Clero y revolución en la independencia de Argentina

La intervención política de los curas y su participación en las guerras no eran una novedad en el período independentista; tampoco lo era la religión como fundamento de la movilización y como lenguaje de la política. El caso emblemático de Ildefonso Escolástico de las Muñecas.

Ildefonso Escolástico de las Muñecas nació en Tucumán, estudió en Córdoba y allí se ordenó como sacerdote. Luego viajó a España y desde su regreso se desempeñó como capellán o párroco en distintos puntos del actual altiplano boliviano y del Perú. En Cuzco estuvo a cargo de la parroquia del Sagrario en la Catedral, destinada a los españoles de la ciudad. Su carrera eclesiástica fue exitosa y su derrotero político se encontró íntimamente ligado a su función de intermediación social favorecida, a su vez, por ejercicio del sacerdocio.

La posición que ocupó en aquella antigua capital de los incas le permitía tener una visión bastante precisa del sistema de poder que los criollos de Cuzco querían preservar de todo tipo de agitación política. Muchos de los sectores sociales privilegiados tenían el recuerdo fresco del levantamiento de Tupac Amaru de comienzos de la década de 1780 y de los “peligros” que representaba una sublevación indígena para las elites de la región. Estos grupos de poder sumaban otros miedos, más cercanos, como la influencia de las corrientes liberales y constitucionalistas provenientes de la península y que inspiraron la rebelión que tuvo lugar en esa ciudad en agosto de 1814. Muñecas se sumó a este movimiento conducido por el cacique Mateo Pumacahua y los hermanos Angulo. Se puso frente a las tropas que invadieron La Paz y que inicialmente aportaron los primeros triunfos a la causa revolucionaria en esas zonas.

En su siguiente etapa revolucionaria fue un caudillo guerrillero en los valles y el altiplano. Comandó las tropas rebeldes y se mantuvo en contacto con los jefes revolucionarios de Buenos Aires y difundía sus proclamas. En Larecaja, condujo una de las republiquetas –también llamadas montoneras o guerrillas– similar a la más conocida de Manuel Ascencio Padilla y Juana Azurduy. Estableció su cuartel general en Ayata al borde del Titicaca –que hoy forma parte de una provincia que lleva su nombre– donde obstruía la comunicación entre los centros de poder en manos de los realistas: La Paz y Lima. Con el objeto de impedir el paso de los ejércitos enemigos organizó una tropa militar. Su “Batallón Sagrado” incluyó 200 plazas y 3000 indios, estos últimos liberados del tributo, que abolió y calificó como “el más bárbaro y repugnante” de las imposiciones coloniales. El virrey Abascal ordenó atacar Larecaja y decidió asediar la republiqueta por La Paz y por Cuzco y en 1816, dos días antes de la declaración de independencia en el Congreso de Tucumán, Ildefonso de las Muñecas fue asesinado por el ejército realista.

La participación de los curas en las guerras no era una novedad y tampoco lo era la religión como fundamento de la movilización y como lenguaje de la política. Pero esta presencia –que asumió modalidades diversas y contó con la presencia de curas, prácticas y símbolos religiosos—, muchas veces queda velada en las aproximaciones historiográficas que presentan a las revoluciones y las independencias como un camino a la modernidad política donde la religión no tenía cabida.

A tal punto no fue así, que los generales de los ejércitos –tanto revolucionarios como realistas en el norte del antiguo virreinato del Río de la Plata—, percibiendo la importancia de las creencias religiosas y, sobre todo, del culto mariano entre la tropa, otorgaron a las vírgenes el título de “generalas” de los ejércitos. Belgrano nombró como generala a la Virgen de la Merced luego de la victoria en la Batalla de Tucumán, un triunfo que no dudó en atribuir a su intercesión. Incluso, le entregó el bastón como símbolo del “ascenso” en el escalafón militar. Por su parte, Pezuela, comandante del ejército realista, hizo lo propio con la Virgen del Carmen luego de las victorias de los ejércitos contrarrevolucionarios. Como lo ha explicado recientemente Pablo Ortemberg, estos “nombramientos” amplificaron el papel de las advocaciones marianas en la guerra, dado que, hasta entonces, ellas habían cumplido un papel importante aunque de un rango menor: como patronas o protectoras. A ellas se les ofrecían las banderas capturadas al enemigo –como lo hizo Liniers con la Virgen del Rosario luego de la Reconquista de la ciudad de Buenos Aires– y se invocaba su protección antes de la guerra. El nuevo escenario de las guerras por la independencia exigía perfeccionar los dispositivos y, entre ellos, la práctica religiosa tuvo un lugar destacado.

