Cómo entiendo yo la laicidad

Extracto.

El ponente propone una posición laica cimentada en la independencia del Estado – el Cuerpo Legal, el funcionamiento de las Instituciones y de los Servicios Públicos- de principios dogmáticos y abstractos y de las injerencias de las organizaciones que sustentan dichos principios; y en el desarrollo social político y humanista de la sociedad civil.

A los pensamientos religiosos asimila otros de análogas características míticas: etnias, culturas y algunos otros políticos.

Fuera del Estado, todos y todo somos particulares iguales ante las leyes.

La laicidad es el principio que mejor respeta la igualdad de los derechos de todos los ciudadanos y en el acceso a los bienes públicos.

Además, en paralelo, a la depuración de los Cuerpos Legales, de las inercias culturales y de la oposición a las injerencias clericales, señala dos tareas para la laicidad poco resaltadas:

– Facilitar la laicidad personal para aquellos que quieran profundizar en la libertad de pensamiento y de determinación.

– El desarrollo de la laicidad social, como la promoción de la Sociedad Civil, consiguiendo los medios públicos para que se posibilite la atención psico-social de las personas, el desarrollo de la educación y de la dinámica social y política de base.

Considerando que la afirmación personal y la existencia de estructuras adecuadas de la sociedad civil contribuirán más al desarrollo de la laicidad que la sola confrontación anticlerical, que es una consecuencia que se desprende de las anteriores; y no al revés.

Cómo entiendo yo la laicidad.

El Estado Laico

El pensamiento y la acción laica modernos han nacido como anticlericales y antirreligiosos, en unas determinadas circunstancias históricas, contra la connivencia que existía del poder civil de los monarcas-estado y del temporal y moral de la Iglesia Católica, situación en la que conseguían mutuo apoyo y refuerzo. El poder del Estado defendía e imponía a la Iglesia y la fe y la moral religiosas santificaban el establecimiento y la actuación de este formidable matrimonio de conveniencia. La Iglesia ejercía un papel institucional en la vida oficial del Estado absolutista.

Cuando los sistemas políticos cambian hacia formas más democráticas, pasando de «el Estado soy Yo» a «el Estado somos todos» -en España, muy recientemente-, la Iglesia Católica, y las instituciones religiosas, buscan formas de perpetuar su poder temporal, o de intervenir en las decisiones del Estado y de obtener privilegios del mismo.

La creciente presencia de otras religiones, de otras creencias y de personas no religiosas en la sociedad y la profundización en la razón de ser y, consecuentemente, de actuar del Estado, lleva a este a entender que la posición laica es la forma idónea de entender su relación con las diferentes instituciones que representan a aquellas. La idea de laicidad se va afirmando cómo una posición de independencia del Estado.

En algunos países, ante el fenómeno multirreligioso, se adopta la posición de equidistancia del Estado, independiente de cada religión, pero aceptando una cierta institucionalización de todas. Es lo que llamamos Estado neutral que, irónicamente, más que aconfesional, resulta pluriconfesional, ya que se da cierto grado de institucionalización a los grupos confesionales legalmente reconocidos.

En estos países las asociaciones laicas asumen papeles y grados de institucionalización similares, en paralelo, a los de las instituciones religiosas: impartición en la escuela de cursos de moral laica, celebración de ritos de paso laicos, asistencia de consejo, similar a la de los capellanes, en los hospitales, en las prisiones, en el ejercito…

La sociedad actual es cada día más variada y compleja. A la presencia de múltiples religiones, se añade la de una creciente variedad de etnias, culturas y modos de vida foráneos, o emergidos gracias a la liberalización de la sociedad. Además, se da el mantenimiento o rebrote de fenómenos ideológicos sociales y políticos que merecen una calificación homóloga al de las religiones por su tipo de pensamiento raíz, por su funcionamiento y por el tipo de adhesión de sus partidarios. Son los pensamientos míticos de supremacía o de exclusión étnicas, culturalistas, patrias, identidades, nacionalidades monoculturales, etc. Y por otra parte está la presencia creciente en número -y en toma de conciencia de su derecho, como ciudadanos, a un trato igual- de: ateos, agnósticos y los que llamaríamos no creyentes en general, que demandan que la posición independiente del Estado no admita la institucionalización ni conceda situaciones privilegiadas a ninguna instancia creencial o cultural particular.

