¿Cómo debe ser un Estado laico?

El laicismo pasa más bien por descontaminar la discusión política de visiones o de prejuicios religiosos.

Considero que en Ecuador la discusión sobre el sentido del Estado laico no ha sido debidamente abordada. Creo que la cuestión, por el contrario y por el momento, ha sido hábilmente esquivada. No comparto la visión de aquellos que opinan que los asuntos del Estado laico no son constitucionales, sino éticos, y que por tanto no ameritan debate.

En la misma línea de pensamiento: me cuento entre los que opinan –y en este campo también formo parte de una microscópica minoría– que la Asamblea Nacional Constituyente actuó de forma irresponsable al evitar abordar seriamente este tema. También pienso que el hecho de que la Asamblea haya escondido el bulto, que la mayoría oficialista haya evadido este peliagudo tema, es la mejor muestra de que la Asamblea es un apéndice presidencial concebido para blindar un proyecto político unilateral. Pienso, por fin, que en el debate sobre las características del Estado laico está la esencia de un proyecto constitucional. Si no se discute sobre el Estado laico se corre el riesgo de que la Constitución –la enésima- en vez de ser un acuerdo de convivencia futura, sea un largo y aburrido discurso de barricada.

¿Debe entenderse al Estado laico más allá de la vieja división entre Estado e iglesia? Yo creo que sí, sin la menor duda. Creo que el laicismo pasa más bien por descontaminar la discusión política de visiones o de prejuicios religiosos. Si el debate político se mezcla con enfoques religiosos los resultados serán la intolerancia y la incomprensión, incluso la violencia. 

El laicismo debe entenderse – así lo creo- como la distinción entre lo espiritual y lo político, entre lo íntimo y lo estatal. Así, los temas polémicos, aquellos que desencadenan discusiones intensas, deben ser tratados sin influencia religiosa. Si el aborto, por ejemplo, es pecado y sinónimo de infanticidio, no puede haber aproximaciones racionales a este importante tema.

Si al momento de discutir sobre el aborto se invoca a los dioses y no se toma en cuenta factores como los derechos de las mujeres, la pobreza y el entorno social, no hay debate que valga la pena. Igual cosa se puede decir de otro tema tabú: la eutanasia.  Si la muerte por piedad, asistida por un tercero, se concibe solamente desde una perspectiva divina terminaremos todos en el infierno, en las brasas de la séptima paila.

Lo mismo se puede decir de otro tema polémico: el matrimonio homosexual. Si la unión entre dos personas del mismo sexo no pasa por el filtro de los derechos a la identidad sexual, de la no discriminación y de la igualdad, por lo menos, estaremos a años luz de una discusión seria y objetiva. Si el aborto, la eutanasia y el matrimonio homosexual son pecados graves, aberraciones de la condición humana y ofensas a la divinidad, no caben visiones distintas, las puertas de la discusión se cierran con un ruginoso candado. El Estado laico, más que la separación Estado-iglesia, se nutre de tolerancia, de mentes abiertas, de desmitificación de los tabúes.

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