterminalibros: recordemos que era una práctica común en la URSS, y hoy lo es en Cuba, Corea del Norte y otros países. En muchas escuelas de EEUU siguen vetando libros tan peligrosos como los de Harry Potter, Caperucita, Manolito gafotas o Dónde está Wally (¿dónde están los motivos?). ¿Creen que habrá libros prohibidos en las escuelas privadas españolas?

            Así pues, la censura inquisitorial no ha desaparecido (sería un milagro, en estos tiempos de retroceso de las libertades y de reverdecimiento de la represión), y siempre la hemos considerado una característica del dogmatismo, el autoritarismo, el militarismo y el miedo a la libertad de expresión y de pensamiento. Pues bien, nosotros, ahora, nos encontramos con la tentación de ejercerla sobre el libro de Constanza en nombre de los derechos humanos, del progresismo, de la democracia.

            Me parece un gravísimo error pedir esa censura, por abominable o despreciable que sea el contenido de una obra. La libertad de expresión es un derecho derivado de la libertad de conciencia, y debemos defenderla a ultranza. Esa libertad nos permite, precisamente, denunciar abiertamente el contenido de este y otros libros: no los mandemos a la hoguera pública, sino a un análisis reflexivo, racional y moral, que acaso lleve (o no) a cada cual a un desprecio consecuente. Con esto conseguimos, además, que autores indeseables no puedan exhibir la vitola de mártires, perseguidos, víctimas… Y, de paso, permite desenmascarar a quienes los promueven. En nuestro caso, al arzobispado de Granada, a la Iglesia católica.

            Lo ciertamente aberrante es que esa Iglesia, una asociación que discrimina a las mujeres de manera radical, y que atenta con esa y otras prácticas, y con su doctrina (sobre todo en materia sexual) contra los derechos humanos, goce de desorbitados privilegios en España. Si ya hace bastante desde los medios, los púlpitos y los confesionarios (“¡Hija mía, aguanta, es tu marido!”), es de una gravedad extrema que se le conceda la prerrogativa de adoctrinar a los niños en la escuela, y a cuenta del erario. Señores y señoras congresistas, si la publicación del pobre libro de Constanza (pues es un libro pobre, poco persuasivo) les ha llevado a proclamar un rechazo unánime —lo que es digno del mayor de los elogios—, explíquenme cómo pueden permitir el agravio infinitamente mayor que se produce cada día en cada escuela española en la que se inculca a los niños —religión mediante— el mensaje bíblico (o el coránico…) y la ideología católica (o musulmana…), que, en toda su extensión, son peores que los de Constanza. Está ejerciéndose una violencia mental sobre los niños con el beneplácito de ustedes, con su complicidad; una violencia sobre su racionalidad y su moral que seguirá alimentando comportamientos indeseables, como los homófobos y los machistas (y, por perversa reacción, los hembristas). Es su obligación y está en sus manos detenerla; sin esta medida, el buen testimonio de rechazo aprobado el otro día no es más que recortar en silueta, complacernos con un brindis al Sol.

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