Ciencia con conciencia

Vamos a hablar esta semana de ciencia y conciencia. Durante siglos la izquierda ha presumido de tener el monopolio de la ciencia. Protegidos tras la presunta inmunidad que para ellos parece ofrecer el término progreso, muchos científicos han cometido atroces crímenes contra la humanidad.

Lo que ahora llamamos derecha, en otro tiempo conocida con otros nombres, siempre ha sido la única defensora de los valores morales que en tantos casos la ciencia se ha atrevido a conculcar.

La ley de la gravedad, la redondez de la Tierra y tantos otros renombrados descubrimientos científicos, no han venido más que a añadir sordidez e incomodidades a la humanidad. ¿Acaso no era preferible el modelo de un planeta plano en el que era el Sol quien debía preocuparse de dar vueltas a nuestro alrededor, que no este desbarajuste cósmico en el que vivimos ahora? Y añado, ¿qué ha tenido de positiva la tan famosa Ley de la Gravedad, más que hacer aumentar el valor de las acciones de las empresas que se dedican al negocio de la escayola? ¿O, sin afán de ser exhaustivo, la aplicación de antibióticos contra plagas enviadas por Dios para castigar nuestras malas acciones?.

Pero nunca como ahora, la ciencia se había atrevido a tanto. Estamos llegando a lo que está reservado en exclusividad al Creador, papel que muchos científicos sueñan con emular. Y llegamos a este punto desposeídos de muchas de las armas que tan útiles nos fueron en la historia para combatir al Maligno. Una denuncia ante un juzgado, aunque sea loable la actitud de esa buena cristiana gallega que la ha interpuesto, no parará los pies a gentes sin alma, que como esos científicos andaluces experimentan, con la mas absoluta de la impunidades, con células madre. Individuos así sólo pueden ser frenados como lo fueron en su tiempo Galileo y tantos otros que como él osaron enfrentarse a la moral de la Iglesia y a la sabiduría divina.

El problema es que los conservadores nos hemos dejado llevar siempre por el pragmatismo. Nos ha ido bien que la Tierra fuera redonda, para acortar de esa manera la duración de los viajes que nuestros productos hacen de uno a otro mercado. Y, sin duda, la penicilina ha alargado considerablemente la vida de nuestros consumidores y, vale no lo vamos a negar, también la nuestra. Pero creo llegado el momento de decir :¡Basta! Propongo desde esta columna el inicio de un movimiento, que estoy convencido tendrá un éxito arrollador. Organicemos una recogida de datos de todos aquellos que estamos en contra de la experimentación con células madre, para que jamás nos sea aplicado, ni a nosotros ni a nuestros descendientes, ninguno de los posibles avances médicos que con ella se pudieran conseguir. Sólo de esta manera podremos detener la degeneración a la que nos empujan los autollamados “progresistas”. Es más, a partir de este momento no pienso volver a utilizar la Ley de la Gravedad ni la esfericidad terrestre. Se han acabado para mí, y para los que quieran acompañarme en esta aventura, las vueltas al mundo y las puestas de Sol. A los antibióticos de momento no renuncio, que creo que acabo de coger la gripe.

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