Clericalismo o no. Claridad de argumentos

Es lamentable que ante la necesaria profundización democrática no se hable nada de la imprescindible laicidad del estado y del mundo.

            Al tratar del tema religioso bastantes colectivos políticos o sociales lo hacen con una ambigüedad calculada: no quieren pisar callos y agradar a todo quisque. Habrá casos en que ello sea posible y quizá hasta conveniente para quien así actúa. No está tan claro, ni veo beneficio, para quienes quieran propiciar una regeneración democrática protagonizada por la ciudadanía en detrimento de las limitaciones impuestas en y al régimen de 1.978. Hablar de esconder tics anticlericales parece acercarse a la cuestión desde ciertos miedos atávicos, que están  hoy aún menos justificados que en aquellas fechas. Puede suponer una gran torpeza, una contradicción intelectual, otro cierto obscurantismo interesado, si no una palpable desconsideración para con una ciudadanía que se seculariza a ojos vista. Veamos por partes.

            ¿No sería más conveniente ver el asunto hablando con rigor y en positivo? Apartemos por un momento tantas muletillas manoseadas por el franquismo original o sociológico latente de: ateos masones anticlericales de aquella guerra y de siglos pasados. Empecemos por el significado de los conceptos a usar. Dice el diccionario clericalismo :movimiento favorablea la intervención del clero en los asuntos públicos. Entenderemos pues anticlericalismo: movimiento que se opone a los privilegios del clero en los asuntos públicos. Así que será anticlerical la inmensa mayoría de la ciudadanía que nos oponemos a la reforma del Aborto que la Conferencia Episcopal exige al PP. De la misma manera sería anticlerical la gran parte de la población española que defendiendo la legalidad republicana se sintió agredida en 1.936 por la clerical Santa Cruzada de Franco. Pero no voy a insistir en esa parte poco y mal explicada de nuestra historia de inquisiciones y guerra de religión. Acudo a la realidad que vio en Francia el insigne escritor y reconocido patriota católico Víctor Hugo en su discurso sobre la Ley Falloux: “Ya conocemos al partido clerical. Es el que ha encontrado para la verdad esos dos maravillosos puntos de apoyo: la ignorancia y el error. Impide a la ciencia y al genio ir más allá del misal y quiere enclaustrar el pensamiento en el dogma. Todos los pasos que ha dado la inteligencia los ha hecho a su pesar. Se ha negado a todo. …”

            El laureado intelectual galo explica razones para oponerse al clericalismo. No negaremos que en dicha oposición no se hayan cometido, como en cualquier conflicto humano, excesos también reprobables. Sin embargo enseña a dilucidar  la bondad de las ideas y la precisión de conceptos propiciando la actual situación francesa, abriendo paso al  laicismo (movimiento cultural que propone la separación de las iglesias del Estado y sus instituciones) para llegar a la  laicidad (sistema que separa a las iglesias del ejercicio del poder político-administrativo y en particular de la educación pública). De esta manera se facilita la libertad de conciencia (posibilidad de pensar y actuar con autonomía para luego creer o no en lo que elija). Así se acabó con la posibilidad  de citar lo religioso, de manera global y aviesa, con ribetes tenebrosos de tragedia.

            Otro equívoco de ese medroso talante es el de confundir el todo con las partes y el pasado con los diversos presentes. Nadie en su sano juicio se manifestará en contra del mensaje emancipador de los cristianos de base, de los curas obrero, de Óscar Romero, o del mismo Juan XXIIIo de Albino Luciani. Todos ellos se pronunciaron a favor de un laicismo humanista, lo que no se puede decir de las iglesias como poder-institución connivente con los poderes terrenales, que perduran sobre los citados y heroicos empeños. Hoy aquí las cifras hablan secularización, en que se aprecia un tercio de población que se declara católica y ejerce como tal, frente a otro que apenas acude a los templos, y un último tercio entre agnósticos, ateos o de otras religiones. Además son más los matrimonios civiles que los religiosos. Ello sin olvidar que ciertos usos religiosos están más sujetos a la inercia tradicional que a creencias explícitas. Ese creciente alejamiento del clero, lo manifiesta también en el citado caso del aborto, en otros aspectos sexuales, en el rechazo del modelo patriarcal, en la financiación de la iglesia, la mercantilización de la educación y de la sanidad, de las que ciertas órdenes más o menos integristas se benefician son su privatización.

            Es lamentable que ante la necesaria profundización democrática no se hable nada de la imprescindible laicidad del estado y del mundo. Se ignoran, por contra, los peligrosos estados teocráticos o losintegrismos religiosos de distintos signo (islamista, israelita, católico,…) que promueven o sirven de pretexto a guerras que vuelven a llamarse santas.

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