Me quedo con la definición de laicidad como: «Una visión ética del Estado y sus consecuentes reglas éticas que inspiran su Cuerpo Legal y el funcionamiento de sus Instituciones y Servicios Públicos. Un Estado, con poderes delegados por los ciudadanos libres, titulares de los derechos e iguales ante las leyes, y cuyas exclusivas finalidades son organizar la convivencia según el proyecto de vida acordado constitucionalmente y conseguir el máximo de bienestar para todos».

Al Estado le compete todo lo que es común a los ciudadanos: lo Público.

Y lo que es de todos requiere que se de un trato igual a todos.

Fuera del Estado todos y todo somos particulares; y nada particular tiene, a título propio, ninguna representatividad oficial.

La única identidad que reconoce el Estado es la ciudadanía individual. Ninguna otra entidad, como religión, etnia, cultura autóctona o importada, nacionalidad, lengua, etc., tiene derechos propios. Los derechos son de los ciudadanos individuales que se identifican con ellas. Ese derecho a la identificación, como particulares y el de agruparse en asociaciones particulares son los que son reconocidos y defendidos, pero, siempre, han de ser conjugados con los de los demás.

La religión es un asunto privado de índole particular. Las iglesias, las congregaciones, son agrupaciones de conciencias religiosas, son asociaciones particulares que, como tales no pueden aspirar a tener parte institucional en el Estado. Este debe reconocer a todas las que cumplan los requisitos legales, para tutelarlas bajo las leyes de derecho común, en los mismos términos de derechos, deberes y límites que a otras ONGs. sin fines lucrativos.

El Estado laico no admite en su cuerpo legal fundamentos, razones o justificación de actuaciones basadas en dogmas, revelaciones u otros principios sobrenaturales o míticos, sean estos religiosos o filosóficos: dioses, razas, patrias, pueblos elegidos, destinos históricos, etc., ni en aspectos de las tradiciones, o en costumbres, contrarios a los Derechos Humanos o a la democracia. Las Instituciones Públicas son independientes y no admiten injerencias de intereses de instituciones particulares: iglesias y sectas, pero tampoco de cuerpos económicos, militares, partidarios excluyentes, etc.

Posicionamiento Laico

La laicidad respeta y acepta las opciones libres de creencia de las personas, pero es radicalmente anticlerical contra las injerencias de las congregaciones religiosas -de sus clérigos- en la vida civil; y, en sentido amplio, contra la imposición de normas legales procedentes de pensamientos míticos a la totalidad de la ciudadanía.

La laicidad afirma el derecho de todos los individuos y grupos a comportarse libremente, según sus creencias, características o costumbres legítimamente diferentes, sin que de ello les pueda provenir ningún privilegio ni menoscabo en sus derechos ni en el acceso a los Bienes Públicos.

La laicidad se convierte, no sólo en una concepción filosófica de la razón y forma de ser del Estado, sino en una regla necesaria del modo de convivencia pluriconfesional y multicultural, en su papel de organizador y árbitro independiente de lo común, de los derechos iguales de cada uno, sin que nadie pueda ser diferenciado con privilegios o con menoscabos.

La Laicidad defiende este concepto de Estado. Y estas formas de ser y principios de actuar de lo Publico y la exigencia de que sea respetado por los particulares.

Pero esto no supone la reclamación de un particularismo, o sea, el triunfo de una posición partidaria, la mía, la nuestra particular; porque la laicidad es exclusivamente civil, tiene de específico lo que es común a todos los ciudadanos. La especificidad laica consiste en exigir que el Estado desarrolle exclusivamente la vida civil, que participe sólo de lo que es común a todos y que lo aplique por igual a cada uno.

