Catolicismo y Protestantismo en los inicios del Uruguay moderno (1876-1880)

Introducción

La recomposición del universo religioso heredado del periodo hispánico fue un fenómeno de visible notoriedad en Uruguay a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Nuevas sociedades religiosas y pararreligiosas irrumpieron con la llegada de diversas iglesias protestantes, la gestación de grupos espiritistas y teosóficos, y la difusión de la francmasonería y el racionalismo metafísico. En el proceso, el antiguo espacio religioso característico de la sociedad tradicional, cimentado en un catolicismo como “cultura religiosa y política integradora y legitimadora de las asimetrías sociales y raciales”, fue siendo sucedido -aunque no del todo desplazado- por un campo religioso y filosófico “crítico”, en acelerado proceso de reconfiguración. Para el último cuarto del siglo XIX, la dirigencia intelectual y política, si bien continuó discutiendo la función social de la religión, y de la Iglesia Católica en particular, llegó al consenso de que la religión totalizante, a la manera del Antiguo Régimen, era una estructura históricamente superada. En este horizonte renovado, la jerarquía católica advirtió con disgusto cómo iba ganando terreno el programa secularizador propugnado por un sector del liberalismo, inspirado en una modernidad imaginada en clave de ruptura con la tradición religiosa. Se aseguraban así las bases del conflicto que sellarían las relaciones entre la Iglesia Católica y el liberalismo en lo restante del siglo.

En este contexto, el proyecto modernizador impulsado por la administración del coronel Lorenzo Latorre (1876-1880) adquirió, sin embargo, un matiz diferente. No cabe duda de que la política religiosa promovida por su gobierno mantuvo una definida matriz liberal, pero también es cierto que Latorre ni pretendió socavar el principio constitucional que consagró la unión entre la Iglesia y el Estado, ni quiso desconocer la popularidad masiva del catolicismo. Lo particular del gobierno latorrista resulta, pues, tanto de su adelanto en la secularización de funciones hasta entonces en manos de la Iglesia Católica, como de una discreta legitimación del embrionario pluralismo religioso; y esto, unido a una compleja relación que construyó con la jerarquía católica y que le permitió atemperar los conflictos surgidos a instancia de aquellas mismas disposiciones.

El compromiso de Latorre con la Iglesia se expresó en múltiples oportunidades. La más importante fue la exitosa gestión para erigir la diócesis de Montevideo en 1878. Hubo también manifestaciones públicas del propio dictador a favor de la piedad católica, junto a resoluciones gubernativas, entre las que cabe destacar el decreto del 12 de enero de 1877 declarando la libertad de estudios, que favoreció indirectamente la estrategia educativa de los católicos.

Ese respaldo a la Iglesia Católica coincidió, no obstante -y en medio de una consentida libertad para la controversia filosófico-religiosa-, con algunos privilegios otorgados a otras confesiones cristianas. Por ejemplo, en 1877, el gobierno otorgó la validación legal de los certificados de bautismos expedidos por los pastores metodistas. De gran repercusión -más por su peso simbólico que por el beneficio material- resultó la donación de doscientos pesos para un bazar evangélico organizado en 1878. Lo polémico del asunto estaba en que el bazar tenía como objetivo recaudar fondos para construir un templo que permitiera adelantar en el “trabajo moralizador”. Este hecho, entre otros, convenció a los protestantes de que la política asumida por el gobierno de Latorre estaba conduciendo “poderosamente” al país hacia una plena libertad de cultos.

La amplia tolerancia religiosa promovida por el Estado, respondía a una comprensión de la religión como instrumento moralizante de la sociedad y complementario al dominio heterónomo del poder político en construcción, algo que, en efecto, encontró un lugar privilegiado en el propósito de Latorre de “disciplinar” el país. Una actitud que, además, compartía con las fuerzas vivas que sustentaban su régimen dictatorial. Los estudios de José Pedro Barrán han iluminado sobre el uso instrumentalista de la religión que hizo parte de la burguesía con el propósito de adentrar al país en el proceso de modernización occidental, a través de la pacificación de las costumbres y la construcción de un orden interno que erradicara, de una vez y para siempre, la violencia y “barbarie” de la sociedad.

Al estudiar la “cuestión religiosa” en el Uruguay de Lorenzo Latorre, surge que ésta tuvo entre sus epicentros el debate sobre la libertad de cultos como condición de modernidad y progreso. Considerando la escasez de estudios significativos sobre el tema, la intención de este trabajo es contribuir a la comprensión de las luchas por controlar la recomposición del campo religioso, en la perspectiva particular del enfrentamiento entre católicos y protestantes, a inicios del Uruguay moderno.

El artículo se estructura en torno a tres problemas intrínsecamente conectados. En primer lugar, se considera la relación entre religión y “mundo moderno” en la polémica que mantuvieron, sobre todo a nivel de la prensa, católicos y protestantes en el segundo lustro de la década de 1870. La doctrina defendida por el catolicismo acerca de la libertad de cultos y su relación con el Estado confesional, es motivo de la segunda parte. El problema se estudia en el pensamiento del presbítero Mariano Soler, quien se destacó por su abordaje al tema. Por último, la tercera parte conecta el plano de las ideas con el combate por el control del espacio religioso en la acción cotidiana de los protagonistas. El énfasis recae aquí en la respuesta de la Iglesia Católica al cuestionamiento que hicieron protestantes y anticlericales sobre su hegemonía como productora y gestora de los bienes simbólicos de salvación. Se pretende demostrar que, más allá de las disputas y rivalidades, pueden encontrarse importantes coincidencias en las estrategias discursivas y de acción a las que católicos y protestantes –en particular los metodistas- recurrieron para legitimar su espacio en el mundo moderno.

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Sebastián Hernández Méndez. Doctorando en Historia, Universidad de los Andes (Chile) Magister en Historia, Universidad de Montevideo (Uruguay) Licenciado en Historia, Universidad de Montevideo Profesor de Historia, Universidad de Montevideo.

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