Con la Iglesia hemos topado

ANDÁBAMOS todavía algo desconcertados, torpones y levantiscos con que el Papa Benedicto XVI nos haya cambiado el Belén, el escenario del nacimiento tal y como lo conocíamos, cuando los que han armado el belén (no el mismo del Papa, sino otro menos liberador e ilusionante y con más olor a naftalina y a alcanfor) han sido los obispos españoles aprovechando el multitudinario Acto por la Familia y la Vida.

 Los pastores de la Iglesia española, algunos pastores, no se han mostrado precisamente tolerantes y flexibles en el devenir histórico de este país, pero es que el panorama que nos han mostrado ahora con sus palabras, el futuro que se nos viene encima, el mañana que ya es hoy, es verdaderamente lamentable y patético. El fin de España como la conocemos. El desastre. El desconcierto, la anarquía y la alienación nos han sido anunciados nuevamente desde la calle Génova y aledaños, pero esta vez con alzacuellos y sin gaviotas, con capelo cardenalicio y sin música pepera -oficial- de fondo. Los profetas de este porvenir de tinieblas, de este valle de lágrimas, no son meros remedadores callejeros de Nostradamus. Es mucho más serio que todo eso. Son los cardenales Rouco Varela y García Gasco, miembros del conservadurismo más radical de la Iglesia católica española, los que ahora tocan a rebato desde los más altos campanarios de las iglesias.

Y, claro, se ha armado la de Dios es Cristo, porque a un gobierno legítimamente democrático como el de ZP no le había de gustar que se dijeran cosas como que España va por detrás en los derechos humanos (Rouco) o que la cultura del laicismo radical conduce a la disolución de la democracia, a la desesperación, al aborto y al divorcio exprés (García Gasco).

A mi me parece muy bien que la gente, con capelo cardenalicio o sin él, pida respeto para la familia cristiana -para cualquier familia- y diga lo que piensa libremente. Lo que me preocupa es que no piense lo que dice y que, aprovechando una posición, ejerza de catastrofistas con sotana y capelo y que insulten a media España por homosexuales o laicos, que al final viene a ser igual de grave. Lo que expone Rouco Varela, o lo que apunta García Gasco, suena a grisura y a NO-DO, a chilindrina y a almidón, a palio y a derechona. A cualquier cosa menos a una confesión religiosa como la católica, que tiene como mandamiento primordial amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo. Rouco Varela y García Gasco parece que sólo aman y respetan al prójimo si este prójimo es católico practicante de misa diaria, casado con una mujer y con todos los hijos que Dios haya querido que vengan a este mundo agreste y sin esperanza, y eso debiera intranquilizar a la mayoría de cristianos de base que no están en esa línea fundamentalista y cerrada de miras.

En tiempos en que las iglesias se están quedando vacías no sólo de feligreses sino también de vocaciones, se me antoja que no debe ser bueno alejar al personal con mensajes catastrofistas u apocalípticos que poco tienen que ver con la realidad a la que no parecen acomodarse y que dejan entrever un tufillo de miedo a la libertad de los ciudadanos a elegir en un ambiente democrático.

La movida eclesiástica de estos últimos días con motivo de la defensa de la familia cristiana, unida a las actitudes de prelados como el de Tenerife, lo único que ha traído ha sido más crispación, mayor tensión de la que ya había con el gobierno actual, porque esta Iglesia de Rouco y García Gasco ha dejado de ser objetiva para alinearse junto a la línea dura del PP e incluso más allá. Fuera de la lógica y de los mandamientos fundamentales de Dios. Por cierto, que uno de ellos, el octavo, resulta que reza algo así como «no dirás falso testimonio ni mentirás». A lo mejor deberían repasárselo.

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