En España los principales enemigos de la laicidad son: la falta de clarificación de la independencia del Estado de la Iglesia Católica, la no renuncia, por parte de ésta, a los privilegios y papeles institucionales que ha tenido secularmente y la confusión y falta de protesta social y política ante esta situación.

En nuestro establecimiento cultural se da el hecho de que la fe católica tiene una presentación compacta de una historia, presente en casi todos los entornos, de una memoria y de una identidad nacional y de una identificación con el poder, de duración secular y, con especial incidencia, de la reciente etapa de nacional catolicismo de la dictadura franquista, que no sólo no han sido desmontadas, sino ni siquiera, casi, públicamente criticadas.

Hay una falta casi total de movimientos laicos de crítica de esta realidad, de defensa de la laicidad del Estado, de promoción de la filosofía de libre pensamiento y de la dignidad del ser humano como tal, sin necesidad de ser hijo de un dios o miembro de una tribu. Esta no presencia laica ha negado a varias generaciones casi la posibilidad de pensar en su existencia.

Se han hecho revoluciones sexuales, democráticas, de costumbres…, pero el establecimiento creencial ha seguido impertérrito e intocado. Únicamente se ha producido el natural proceso de secularización de costumbres que acompaña al desarrollo económico y tecnológico, que, aunque externamente tiene una apariencia de laicidad, no tiene nada que ver con ella, ni en la profundidad de las mentes, ni en tratar de influir en la configuración de la sociedad. A parte de las corrientes míticas de las que antes hablábamos, cobran pujanza otros dioses: consumo, fama, dinero fácil… ;y otras formas de satisfacer las necesidades íntimas del ser y del entenderse: brujos, adivinos, lideres de opinión del ámbito de lo «rosa», del deporte, del espectáculo… cuyas declaraciones sobre lo divino y lo humano son escuchadas con la boca abierta.

Dos tareas de la laicidad poco resaltadas.

La tarea de la laicidad es conseguir una sociedad laica – no es proporcionado describirla aquí-, para lo que se debe esforzar en conseguir un Estado laico y ha de luchar contra las injerencias clericales en la vida civil. Estas afirmaciones, casi son petición de principio derivadas del propio nombre, todos estamos de acuerdo y son los lemas que aparecen en las definiciones de estatutos o declaraciones de finalidades de las asociaciones grupos o persona que se ocupan de la laicidad.

Ahora bien, yo quiero añadir dos consideraciones, dos enfoques que no contravienen lo anterior, pero que considero tan sustanciales a la acción laica como la lucha anticlerical y que abren caminos de acción nuevos y necesarios.

Primero. La laicidad es personal o no es. Nace de la forma de entender el ser del hombre y de la asunción de la dignidad de la persona.

Y dos. La sociedad que pretendo no es una sociedad laica, sino una Sociedad CIVIL. Es una tautología, pero la iré explicando.

En otras palabras: la emancipación en el plano individual y la conquista de la ciudadanía en el social.

La última definición que dábamos de laicidad me parece la más radical, en el sentido de raíz. Es una forma de entender el ser y la función del Estado, que proviene de una forma de entender la sociedad, que, a su vez, dimana de la forma de entender al individuo, que es la consecuencia de la forma de entender a la persona humana en el mundo.

Si se quiere leer al revés, creo que la laicidad está enraizada en la concepción filosófica del ser y de la dignidad de la persona, libre, portadora de derechos iguales a todos los demás; autónoma en su pensamiento y en su evaluación y en su decisión moral y de las reglas-valores de actuación consecuentes. Lo que le presta una idea adecuada del individuo social y político: la ciudadanía. Y, en consecuencia, una visión de cómo debe ser una sociedad que responda a las necesidades humanas y, por ende, la concepción de la función del Estado como delegado depositario de la responsabilidad de organizar, arbitrar y desarrollar tal convivencia.

La laicidad debe trabajar todos y cada uno de estos frentes, desarrollar la laicidad personal, defender los derechos y libertades, profundizar y difundir el concepto de ciudadanía, dar contenidos y estructuras civiles a una sociedad que responda a las necesidades humanas y mantener al Estado al margen de particularismos en una posición igual para cada individuo ciudadano.

