Con la Iglesia hemos topado, Sánchez

Cada cierto tiempo, sobre todo si el gobierno es progresista, a los españoles nos ocurre lo que le ocurrió a Don Quijote mientras, en compañía de su fiel Sancho, andaba en busca del alcázar donde, en su delirio, creía que habitaba Dulcinea del Toboso. Cuando ya hemos creído alcanzar nuestro objetivo, comprendemos que la imaginaria fortaleza no era sino la iglesia del pueblo. Entonces nos llevamos las manos a la cabeza y exclamamos: ¡Con la iglesia hemos dado, Sancho!

Le sucede al Gobierno de Aragón con la reducción a 45 minutos semanales de las clases de Religión en la enseñanza pública infantil y primaria. Clases de Religión católica, se entiende, no musulmana o protestante, por citar algunas de las que se practican aquí. Yo, que no entiendo la razón por la que la escuela pública deba impartir clases de adoctrinamiento religioso –y no otra cosa es esa asignatura, impartida por profesores que designa a dedo la Conferencia Episcopal–, creo que, de esos cuarenta y cinco minutos, sobran por lo menos cuarenta y cuatro y medio (dejo los treinta se-gundos restantes para que no me llamen radical), pero los monseñores han empezado ya su particular cruzada contra la medida. Y, como suelen hacer por lo menos al prin-cipio, no han dado la cara directamente sino que han mandado por delante a su particular infantería: los profesores de la materia y los padres de alumnos de los colegios concertados que, en su abrumadora mayoría, son centros religiosos.

Y no se quejan ellos, como yo me temía (¿por qué seré tan mal pensado?), para defender privilegios que casan mal con la aconfesionalidad del Estado que proclama la Constitución. Hasta ahí podíamos llegar. Lo que les preocupa a los católicos profesores es el derecho que tienen los padres a elegir la enseñanza religiosa que deseen para sus retoños, un derecho que nadie les niega pero que tampoco está escrito en ninguna parte que deba costearse con cargo a las arcas públicas. Eso y, claro está, sus sagrados derechos como trabajadores, que consideran vulnerados con la medida. No recuerdo yo haber oído una sola protesta de los susodichos profesores ante los recortes que impuso el Gobierno de Rajoy a la enseñanza, ni a la sanidad… Ni recuerda nadie que su sensibilidad de trabajadores les llevase a objetar la reforma laboral que perpetró el mismo gobierno.

Los padres de alumnos afinan todavía más. Lo que les preocupa a ellos es que se reduzca a la mínima expresión lo que ellos llaman «educación en valores» de sus criaturas, dando por supuesto que son los valores católicos los más apropiados para la educación de los pequeños. No los valores ciudadanos, la ética de la responsabilidad o cualquier otra forma de llamar a esos valores que nos unen a todos los hombres libres y de bien, con independencia de la religión que profesemos o no. Si no fuese por el respeto que me merecen los creyentes de esa en concreto, tal vez añadiría alguna reflexión sobre los valores que enseñan a los niños los curas pedófilos y la jerarquía que los ha amparado durante tanto tiempo… o sigue amparándolos, que de todo hay. «Silencios cómplices», es el paradigma de la hipocresía

Así que, ya lo ves: con la Iglesia hemos dado, Lambán.

Y otro que ha dado con la Iglesia es Sánchez (no confundir con Sancho, que ese era otro). El presidente español envió a su vicepresidenta a parlamentar con un alto jerarca vaticano sobre algunos «problemillas» pendientes con la Iglesia de nuestro país. El hecho de que no paguen los impuestos como el resto de los mortales, la inmatriculación (o el expolio) de infinidad de inmuebles y fincas por parte de la Iglesia, aprovechando una dudosísima ley del Gobierno Aznar, o el enojoso asunto del paradero definitivo de los restos de Franco (no confundir con VOX, esos son otros restos de Franco). Doña Carmen Calvo salió de allí encantada, diciendo a quien quisiera oírla que el Papado era muy receptivo a las propuestas del Gobierno sobre revisar las inmatriculaciones y evitar que aquel sanguinario dictador repose en la catedral de Madrid como pretende su familia, y convertir así el templo católico más importante de la capital de España en lugar de peregrinación para nostálgicos del fascismo.

Pero a la señora Calvo solo le duró la alegría lo que tardaron las sotanas en propinarle un sonoro zasca con un comunicado poco habitual en el que venían a decir que de eso, nada, monada. Lo que ha proporcionado solaz, regocijo y cuchufletas por todo lo alto a los comentaristas y tertulianos de la caverna mediática.

Con la Iglesia hemos dado, Sánchez.

Bueno, vamos a dejar las bromas aparte y a ponernos serios, aunque solo sea para repetir una vez más lo que llevo exponiendo desde hace 30 años. Que la relación de España con la Iglesia católica viene enturbiada por los acuerdos con la Santa Sede, firmados hace cuarenta años con muchas prisas (a caballo entre el referéndum que aprobó la Constitución Española y su entrada en vigor) por El Vaticano y el entonces ministro de Asuntos Exteriores, el propagandista católico Marcelino Oreja. Lo que significa que ambas partes jugaban en el mismo equipo.

Aquellos acuerdos vinieron a sustituir al Concordato que regía las relaciones entre la Iglesia y el franquismo desde 1953, y lo hicieron procurando que ninguno de los privilegios otorgados por el católico dictador, se viese claramente afectado, de manera que en el fondo se trató de un Concordato Bis, encajado con fórceps en la legalidad democrática que se inauguraba entonces.

Uno puede entender, si se lo propone, que en aquel momento nadie en España se atreviera a abordar el caso con seriedad y denunciar esos acuerdos cargados de ventajas para la otra parte. El peso del catolicismo en la sociedad española y en lo que se llamaban poderes fácticos (la Banca y el Ejército, especialmente) aconsejaban prudencia, sí, pero… ¿también ahora? Con sinceridad, creo que no. Creo que ha llegado la hora de rescindir ese contrato que me atrevo a calificar de abusivo y, mediante las fórmulas legales que correspondan, reconducir la relación entre España y el Vaticano a la senda por la que circulan las relaciones con cualquier otro estado. Y salir de una vez de esta situación de confesionalidad vergonzante que nos lleva a darnos de topetazos una y otra vez con la Iglesia Nos llamemos Sancho, Sánchez o Lambán.

Antonio Plazuelo

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*Los artículos de opinión expresan la de su autor, sin que la publicación suponga que el Observatorio del Laicismo o Europa Laica compartan todo lo expresado en el mismo. Europa Laica expresa sus opiniones a través de sus comunicados.

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