Charlie Hebdo, amigo del islam

Más allá del horror, si los tres días de atentados en París han generado semejante interés es también por las numerosas implicaciones de la tragedia: la guerra contra el yihadismo mundial, la situación de abandono de las banlieues francesas, la relación entre judíos y musulmanes, el lugar del islam en la sociedad francesa, el laicismo, la libertad de prensa… Centrémonos en este último punto, pues el ataque de los hermanos Kouachi en la redacción de Charlie Hebdo fue, antes que nada, un atentado contra un semanario que con los dardos de su humor apuntó a Mahoma y también, recordémoslo, al Papa y a los representantes del judaísmo, además de satirizar a políticos del más variado pelaje.

Las manifestaciones del fin de semana en toda Francia todavía tienen intrigados a los políticos y a los observadores, pues son muchos los significados de esta movilización histórica y sólo el tiempo los pondrá en claro. De lo que no hay duda, en cualquier caso, es del apoyo masivo al derecho de Charlie Hebdo a bromear sobre la religión, sea cual sea. Los demás medios franceses han brindado al semanario un apoyo sin fisuras, reproduciendo sus polémicas caricaturas (algo que no puede decirse de los medios norteamericanos), y de hecho el número publicado este miércoles con una tirada de cinco millones de ejemplares se confeccionó en los locales del diario Libération.

¿Por qué este apoyo tan amplio? Según la acertada observación de muchos, Charlie Hebdo no ataca la religión, sino la interpretación fanática y violenta que hacen algunos de ésta. Quizá el ejemplo más pertinente sea esa viñeta en la que Mahoma se lamenta diciendo: «Es duro que te amen unos gilipollas». ¿Acaso un chiste así no es la mejor advertencia contra el extremismo? Y en efecto, parece que esta sutileza ha acabado por imponerse a las críticas formuladas en algún momento por representantes católicos y judíos, o incluso por el presidente Jacques Chirac, que en 2006, al comienzo del debate, tachó de «provocación» las caricaturas publicadas por Charlie Hebdo.

Sobre este punto, quiero observar algo que no deja de llamarme la atención. A fuerza de hablar del islam exclusivamente al hilo de noticias horribles (las atrocidades del grupo Estado Islámico, la partida de jóvenes yihadistas occidentales a Irak y Siria, ejecuciones en Arabia Saudita, etc), medios franceses de la mejor reputación vehiculan una imagen negativa de esta religión de forma casi sistemática.

En tanto que andaluz, criado en una tierra donde se admira el esplendor del califato de Córdoba o del reino de Granada y donde es habitual pasear viendo mezquitas convertidas en iglesias, siempre me ha llamado la atención esta visión tan sesgada del mundo islámico y, sobre todo, tan injusta para esa inmensa mayoría de musulmanes de Francia que ven el yihadismo como una abominación.

Tras la masacre en Charlie Hebdo, el imán de Drancy, una localidad de la periferia de París, resumió muy sencillamente el sentir de muchos musulmanes: puede que no estemos de acuerdo con las caricaturas de Mahoma, puede que algunos se sientan ofendidos, pero lo que toca es «responder a una viñeta con una viñeta, y no con sangre ni con odio».

Los franceses están profundamente apegados a la libertad de prensa. Una prensa abierta, capaz de abrazar la riqueza del país, donde todos quepan. Si hay algo que cambiar, no es el atrevimiento de Charlie Hebdo, sino la visión, a menudo tan simplista, de la segunda religión de Francia. La movilización del fin de semana en todo el país fue un momento extraordinario de unidad y confraternización, la primicia, esperemos, de un laicismo adaptado a nuestro tiempo. Ojalá la sociedad francesa salga airosa. Pues si lo logra, habremos dado un gran paso contra esa dicotomía Occidente/Islam que no es más que una patraña utilizada para justificar los peores crímenes.

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