Desarrollo de la laicidad personal.

Hay una tarea de facilitar el desarrollo personal en pro de la dignidad humana del individuo que busca su vocación de ser de pensar libremente, de entender, de relacionarse adecuadamente consigo mismo, con el mundo y con los demás; y de actuar en consecuencia. Lo ha de buscar en sí mismo y con sus facultades sin aceptar dogmas y revelaciones y sin someterse a normas externas a sí mismo, superiores y abstractas, dictadas por dioses, gurús, líderes (políticos), etc.; todo ello interpretado por los aparatos organizativos que cuidan sus intereses.

En España, donde la libertad se consiguió hace veinte años, el salto educacional en los treinta últimos -aun esto, sin muchos cambios de referencias-; la difusión y la modelización cultural general está en manos de los medios de comunicación, principalmente de la invasiva televisión que tiene un planteamiento exclusivamente comercial, con pocas excepciones; en la que no se ha hecho la valoración del papel de la Iglesia Católica, no sólo en la historia en general sino del que desempeñó en la sublevación franquista, en la guerra civil, en la feroz represión de los vencidos, en la institucionalización de la dictadura y en la perduración de la misma, dándole un carácter salvífico; hechos de los que, de todos o de varios de ellos, la mayoría de los españoles somos memoria viva, y sobre los que sigue instalado el silencio reverencial. La Iglesia Católica tiene una posición respetable no atacada por ningún partido y recibe concesiones extraordinarias del Estado. Parece que este miedo es lo que mejor quedó «bien atado» del legado de Franco.[1]

Hay un enorme trabajo para facilitar la laicidad personal.

Los censos dicen que hay un 90% de católicos, yo casi creo que sí, porque si todos fuimos bautizados «¿yo qué voy a ser?», es la respuesta generalizada.

¿Quién ha dado una referencia, no religiosa, para poder identificarse, ni siquiera un nombre con el que poder denominarse de forma diferente?. ¿Cuántos en España sabrían darse una denominación fuera de alguna religión: -ateo es la más conocida, agnóstico es demasiado sofisticada- laico o simplemente persona libre?. Los laicos, los que sólo somos civiles, estamos en el capítulo de «Otros».

Es la situación de soledad, por otra parte característica, del librepensamiento que es necesariamente personal con tendencia al individualismo. ¿Qué oferta de formación: ediciones, espacios en los medios, círculos, debates… tenemos de donde ir tomando elementos de construcción?.

Hay que facilitar la liberación de las mentes, promocionando la divulgación de forma digerible, si cabe amena, de los conocimientos y del método científicos y del pensamiento filosófico, principalmente del ético y del político. Hay que producir y ofrecer medios que estén a disposición de quien quiera plantearse su visión personal del ser, del mundo y de la sociedad y que le ayuden en la toma de posiciones y de decisiones, a ser persona humana con la dignidad de su autonomía.

Es necesaria la educación de conocimientos, de emociones, en sociabilidad, en política, en librepensamiento, en solución de conflictos etc.; en valores -aquí nos hicimos y somos demócratas por generación espontánea, nos acostamos franquistas y nos levantamos demócratas-. No hubo ni hay necesidad de formación, de puesta en valor, de debate democrático, que está bien situado en las esferas de las elites políticas e intelectuales. Lo mismo pasa con la sociedad civil y con la convivencia multicultural -como si este no fuera el asunto más importante que va a marcar la convivencia en nuestras comunidades en los próximos veinte años-, etc. Para que vamos a preocupar a la gente, «ya se las arreglará este maravilloso pueblo español, con oraciones, caridad y… dejadez oficial».

Y hace falta más educación para la convivencia interpersonal de pareja, intergrupal, de exigencia a los políticos…

Son necesarios más Sabateres, más Rojas Marcos, más cosmólogos, más sociólogos…

Desarrollo de la Sociedad Civil.

Laico y Civil son, para mí dos términos casi sinónimos, ya que la laicidad busca que la vida social se desenvuelva en términos exclusivamente civiles.

