Comentario a Tiempo

En una decisión trascendental porque va implícita la defensa del laicismo, fue demandado el purpurado civilmente por el jefe de Gobierno del Distrito Federal, Marcelo Ebrard Casaubón por falsario y deslenguado, ahora, cínicos, tanto el cardenal de Guadalajara, Juan Sandoval Íñiguez como el vocero del Arzobispado, Hugo Valdemar se llaman “perseguidos”.

Así son estos sujetos que se han ubicado por culpa de las autoridades venales en el nicho de los intocables. El jerarca se cree con derecho a acusar impunemente, puesto que carece de pruebas, de corruptos al gobernador capitalino y a los magistrados del más alto tribunal del país.

Vamos por partes, primero está toda una negra historia que ubica al cardenal guadalajareño en uno de los hombres más ricos del país, con residencias exquisitas donde las instalaciones deportivas como la piscina, los jardines y los finos muebles son cosas comunes.

Los saraos, las comilones y el disfrute de los buenos vinos y licores también es parte del diario ceremonial del “príncipe de la Iglesia”; algunos lo señalan con mantener nexos con los varones del narco, de haber instalado una casa disque de expiación precisamente para proteger a sacerdotes pederastas, pero sobre todo de contar con el apoyo y el resguardo por esa parte del poder público más rancio por su doble moral.

La acusación verbal de Sandoval Íñiguez en el sentido de que Ebrard Casaubón y organizaciones extranjeras “maicearon” –sobornaron-, a los ministros de la Suprema Corte de Justicia de la Nación para que emitieran un fallo a favor de los matrimonios entre personas del mismo sexo, es muy grave.

El hecho de referirse peyorativamente a los homosexuales para significar su repudio a la decisión de la Corte, al preguntar a los reporteros que si les gustaría ser adoptados “por maricones y lesbianas”, también es de una gravedad suprema, sobre todo en un clérigo de alto rango, quien al igual que sus pares deberían de hacer gala de la humildad y la generosidad que pregona su Iglesia.

Cuando Ebrad Casaubón le da un ultimátum al purpurado para que se retracte y se disculpe públicamente de sus falsas aseveraciones, nuevamente envalentonadas las sotanas de acuerdo a la carga de impunidad que les favorece, sale a la palestra su vocero, Antonio Gutiérrez Montaño para asegurar que de ninguna manera “su ilustrísima” se va a retractar porque tiene información que respalda sus señalamientos, “no hay temor de que se inicie un proceso que perjudique al prelado” y agregó el Jefe de Gobierno puede proceder “como guste”.

Presentada la denuncia en defensa del laicismo, las cosas cambiaron de repente, ahora el purpurado y su corte se dicen víctimas de persecución religiosa por parte de Marcelo Ebrard Casaubón, y también enfermo de incontinencia verbal el vocero de la arquidiócesis de México, Hugo Valdemar amenaza que la actitud del gobernador capitalina puede provocar una guerra “santa”, más bien sería “non santa”.

La feligresía católica no apoya al cardenal Juan Sandoval Íñiguez, advierte el presidente de la Comisión de Participación Ciudadana de la Cámara de Diputados, Arturo Santana, al señalar que los creyentes entienden que la Iglesia no debe entrometerse en la política y un respetado clérigo, cuyo nombre omitimos por razones obvias, reflexiona: por estas casusas es que la Iglesia Católica cada día pierde más adeptos.

Eso es lo menos importante, a esa Iglesia corresponde enderezar su camino, lo verdaderamente sustancial es el agravio a las instituciones públicas, pero sobre todo a la defensa del laicismo. Sin pedirlo Marcelo Ebrard Casaubón, los 11 ministros de la Corte y las autoridades todas, tienen una oportunidad única para hacer respetar la ley, para asentar el laicismo y para que de una vez por todas quede perfectamente entendido el principio básico constitucional de la separación iglesia-Estado. Aquello de que lo de Dios es de Dios y lo del César es del César, es otro cantar; aquí se trata de las instituciones públicas y de una organización religiosa que se ha fincado poderosa y soberbia.

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