La intervención de los curas en este período histórico tiene explicaciones bastante obvias, aunque no siempre tenidas en cuenta al explicarlo. Resulta imposible pensar que aquel presente, como ningún otro, se haya engendrado a sí mismo. Muy por el contrario, sólo puede entenderse en la medida en que se sostuvo en tradiciones –en ocasiones, muy antiguas– que lo condicionaron y también permitieron la construcción de nuevas experiencias históricas. En el caso de las independencias, sus protagonistas se valieron de las instituciones, agentes y creencias que conocían, que tenían a mano y que se presentaban como las más capaces para llevar a cabo las transformaciones políticas que estaban teniendo lugar. En la persistencia de algunas de estas figuras clave –ordenadoras de la sociedad durante la etapa colonial– residió la factibilidad de las nuevas repúblicas. En particular, la intervención política de los curas, antes, durante y después de la revolución, no puede ignorarse aunque los papeles desempeñados no fueran los mismos ni ocuparan en todas las ocasiones el centro de la escena.

La manera en que los curas fueron revolucionarios no fue siempre igual. La época de las independencias proporciona ejemplos de lo más variados a propósito de su intervención política. En la Nueva España, Miguel Hidalgo y Costilla y José María Morelos condujeron uno de los movimientos políticos con mayor participación popular que se registra desde 1810. En el otro extremo del continente, José Gervasio de Artigas contó con la asistencia y consejo del franciscano José Benito Monterroso, su secretario en Purificación. Algunos autores consideran decisiva su influencia en el “Reglamento para fomento de la campaña y seguridad de sus hacendados” donde se establecía el reparto de los bienes de los “malos europeos y peores americanos” en moderadas suertes de estancia, privilegiando a los “infelices” de diferentes clases. En el contexto inaugurado por la revolución se vigorizaron y multiplicaron los ámbitos de acción para muchos eclesiásticos: se los eligió como propagandistas de la revolución, se desempeñaron como capellanes de los ejércitos o dirigieron sus propias guerrillas e intervinieron activamente en los procesos electorales que comenzaban a tener lugar en la primera década revolucionara.

Muñecas, en los últimos años de su vida, se movió por el Tucumán y los actuales Bolivia y Perú. Lo hizo cuando construía su carrera sacerdotal, que era una carrera política y luego se volvió revolucionaria. Como lo ha analizado Luis Glave en un artículo que tituló “Un héroe fragmentado”, las historiografías de Argentina, Bolivia y Perú recortaron su vida a partir de la actuación que desplegó en lo que luego fueron los territorios nacionales. Por eso resulta tan complicado hallar una biografía “completa” del eclesiástico. Muñecas no respetó las fronteras nacionales porque ellas no existían entonces.

El estudio de los procesos de independencia requiere entonces la puesta en práctica de varios procedimientos para entenderlos de manera más completa. Por un lado, ampliar la escala temporal y extender hacia el período colonial el examen de los grupos, instituciones, sujetos y prácticas intervinientes. Por el otro, se hace necesario ensanchar la escala espacial y superar los límites de las actuales naciones latinoamericanas para reponer el contexto histórico efectivamente actuante en aquellos años previos a la fragmentación política del continente americano.

María Elena Barral* Conicet/Instituto Ravignani/ UBA-UNLu. Una versión más breve de este artículo fue publicada en la revista de Ctera Canto Bicentenario Nº 27 (julio 2016): Miradas sobre el Bicentenario de la Independencia.

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