Algunas veces me planteo proponer la sustitución y el uso exclusivo de civil para expresar una visión más positiva de los objetivos de la laicidad.

Laicismo, laicidad (no necesito aquí hacer diferencias semánticas) es el cliché negativo de una tarea que, para mí, en positivo, consiste en la configuración de una sociedad CIVIL.

La construcción de la Sociedad CIVIL es la tarea de sustancia finalista de los laicos.

Ciertamente la laicidad es una afirmación de la independencia del Estado; pero, en definitiva, es una tarea de limpieza y de desprendimiento.

Esto no significa negar, ni siquiera minusvalorar que el principal, más fuerte y peligroso obstáculo para la vida de la laicidad civil son las religiones y sus instituciones, en España la Iglesia Católica.

Claro que el laico, en esta versión civil, es sustancialmente anticlerical, mientras subsistan en España las condiciones de anomalías legales, de semioficialidad, de estatus y concesiones de privilegio a la Iglesia Católica y, en general, de consideración especial de las instituciones religiosas como distintas de la generalidad de las ONGs, y luchará cada vez que se dé una nueva injerencia o una posición de dominio o de privilegio de cualquier persona o grupo particular por razón de su pertenencia; y contra cualquier discriminación o exclusión debida al mismo motivo.

Pero el lema no es hacer desaparecer las religiones, las mitificaciones, las tradiciones, las identidades y las instituciones que los representan, vaciar la sociedad de contenidos ideológicos religiosos y dejar a sus ex-adeptos «colgados». No existe el vacío de pensamiento y de estructuras grupales sociales. En poco tiempo se verían sustituidas.

La debilidad humana que elude el esfuerzo arduo, máxime si no hay medios accesibles que se lo faciliten, y el compromiso de la búsqueda filosófica, de la construcción personal, que es necesariamente individual, y «el miedo a la libertad» de pensamiento y a la determinación, encuentra fácilmente señores espirituales sustitutivos, que le revelan quién es, qué sentido tiene su vida y cómo debe actuar, aunque estas cesiones siempre supongan una entrega de su dignidad de persona y de su autonomía más radical. También satisfacen la necesidad de pertenencia, que no es sólo el calor del rebaño, también le dan referencia de ser personal, consistencia de ser social, eco a las propias ideas, razón y empuje para actuar.

Y no pensemos sólo en otras religiones, hay otras muchas ideas míticas, aunque tengan apariencia secular, homólogas: predominio de etnias, de su variante dulcificada, las culturas tradicionales -«nuestra forma de ser y de vivir»-, de patrias, de pueblos, de destinos trascendentes…, que dan razón de ser, que agrupan, que justifican la proyección de cualquier actuación en pro de la causa y que son la trasposición de rivalidades tribales…

Un poco larga esta explicación del vacío imposible. Volvemos a la necesidad de hacer la construcción de un pensamiento laico y de una sociedad CIVIL, no sólo como alternativa, sino como hecho positivo.

La posición laica de respeto a todas las diferencias religiosas y culturales legítimas me parece muy bien. Y en tanto, ¿Qué papel tenemos los laicos civiles? ¿Ver pasar las procesiones de los demás?. ¿No tenemos una oferta, una visión positiva de cómo debe ser la vida de la sociedad, de qué estructuras, condiciones y medios son necesarios para su vida autónoma, rica, variada y armónica y para su desarrollo y la solución de sus naturales conflictos?.

Y aquí me meto en un jardín, ya que sobre esto no he encontrado nada en otros sitios; pero intuyo que ahí hay algo que tenemos que profundizar y desarrollar.

La función del Estado social desarrollado no puede ser sólo la de guardia de tráfico organizador legal de los flujos de relación, de árbitro judicial de las acciones de las partes y la prestación de servicios materiales.

