Cinco gráficos sobre la religiosidad en los jóvenes españoles

En el interior solo se escucha el movimiento de algunas panderetas desde el coro. También suenan las puertas batiendo, empujadas por las personas apresuradas que llegan a última hora. Un enorme crucifijo al fondo domina la sala. El cura entra y los asistentes se ponen de pie: es la misa de Domingo de Ramos en la Parroquia San Pedro Apóstol de Carabanchel, al sur de Madrid.

La mayoría de asistentes tiene una edad avanzada. También asoman algunas cabezas de padres con sus hijos pequeños. Pero en los bancos apenas hay jóvenes. La composición de esta misa da cuenta de la realidad sociológica española: casi el 49% de los jóvenes de entre 18 y 24 años no se identifica con ninguna religión. Una cifra que contrasta con el 90% de mayores de 65 años que sí lo hacen, según los datos del informe Laicidad en Cifras, 2018, que acaba de presentar la Fundación Ferrer i Guàrdia. [Si estás leyendo esta noticia en tu móvil y no ves bien los gráficos a continuación, haz clic en este enlace].

Para Silvia Luque, directora de la fundación, estos datos sobre jóvenes están en consonancia con otros países europeos como Noruega, Finlandia y Suiza, aunque por debajo de Francia. «El cambio en las tendencias juveniles se explica por un contexto de normalidad democrática, de libertad de conciencia y de creencia. Es el resultado de la modernización y de las reivindicaciones feministas, que históricamente han reclamado un rol muy diferente del que promueve la Iglesia».

Almudena G. Bravo, estudiante de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid, tiene 22 años y está dentro del porcentaje de población que se considera católica pero no practicante. «Soy creyente, pero creo en una religión adaptada a mis circunstancias, a mi manera de ver las cosas». Cree en la existencia de Dios, pero considera que la religión católica no está completamente adaptada a la juventud, como demuestra su visión sobre la homosexualidad. «Ellos dicen que ‘Dios es amor’, pero parece un amor con matices», explica.

La última vez que el CIS preguntó abiertamente a los jóvenes sobre su religiónfue en el año 2014. El 43% de los jóvenes de 15 a 29 años se autoidentificaba como católico no practicante, frente a un 9,3% de católicos practicantes. Un 8,3%, por su parte, se considera «creyente de otra religión».

La serie histórica de 2009 a 2014 indica, salvo un repunte en 2009, un progresivo descenso en el número de jóvenes católicos en España, ya sean practicantes o no.

Almudena, que hasta los 15 años acudió al colegio católico madrileño Nazaret Oporto, ha sentido a lo largo de su vida que los jóvenes cada vez cuestionan más la religiosidad. «Cuando era más joven, mucha gente manifestaba abiertamente que no era creyente. En muchos casos, yo prefería guardar silencio, supongo que porque sentía cierta presión», argumenta.

Paloma Castillo, joven sevillana de 24 años, estudia un máster en Patrimonio Artístico y pertenece a una hermandad de las que cada Semana Santa saca los pasos a la calle. «Pero para mí la religión va más allá de las procesiones. Todos los meses hay catequesis, formación, cultos, convivencias… A lo mejor es por el lugar en el que vivo, pero la religión se acaba convirtiendo en parte de ti», declara.

El informe elaborado por la Fundación Ferrer i Guàrdia también habla sobre la religiosidad en las distintas regiones españolas. Andalucía es una de las zonas con mayor porcentaje de creyentes, con un 76,75 % (la media española es de 69,5%). El porcentaje de personas que no profesan ninguna fe en esa región, por su parte, es del 20,9% (cifra que se sitúa en el 27% en el conjunto de España).

«Si es cierto que te encuentras a gente que te mira por encima del hombro y te dicen que la religión es el opio del pueblo o que eres ignorante», cuenta Paloma Castillo. Pero ella trabaja para aportar un aire nuevo a la Iglesia: «Donde vivo hay muchísimos jóvenes que queremos cambiar las cosas y abrir las mentes», afirma.

Los datos de la Fundación Ferrer i Guàrdia, obtenidos a partir de datos del CIS y barómetros de opinión, muestran cómo las personas no adscritas a ninguna consciencia religiosa ha pasado de un 8,5% en 1980 hasta un 27% en 2018.

En este lado de la balanza religiosa se sitúa Ana Torres, oscense de 25 años, que ha acudido exclusivamente a centros educativos públicos durante toda su vida. «Nunca he creído en un ser superior que crease la vida, del mismo modo en que tampoco creo en muchas de las cosas que la religión predica», afirma. Esta definición encaja con la doctrina del ateísmo, que niega la existencia de deidades.

Es una concepción distinta a la del agnosticismo, según el cual las cuestiones divinas escapan a la comprensión humana. «Si no lo puedo saber, no me puedo pronunciar», afirma Rubén, físico de 29 años, sobre la posible existencia de un ente superior.

