«¡Censura!», gritan los censores

Como la hipocresía y los dobles estándares son característicos de los líderes religiosos y sus seguidores más devotos, no debe sorprendernos la denuncia, que aparece publicada en el Vatican Insider, de que el ejército de Estados Unidos, “violando el derecho de la libertad de palabra y de la libertad religiosa que garantizan la Constitución”, ha censurado la lectura en misa, por parte de los capellanes militares, de una carta enviada por Timothy Broglio, arzobispo Ordinario Militar católico.

La libertad religiosa y la libre expresión son derechos humanos, pero como todos los derechos, no son aplicables de manera irrestricta. El ejército es una de esas instituciones donde está prohibido expresar determinadas opiniones. A uno puede gustarle eso, o no, y en casi cualquier caso yo estaría de acuerdo con el arzobispo en que no permitir la lectura de una carta pastoral en misa es un acto de censura inadmisible. Pero cuando la carta es un llamado a la desobediencia civil, ¿qué espera? ¿No es jefe de los capellanes militares, conociendo por lo tanto las limitaciones a la libertad de expresión que surgen de la estructura jerárquica de las Fuerzas Armadas? ¿A alguien se le ocurre que un ejército puede permitir que un tipo se suba a un púlpito (literal o figurativamente hablando) y arengue a los soldados: “No cumplan con las leyes de su país”?

El Vaticano tiene, como siempre ha tenido la Iglesia desde que se organizó, una gran oficina o departamento de gobierno dedicado exclusivamente al escrutinio y persecución de expresiones que no concuerden con la doctrina oficial. La Iglesia no ha firmado la Declaración Universal de los Derechos Humanos y hasta hace un siglo (y más cerca todavía) consideraba esos derechos como impías creaciones de la modernidad, que no deben tener lugar en las leyes de un estado. De hecho la Iglesia siempre ha luchado para influenciar las leyes hacia una mayor restricción de la libertad de expresión y de la libertad religiosa, con la única, notoria, y bastante reciente excepción de los países musulmanes. (Sin más, hace muy poco asistimos al espectáculo de una Iglesia que al mismo tiempo hacía lobby a favor de una ley que castiga la blasfemia en Irlanda, y en contra de las leyes anti-blasfemia que se empezaron a aplicar con creciente dureza contra los cristianos en Nigeria y Pakistán; esto mientras el Vaticano hacía tratos con la Organización de la Conferencia Islámica para apoyar una resolución de la ONU que instaba a los países a perseguir legalmente las blasfemias, críticas o burlas a la religión.)

La dichosa carta pedía a los fieles que resistieran el cumplimiento de la orden del gobierno de Obama sobre la provisión obligatoria de anticonceptivos, esterilización y aborto. Para ser más claro, pedía a los soldados que obstaculizaran, desde su lugar, el acceso a los servicios de salud reproductiva de otros ciudadanos. La carta finalmente no fue leída; los altos mandos (del Ejército y del Vaticano) lo conversaron, borraron la frase clave que incitaba a la desobediencia, y se acordó que se permitiría mencionar la carta en misa y difundirla por escrito.

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