No está completo el cuadro de la asistencia social con los subsidios económicos, la asistencia sanitaria y la educación obligatoria infantil. Hay otras necesidades humanas, individuales y sociales que tienen que ser atendidas, al menos ofertadas, por las instituciones públicas para el desarrollo de la vida humana personal y de la sociedad: medios de formación humana, social y política, animación de barrio, especialmente de la juventud, consejo psico-social individual y grupal etc.

Al Estado le compete poner en pie una Sociedad Civil. Crear una ideología, una «creencia» de vida civil, una filosofía de cómo debe ser la sociedad y unos modos de convivencia; y poner los medios, disponer estructuras para que los ciudadanos encaucen el desarrollo personal, el debate y la solución de conflictos tanto en lo que se refiere a ámbitos personales como de la vida de la sociedad.

Hay una función de animación de vida civil y democrática y de asistencia personal que intuyo pero que no sé si lograré describir aquí. Me refiero a necesidades que solemos entender como «espirituales» que no están contempladas como campo de acción social. El único ejemplo de tipo acción referible a este ámbito que realiza el Estado es la enseñanza obligatoria.

Me parece que la vida social – no la legal, sino la calidad de la vida de la convivencia, el desarrollo de los valores sobre los que nos hemos constituido- no se puede dejar al libre juego del azar y del mercado de las ideas, de esperar a ver que pasa.

¿Quién se ocupa de ofrecer cauces a la dinámica de la juventud, de la adaptación a nuevos roles y formas de entender las relaciones de género, de preparar el encuentro con el creciente entorno multicultural, que sabemos que va a ser el principal posible problema que va a afrontar nuestro sistema de convivencia en los próximos años, de abordar el desencanto de la política y la banalización de la democracia, los fenómenos identitarios desintegradores entre comunidades y en el interior de las mismas, de…?

¿No es un tipo de asistencia que demanda respuesta Pública?

No se trata de estructurar, de conformar de, en definitiva manipular la sociedad; ni de una animación artificial, es muy libre cada ciudadano, sino de la puesta a disposición de medios: locales y humanos técnicos de nuevos servicios sociales.

Tampoco se trata de dar soluciones prefabricadas, sino de ofrecer herramientas, locales, medios humanos con preparación técnica adecuada, puestos a disposición de los ciudadanos para que estos puedan buscar democráticamente soluciones.

Intentaré exponer algunas de estas necesidades:

. Medios y acciones de formación en valores personales, civiles, democráticos, comunitarios y solidarios. No sólo para niños -un amigo me decía que para eso ya está la escuela-, también tenemos necesidades los que ya no estamos en la escuela.

. Asistencia social de barrio: Educadores sociales, animadores de ocio y de juventud, locales de encuentro, charlas, conferencias, asistencia social primaria, consejo…

. Formación en herramientas de convivencia, de solución de conflictos, de relaciones de genero…

. Simbología, ritos y modelización del comportamiento civil laico. Generar más ritos y celebraciones de reconocimiento de la vida y valores cívicos, mas fiesta de reconocimiento, de encuentro, de alegría y verbena, de participación ciudadana.

. Cambiar estructuras empapadas de religiosidad tradicional: festividades civiles, onomásticas… No ya por quitar la vacía resonancia religiosa del Santiagos que nunca vino, menos a «matar moros» y del que se solicita que cierre España, del pilar inexistente, de las asunciones imposibles, etc.; sino por el sentido de conmemoraciones apropiadas a nuestra realidad civil, de los hitos que la han marcado, de las personas que la han hecho posible y de celebraciones festivas naturales.

. Secularizar y neutralizar el discurso y la representatividad del Estado. Entiéndase por este todo funcionario desde el rey hasta el municipal.

. Etc. Echemos creatividad, visualicemos una sociedad humana y pongamos manos a la obra de exigir una mentalidad social del Estado responsable de la mejora de la vida civil.

En ningún caso me refiero a crear una estructura paralela de los laicos, sino a exigir a conseguir instituciones públicas al servicio de todos los ciudadanos.

Con temor de excomunión laica me atrevo a ejemplificar lo que quiero decir:

Si en este momento se me da a escoger el hipotético dilema entre la desaparición de la financiación pública del clero o que se invierta en implantar una estructura adecuada en medios humanos y materiales para educación social y de asistencia – consejo de barrio.

