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Cifuentes y los que obedecen

De la sentencia del caso del Máster de Cristina Cifuentes caben dos interpretaciones: la primera, que la asesora María Teresa Feito decidiera cargarse con el marrón y decir que todo fue iniciativa suya a la espera de que la condena no fuera la que ha sido. Dudo, de ser así, que calculara que iba a acabar ingresando en prisión. Pero vamos a confiar en la segunda: que el fallo judicial no es una verdad solamente judicial sino una verdad a secas. Que ocurrió así. Que Feito, motu proprio, decidiera ordenar la falsificación de documentos para encubrir a la por entonces presidenta de la Comunidad de Madrid.

Vivimos en un mundo en el que eso es posible. Es más: vivimos en un mundo en el que cada vez es más probable que hubiera podido ocurrir así. Hemos llegado a desestimar tanto los lazos que nos unen con los demás, hemos desechado tanto las asociaciones con nuestros iguales, que en todas las esferas de la vida nos enfrentamos en solitario contra el poder y, claro, perdemos. Por ejemplo, en los periodistas se traduce en la autocensura: ya saben qué pueden escribir si trabajan en según qué medios o para según qué jefes y estos no necesitan ni ejercer un control efectivo sobre aquellos. Nos aplicamos la autocensura en todas partes porque el castigo está ahí y nos percibimos como seres sin fuerza contra los que ejercen el poder sobre nosotros. Nos pasa en las relaciones humanas, en las laborales, en las sociales. La autocensura es la mayor de las obediencias y el mejor mecanismo de control que existe. Cuando la autocensura nos lleva a anularnos o a cometer atrocidades, se torna en tragedia. Para nosotros y para los demás.

Si la verdad jurídica del caso Cifuentes fuera la verdad real (cosa que no creo, por cierto) revelaría aún más lo pérfido de la figura de la expresidenta: no necesitaría ni presionar para que la cadena de mando flirteara con el delito (y con arruinarse la vida, como ha hecho Feito) por propia voluntad. Sería un reinado del terror tan tremendo que la verdad jurídica sería humanamente más escalofriante que la (presunta) verdad real.

Todas las atrocidades de la vida, las más grandes tragedias de la humanidad, se basan en los que obedecen. En el caso que hubiera llevado a Cifuentes a ser condenada hubiera sido una cadena de mando al uso. En el caso de que la sentencia reflejara lo que pasó, la tragedia sería muchísimo más grande.

En cualquier caso, todos debemos sacar una enseñanza de esto. La obediencia ante el mal es el ejército que hace que el mal se ejecute. Pero el que obedece, muchas veces, solo es una víctima que se ve sola. En nuestra mano, en el compañerismo, en el asociacionismo, en el sindicalismo, en la sororidad, está ayudar a que eso no ocurra. Y aquí una experiencia personal: muchísimas veces eres más fuerte de cara a los de arriba de lo que te crees. Nadie debería señalar con el dedo al que lo obedece, pero sí podemos poner de nuestra parte para que eso no ocurra.

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