‘Charlie Hebdo’ y el debate sobre la libertad de expresión

Son libres de expresarse quienes tienen las condiciones materiales para hacerlo.

De entrada es bueno aclarar que el título es un poco engañoso. La idea de este artículo no es hablar sobre la revista humorística francesa Charlie Hebdo, pero si tomar un debate que emergió a partir del brutal ataque sufrido por su redacción el miércoles 7 de enero: el de la supuesta libertad de expresión.

La masacre perpetrada por tres ciudadanos franceses de ascendencia árabe y de religión musulmana es sin lugar a dudas repudiable. Partiendo de esa base y dejando de lado cualquier debate al respecto, resulta interesante abordar la problemática de la libertad de expresión.

No es una tarea sencilla, más en el mundo del periodismo que, independientemente de ideologías tiende a abroquelarse detrás de este concepto prácticamente sin matices y considera cualquier cuestionamiento de su profesión como un “ataque” a esa supuesta libertad.

¿Qué es la libertad de expresión?

Como buen concepto liberal, la libertad de expresión se basa en la igualdad ante la ley. Todos los ciudadanos y ciudadanas son igualmente libres de emitir sus opiniones. Ahora bien, no hay que ser Karl Marx para saber que esto no es tan así.

No cualquiera, en este mundo, puede y tiene acceso a difundir sus ideas masivamente en la televisión, la radio o los diarios. Ese es un atributo de pocas personas, mayoritariamente empresarios o, de mínima, gente con un capital cultural y económico importante.

(Si, existen medios alternativos y populares, ¿pero cuál es su alcance? La propia dinámica en algunos casos y la escasez de recursos financieros -como pasa con Notas– en otros, se convierte en un enorme limitante a la hora de insertarse en una disputa por la masividad).

Entonces ya logramos delimitar un primer espacio de la libertad de expresión. Son libres de expresarse quienes tienen las condiciones materiales para hacerlo.

Este primer punto está asociado con otra restricción que, si bien no es lineal, se acerca mucho y tiene que ver con el poder en una sociedad determinada. Los sectores oprimidos, marginados y excluidos suelen carecer de voz propia donde expresarse. En general, los medios de comunicación no reflejan su realidad, sus necesidades y, por el contrario, los estigmatizan y refuerzan la dinámica de dominación.

Acá es donde aparece el eje central del debate ¿quiénes ejercen la libertad de expresión? Y, más importante aun ¿sobre quiénes la ejercen?

José Antonio Gutiérrez, en su artículo Je ne suis pas Charlie (Yo no soy Charlie) se hace eco de esto y sostiene: “No me olvido de la carátula del Nº 1099 de Charlie Hebdo, en la cual se trivializaba la masacre de más de mil egipcios por una brutal dictadura militar, que tiene el beneplácito de Francia y de EEUU, mediante una portada que dice algo así como ‘Matanza en Egipto. El Corán es una mierda: no detiene las balas”.

Y acto seguido se preguntaba qué pasaría si publicara “una revista cuya portada tuviera el siguiente lema: ‘Matanza en París. Charlie Hebdo es una mierda: no detiene las balas’ e hiciera una caricatura del fallecido Jean Cabut acribillado con una copia de la revista en sus manos”. Sin dudas sería un escándalo mundial, reproducido hasta el hartazgo en todos los medios internacionales y que llegaría a gran parte de los hogares del mundo.

Sin embargo de la tapa 1099 de Charlie Hebdo nadie, más que quienes compraron la revista, se acuerda.

Derecho a la información y responsabilidad social del periodismo

Al concepto de libertad de expresión preferimos sustituirlo por otros dos, presentes en el Código Internacional de Ética Periodística de la UNESCO: el derecho a la información y el de responsabilidad social del periodismo y los periodistas.

“En el periodismo, la información se comprende como un bien social, y no como un simple producto. Esto significa que el periodista comparte la responsabilidad de la información transmitida”, sostiene el Código de la UNESCO aprobado en 1983. Y aquí es donde más se mete el dedo en la llaga de esta profesión tan egocéntrica e individualista.

No da lo mismo decir tal o cual cosa. No se puede decir siempre lo que a uno se le canta. El periodismo supone una responsabilidad, y como decimos en Notas, una responsabilidad histórica. Un compromiso con nuestro tiempo y nuestro lugar.

Prosigue el Código de Ética: “El verdadero periodista defiende los valores universales del humanismo, en particular la paz, la democracia, los derechos del hombre, el progreso social y la liberación nacional, y respetando el carácter distintivo, el valor y la dignidad de cada cultura, así como el derecho de cada pueblo a escoger libremente y desarrollar sus sistemas políticos, social, económico o cultural” [la cursiva es nuestra].

La indignación que suscitó el ataque a la redacción de Charlie Hebdo está a años luz de la que produjo, en la prensa occidental al menos, el bombardeo sistemático durante más de 50 días por parte de Israel a la Franja de Gaza. Más de dos mil palestinos murieron, entre ellos más de 500 niños y niñas. ¿Esas vidas valen menos que las de los 12 periodistas franceses? Para nada. Y eso va a decir todo el mundo. Pero una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace.

¿O cómo tomaríamos en nuestra sociedad occidental y cristiana que una revista de un país musulmán como Irán o Egipto hiciera recurrentemente caricaturas ofensivas sobre Jesucristo o la Virgen María? ¿Seríamos tan tolerantes y gritaríamos a los cuatro vientos el derecho de los humoristas islámicos a expresarse? Yo creo que no, porque la burla es siempre más sencilla sobre un otro subordinado o, en última instancia, sobre uno mismo. Yo me puedo criticar, pero ¿otros?

En Europa, continente colonialista que durante décadas oprimió y aun hoy oprime a países del tercer mundo (muchos de ellos de creencia musulmana) está creciendo una ola de islamófobia que identifica a cualquier creyente del Islam con un potencial terrorista.

Desde el periodismo y desde el humor hay que asumir una responsabilidad en este contexto (que no es el mismo que el de Argentina, vale aclarar). En nombre de la libertad de expresión no se puede reproducir la estigmatización y la lógica de opresión sobre los sectores marginados y excluidos. Sobre un otro del que vale decir cualquier cosa.

En nombre de reivindicar mi derecho a opinar no puedo apuntalar esa lógica que somete y condena a comunidades enteras.

Como sabiamente publicó en la tapa de su último número la Revista Barcelona “el mundo occidental” condenó el ataque y “reivindicó un sistema de valores, creencias y negocios que casi nunca comete genocidios, que pocas veces financia grupos terroristas, que estigmatiza únicamente a quienes lo merecen”.

La hipocresía es una práctica que debemos desterrar de nuestra profesión. La libertad de expresión es, quizás, su manifestación más importante.

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