O, entre la no cesión de Medios públicos para emisiones religiosas y la utilización del mismo tiempo de debates de sustancialidad laica, civil, multiculturalidad, valores humanos etc.

O, entre la desaparición de las clases de religión(es) y una materia de formación cívica para todos los alumnos.

En todos los casos me quedo con la segunda.

1. Las considero más positivas para la salud personal y social.

2. Esas acciones van a conseguir hacer más fácil el cambio, la caída de los mitos y la construcción de una sociedad positivamente humana.

El error y la debilidad se superan con la educación, el acceso a los medios y los apoyos solidarios -muchas veces basta con saber que hay más como tú, en el mismo combate-. Y el cambio social se facilita con la existencia con la presencia de las estructuras adecuadas.

Estas son para mí las dos tareas radicales, de ninguna manera secundarias, de la laicidad:

-Facilitar la laicidad personal, la libertad de pensamiento.

-La consecución de unas estructuras que respondan a las necesidades sicosociales de las vertientes personal y comunitaria de los ciudadanos, propias de una sociedad civil.

Esto no es una desviación del camino, ni una diversificación o mistificaciones de pensamiento y de la acción laica. Es una afirmación y una construcción finalista. Es una reflexión para no quedarse encelados en el trapo rojo de clericalismo y de la focalización en el rechazo a lo religioso con la única finalidad de desmontarlo. Es una posición que considera más importante el sostenimiento de ciertas ideas que la oposición a otras, con la seguridad de que su clarificación dejará más en relieve el oscurantismo de las otras.

El camino exclusivo del enfrentamiento, en legítima defensa de la laicidad, no conseguirá la destrucción, sino el cierre de filas del agresor con la conocida reacción de papel de víctima agredida y el cierre emocional aún de sus más tibios simpatizantes.

Esto situaría a los laicos en un papel de una «religión» más, una iglesia en competición por conseguir feligresía, que es lo más lejano a nuestro pensamiento y a nuestras intenciones, o en meros destructores de las instituciones clericales, lo que puede estar más cerca de nuestra posición actual. Cuando el objetivo es que cada uno sea lo que quiera, en libertad y sin injerencias, pero pudiendo ser persona humana cabal y autónoma y esa es la alternativa personal y social que hay que facilitar y ofrecer, las condiciones de educación y de una sociedad, independiente sí, pero también satisfactoria de las necesidades humanas de formación de agrupación etc, que hay que visualizar para proponer, para conseguir, más que esperar a que ella sola aparezca.

Esta no es la alternativa laica, la sociedad de los laicos, o dirigida por los laicos, sino la sociedad de todos, la SOCIEDAD CIVIL, dirigida y animada por los representantes electos y por técnicos formados para esta finalidad.

Si esto es lo principal, lo importante, el desgaste y la lucha laica sigue siendo exigir la independencia del Estado, la confrontación anticlerical, la limpieza de la cultura…

Hay que hacer, en paralelo a la lista de desajustes culturales a corregir, y de injerencias clericales a contestar, la de las acciones de facilitación de medios de formación humana, cívica y política y la de las instituciones civiles que hay que exigir que se pongan en pie.

Y ambas finalidades hay que abordarlas con la misma determinación.

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[1] ¿No se percibe en esta lectura?, yo, al menos, sí, el enorme pecado de que un simple particular ponga en tela de juicio y denuncie a la formidable y venerable conferencia episcopal, al santísimo y bienintencionado pontífice…

Y todo ello escrito en medio de los fervores de la semana santa, oyendo los tambores y trompetas y viendo pasar capirotes -todo ello, como tal, respetable-; pero que hasta la televisión pública, no solo también retransmita las procesiones, además de las prédicas, de las bendiciones de la plaza de San Pedro…; y si quiero ver una película, sólo puedo escoger entre diez «de romanos» cristianos y Marcelinos Pan y Vino que se han programado en estos días en las cadenas Públicas, de todos los españoles

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