CINE: La única educación válida es la pública y laica

El cine francés nos recuerda continuamente la importancia de las instituciones públicas, y entre ellas la más relevante de todas, la educación pública y laica, el pilar de toda sociedad igualitaria, libre y democrática. La labor educativa también es necesaria en el cine y Francia tiene muy claro para que sirve esa herramienta que inventaron: conocimiento, belleza, concienciación, arte e industria, que propone valores y la comunicación de la cultura francesa al mundo. Los Hermanos Lumiere vieron en el cinematógrafo la vía para poder captar la realidad, la manera de poder detenernos ante ella y conocerla: una forma de conocimiento con una intención cientifista y didáctica.

El país galo cuida todas las vertientes que el cine –vuelvo a recordar, su invento- nos ofrece. En ese espacio, por tanto, el séptimo arte es una fuente productora de conciencias y el lugar donde poder educar, para bien, bajo una visión humanista del mundo. Los films sobre la problemática educativa son siempre de un interés y sensibilidad en el país vecino notable, tienen muy en cuenta los factores esenciales de una sociedad, y El mejor maestro nos vuelve a colocar ante el gran dilema de educar. Siempre el #Cine francés nos ha recordado esta Institución, films como Cero en Conducta (Jean Vigo), Adiós muchachos (Louis Malle), Hoy empieza todo ( Bernard Tabernier), La clase, (Laurent Cantet) y Ser o Tener (Nicolas Philibert), son un buen puñado de films que ponen sobre la mesa la problemática de la educación pública, el pilar de una sociedad saludable, con futuros ciudadanos conocedores y éticos.

Algo extremadamente relevante que nos debería servir de lección a todos y alerta, cuando ves que en España esta temática no tiene toda la atención que se le precisa en el Cine. La industria cinematográfica francesa siempre ha subrayado la transcendencia de la institución, llevando a cabo films con un claro alegato a la educación pública (ni privada, ni concertada) y no religiosa.

El mejor maestro nos cuenta la historia de un profesor (Foucault) del Liceo Enrique IV, una de las instituciones educativas históricas más relevantes de Francia. En un encuentro (la presentación del libro de su padre) le toma la palabra -no falto de comicidad- un alto cargo del ministerio de educación. La conclusión es una invitación a comer con la funcionaria, eso sí, en el Ministerio de Educación y junto al equipo asesor de la ministra. En el ágape le proponen llevar a cabo sus propuestas en uno de los institutos públicos con mayor problemática del radio de París. El film es un viaje desde los aparentes prejuicios, hacia el corazón de los jóvenes adolescentes.

O lo que es lo mismo el contraste del mundo rico y el mundo pobre –la diferente postura de educar en la élite o en los extremos de la sociedad. El film nos muestra ese viaje, y el sensitivo, el que partirá desde la disciplina para acabar en la comprensión y la complicidad, la única solución para poder conseguir en un colectivo marginal, el amor a la cultura. En sí, el principio motor de la construcción de la persona como ciudadano con valores y formación, en una sociedad democrática que pretende dar oportunidades a todos. La vocación se encuentra con un escollo enorme, la exclusión, el fracaso y los peligros de los males que afligen a todas las sociedades modernas –males, que alimentamos con la misma maquinaria que para hacer dinero- que luchan todos los días, para conseguir abrir el camino a miles de jóvenes. Uno se pregunta, ¿por qué a los franceses les preocupa tanto algo que nuestro cine o más bien nuestros medios de comunicación postergan?

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