Rubén acudió a los colegios religiosos Mater Dei y, después, al de Las Carmelitas en Castellón. «Yo era el único que no se examinaba de religión». Sus profesores le decían que, pese a estar en clase, no prestase atención a lo que contaban debido a que no existía una asignatura alternativa. «Mis compañeros se extrañaban mucho de que no cursase religión. No conocían o no se planteaban la posibilidad de elegir», explica.

El informe de la Fundación Ferrer i Guàrdia emplea datos del Ministerio de Educación para llegar a la conclusión de que el porcentaje de alumnado que en el año 2014-2015 cursó alguna asignatura alternativa a la religión fue superior en centros públicos (entre un 40 y un 60%) que en privados (alrededor de un 25%) o concertados (16%). Estos porcentajes se mantuvieron estables en 2016 y 2017, los últimos años con datos disponibles en la Estadística y Estudios del Ministerio de Educación y Formación Profesional.

«El aumento de jóvenes no creyentes también es el resultado de una educación laica, pese a los privilegios que ha mantenido la Iglesia en educación gracias a los Acuerdos con la Santa Sede de 1979», según explica la coordinadora Luque, sobre la enseñanza de la religión católica en los colegios.

La normativa estatal obliga a los centros públicos y privados a ofrecer asignaturas no obligatorias de diferentes religiones en caso de que lo soliciten las entidades religiosas con las que el Estado tiene un acuerdo de cooperación (las religiones católica, evangélica, judía e islámica), aunque abundan las quejas sobre el incumplimiento de esta norma. El Periódico de Cataluña publicó recientemente las denuncias de la comunidad musulmana catalana por la ausencia de escuelas en la región que ofrezcan estudios de su religión. En toda España, según los datos de la Unión de Comunidades Islámicas, este curso hay 76 profesores especializados en religión musulmana.

Daniel Ahmed, investigador en Ciencias Humanas y Sociales que ha estudiado el feminismo y la islamofobia, reconoce que estos problemas no solo afectan a las escuelas, sino también restan cierta credibilidad a las encuestas sobre religión: «Las personas musulmanas pueden o no sentirse apeladas o no saber qué responder por unas preguntas enfocadas a una población de mayoría católica».

Al margen de las estadísticas procedentes de encuestas de opinión, las propias confesiones aportan sus propios cálculos, que quedan recogidos en el Informe anual sobre la situación de la libertad religiosa en España 2017, del Ministerio de Justicia. Las instituciones católicas, según sus propios cálculos, hablan de 32.556.922 católicos (lo que supondría más de un 70% de la población). El Observatorio Andalusí de la Unión de Comunidades Islámicas, por su parte, habla de casi dos millones de personas, lo que equivaldría a un 4% de la población. La Federación de Comunidades Judía calcula que unas 45.000 personas profesan su religión, mientras que la Federación de Entidades Religiosas Evangélicas prefiere no aportar datos concretos.

Los alumnos que no quieran cursar una asignatura religiosa, tienen la posibilidad de estudiar otra llamada «Valores sociales y cívicos». Pero esta opción no es suficiente para los representantes de Europa Laica, quienes consideran que la asignatura de religión no debería impartirse en las aulas. «No es permisible que asignaturas de religiones confesionales estén en las aulas. Este es un elemento de adoctrinamiento completamente inasumible», nos cuenta Joan José Picó, responsable de prensa de la organización.

Cambios de creencias

Marta, menorquina de 25 años, estudió en el Colegio Público Mare de Déu del Toro. Pese a ser un centro público, cursó la asignatura optativa de religión. «Me di cuenta de que era atea cuando me hice mayor. De pequeña iba a catequesis y tuve una educación bastante basada en los valores cristianos».

Este testimonio encarna otro de los datos ofrecidos por el informe de la Fundación Ferrer i Guàrdia, y es que no todas las personas que hoy en día son ateas antes se consideraban como tal. A partir de los datos del Centro de Estudios de Opinión, centrados en la población catalana, el informe destaca que «un 14% de las personas que afirman que ahora no son creyentes, antes sí lo eran, y que un 4% de las que ahora se declaran creyentes, antes no lo eran». Un estudio del centro de investigaciones estadounidense Pew Reasearch Center sobre el abandono de la religión en la edad adulta situó a España como el tercer país europeo con mayor abandono del cristianismo.

El catedrático en Ética por la Universidad de Salamanca, José María García, considera que esa desafección religiosa no es un fenómeno nuevo. «La Iglesia siempre ha estado en constante reforma», pero sí considera que «vamos hacia una intensificación del proceso de secularización». Todo ello impulsado por un choque entre el mundo moderno (construido a partir de la ciencia y la información) y el mundo de la tradición donde el nacionalcatolicismo «supuso un cómodo modo de vivir para la Iglesia».

Según indica el experto, el hecho de que los jóvenes estén dando la espalda a la religión cada vez más en los últimos años, no debe hacer que dejemos de plantearnos algunas preguntas relevantes, como «por qué y para qué voy a morir», «qué me espera en el futuro» o «cuál es el principio de justicia», afirma el catedrático.

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