Catequesis y adoctrinamientos

Ando estos días confuso y desorientado ante la última polémica educativa, pues de seguir por este camino no acertaré a enfocar del mejor modo mi asignatura, a saber, Lengua Castellana y Literatura, y adentrarme, menos en lengua que en literatura, en algunos océanos procelosos. A ver cómo les explico, por ejemplo, a mis alumnos de la ESO el ‘Libro de Buen Amor’, la magistral obra medieval del Arcipreste de Hita, sin entrar en terrenos más que comprometidos acerca del amor, el placer de la carne y las muchas contradicciones del Medievo y del ser humano en general. ¿Qué permiso he de pedir para explicar ‘La Celestina’ y qué debo omitir de sus verdades interiores, de sus bellezas tan humanas? ¿Los encuentros furtivos de Calixto y Melibea a media noche en el huerto de la dama para refocilarse a la vieja y legítima usanza de dos enamorados? ¿La conocida profesión de la protagonista y de sus pupilas con las que embauca a los sirvientes del caballero? Y más adelante, ¿cómo leeré los sonetos de Lope de Vega y de Quevedo si no les aclaro antes cómo eran estos autores en la vida, en la política, en la sociedad y en el amor?

¿Debo pasar por alto a Larra y sus amores con mujeres casadas, a Bécquer, sus dolencias sentimentales y su fatal enfermedad venérea, a las abundantes damas casadas insatisfechas que llenan las magníficas novelas del siglo XIX, entre las que destaca nuestra memorable Ana Ozores? ¿Qué debo silenciar del contradictorio, a veces blasfemo y siempre incorrecto Valle Inclán? ¿Y del seductor Machado qué diré?

No quiero pensar cuando arribe el siglo XX y nos enfrentemos a nuestro fracaso histórico y abordemos el tema de España en el 98 o en el novecentismo, cuando nos veamos con Lorca, con Cernuda, con Aleixandre o con Alberti; y, sobre todo, cuando pasemos a la extraordinaria literatura de la posguerra, a José Hierro, a Buero Vallejo o a Cela. ¿Qué será de nosotros, los profesores de literatura, cuando hablemos de la poesía de Biedma, de la narrativa de Marsé o del teatro de Sastre?

¿Tendremos que pedir los correspondientes permisos y licencias para cada clase o nos acompañará en cada lección un comisario político de la cosa para adoctrinarnos acerca de los autores y de los temas convenientes y de aquellos otros que serán, al paso que vamos, puros anatemas?

Viene todo esto por el asunto del ‘pin parental’ y la solicitud de Vox a los directores de los centros educativos del permiso para informar a los padres sobre algunas materias, talleres o actividades que afecten a cuestiones morales socialmente controvertidas.

Me parece que esto se está poniendo feo y que si entramos en cuestiones de orden moral y ético, apenas avanzaremos en el conocimiento, la ciencia y el arte y terminaremos cogiéndonosla con papel de fumar (perdonen la expresión).

Están empeñados en despojar a la educación de todo el perfume laico, humanista, social y democrático que cualquier buen profesor debe inculcar en sus clases, aunque desdeñe siglas concretas, espacios políticos determinados y credos siempre perniciosos. La razón, la inteligencia y la sensibilidad no debieran tener colores, porque han de ser patrimonio de todos y, por lo tanto, todos ha de recibir su fruto en una educación de justicia y de equidad.

No hay adoctrinamiento alguno en la educación por el respeto, en la igualdad de oportunidades, en la convivencia pacífica y en el bien común. Las catequesis y los proselitismos tienen otro precio y se imparten en horas libres y en otras aulas.

Pascual García

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*Los artículos de opinión expresan la de su autor, sin que la publicación suponga que el Observatorio del Laicismo o Europa Laica compartan todo lo expresado en el mismo. Europa Laica expresa sus opiniones a través de sus comunicados.

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