¡Con la ideología de género acabaremos, la sotana le pondremos!

“¡Eso no se toca! ¡Caca, caca!” ¿Recuerdan aquella admonición paralizante para bebés caída en desuso por su dudosa influencia en el derrotero psicológico de los infantes? Regresa ahora en versión para adultos. Los padres (no de familia sino de la iglesia) tanto católicos como evangélicos se unen en el grito: “¡Cuidado: ideología de género!” Le hablan a una sociedad entendida como un jardín de infantes que se lleva a la boca algo que no debería. Le hablan, ahora también por boca de Bolsonaro, a una sociedad de indignados que no considera falso lo que ellos mismos consumen como “fake news”, y que se molesta porque de un tiempo a esta parte ya no se puede decir nada… Como quien borra del mapa el limbo o el infierno o saca una mujer de una costilla, la misma iglesia ha creado una marca. No es la primera vez, cuando apareció en el horizonte mundial la ley de matrimonio igualitario, la iglesia registró otro sello fantasma –¿recuerdan “el lobby gay”?– del cual ya no se habla desde que explotó en las sotanas del mismo Vaticano con las acusaciones cruzadas de pedofilia. Con el mismo espíritu más marketinero que pedagógico, la marca “ideología de género” aglutina el mal olor atribuido a las ideologías, con la perspectiva de género que viene circulando en todos los hogares, en cada vez más juzgados y más conciencias desde hace décadas.

¿Pero qué es ideología de género? No es un concepto, es un globo. La vieja y clásica “¡caca!” podía significar, sin temor a la contradicción, tanto un enchufe como un objeto no comestible o algo muy valioso que el bebé pudiera romper. Todo menos caca, pero dejaba en evidencia cuán erróneo y vergonzante era el deseo del niño. En Google hay definiciones a piacere para “Ideología de género”. Es la educación sexual, la ley de matrimonio igualitario, los pañuelos verdes, los naranjas, las mujeres que quieren ganar igual que los hombres, la ley de identidad trans, el colectivo de actrices que le arruina la carrera de los pobres actores, las que salen a denunciar violaciones tanto tiempo después e incluso la palabra femicidio, entendido como una exageración leguleya ya que las mujeres también pueden matar. Bolsonaro la pone en la misma linea que la molesta corrección política. Como no es un concepto surgido de una cadena de pensamiento sino de un team de creativos, las definiciones son a posteriori y con una clara intención pret a porter. El Papa renunciado, Ratzinger, la había definido hace años como el tercer demonio de la humanidad luego del ateísmo y el comunismo. En octubre de 2018 el Episcopado difundió un comunicado un poco más aggiornado donde reconoce el concepto de patriarcado y el dolor de las opresiones que éste implica: “Los estudios de género pueden ofrecer una herramienta de análisis que nos permita ver cómo se han vivido en las diversas culturas las diferencias sexuales entre varones y mujeres, e indagar si esta interpretación establece relaciones de poder y cómo las establece.” El papa Francisco se sumó con una suerte de resumen trucho de las teorías de género: “Otro desafío surge de diversas formas de una ideología, genéricamente llamada gender, que niega la diferencia y la reciprocidad natural de hombre y de mujer. Esta presenta una sociedad sin diferencias de sexo, y vacía el fundamento antropológico de la familia.”  Quienes se proponen señalar a los responsables de este flagelo que amenazaría a la mismísima naturaleza nombran sin falta a: Simone de Beauvoir, el mayo francés, la caída del muro de Berlín, los trabajos de Foucault y Derridá, la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo (El Cairo, 1994) porque introdujo el concepto de “derechos reproductivos” y la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer (Beijing, 1995) donde se menciona la perspectiva de género. También están en lista Judith Butler y Rita Segato. O sea, prácticamente la historia del pensamiento contemporáneo y de los consensos internacionales estarían en la de este demonio.

Entonces, de nuevo: ¿Qué es ideología de género? Una figura contra la cual hay que armarse. Un enemigo que ya que es informe, que cada uno le ponga el cuerpo. Para eso Bolsonaro reparte armas, y la ministra Bullrich invierte en pistolas eléctricas destinadas a los ámbitos por los que circulan esos “típicos cuerpos” en tránsito, aeropuertos y trenes. Una coartada para que los gobiernos no ejecuten políticas públicas contra la violencia y la pobreza que van en aumento mientras siguen sometidos a los del capitalismo global.

“Vamos unir al pueblo, a valorizar la familia, respetar las religiones, combatir la ideología de género, conservando nuestros valores” dijo Bolsonaro en un discurso que en sus diez minutos no hizo referencias a cómo saldrá de la crisis pero mencionó la ideología 4 veces. Tanto Bolsonaro como Trump entre otros, se erigen como defensores de una postal de familia que ya no existe ni siquiera en el horizonte de quienes dicen añorarla. En tiempos de familias ensambladas, mono u homoparentales, Viagra y fecundaciones asistidas, la promesa de volver a la familia y acabar con la ideología de género es tan fraudulenta como la de pobreza cero. Una ilusión en la que nadie cree seriamente —cuando no se cumple nadie la reclama— y que permite justificar un voto hacia el lado de la inequidad y la exclusión.

Mientras tanto, el machismo, la violencia contra la mujer, el borramiento de quienes no encajan en los ideales de “hombre” o “mujer”, ya no pasa inadvertido ni se justifica tan facilmente. Ahora que sí nos leen, las resistencias enfrentan el desafío de desmantelar esta banalización del propio discurso que todo lo vuelve reversible o “gestito de idea”, como decía Carlitos Balá. No vaya a ser que Bolsonaro deje de ser machista porque le da un protagónico a su señora como traductora de su discurso inaugural, y su gobierno se vuelva progre porque la primera dama maneja el lenguaje de señas.

Liliana Viola

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