Ciudadanía, pluralidad y libertad

Personalmente creo, como anotó el dramaturgo Eugene Ionesco en su diario, que al ser humano sólo se le ofrecen dos posibilidades: “Dios o suicidio”. Personalmente creo, con George Steiner, que “la erosión de la religión organizada (…), especialmente de la religión cristiana en Occidente, nos ha dejado con una profunda e inquietante nostalgia del Absoluto” (y quien no sienta esa nostalgia, añado, es la cáscara con apariencia humana que conviene a la dictadura del mercado: ese “culto de la insensatez” e “histeria organizada” que, aún siendo “cómicos y triviales”, señalan -siempre según Steiner- “una ausencia de madurez y una autodegradación que son, en esencia, trágicos”).

 Personalmente estoy de acuerdo con lo que Paul De Man, sufriendo la última fase de su cruel enfermedad, le gritó a un discípulo que extremaba su discurso nihilista: “¡Cállese, cállese! ¿O acaso no sabe que sólo hay un interrogante: la existencia o inexistencia de Dios?”.Porque personalmente creo en estas y otras cuestiones relacionadas con la experiencia religiosa, que para mí se representa en la literatura, la tradición y el culto judeocristiano, de vez en cuando -hasta con excesiva frecuencia para quienes querrían que lo religioso desapareciera del todo del debate público- escribo aquí sobre ellas con la libertad que me da dirigirme a lectores libres en una sociedad plural y libre. Pero también les aseguro que, si esa libertad y pluralidad no existieran, no lo haría: porque entonces la mía no sería una opinión entre otras posibles, sino parte de una maquinaria impositiva. Por eso actitudes como la del arzobispo de Granada, justificando en el Congreso Nacional de la Enseñanza Privada la objeción de conciencia y la desobediencia civil ante la asignatura de “Educación para la ciudadanía”, en nada favorecen las libertades que dicen defender. Más bien ofenden la libertad de los no creyentes y comprometen la de los creyentes que expresamos nuestras creencias personales porque existe un marco de libertad y pluralidad en el que pueden ser dichas sin imponerse a nadie. La existencia de este marco -tan beneficioso para creyentes y no creyentes- sólo es posible a través de un consenso ético que cree un espacio cívico en el que todos convivamos compartiendo unos valores generales que permitan también la expresión, no agresiva ni impositiva, de nuestros valores, ideas o creencias personales. Esta es la ciudadanía en la que los escolares deben ser educados. Que se haga objetiva o tendenciosamente es otra cuestión, que no impugna la necesidad de crear este espacio cívico de valores compartidos.

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